Luis Antón, psicólogo: “La felicidad entendida como un estado interno que hay que conseguir es una trampa”

"Se trata de que haya congruencia entre lo que una persona dice que le importa y cómo organiza su tiempo y su dinero. Cuando esa congruencia falla, aparece una disonancia que ningún bien de consumo puede tapar".

Darío Pescador

21 de abril de 2026 17:08 h

0

La tan manida afirmación de que “el dinero no da la felicidad” siempre se tiene que matizar. Por un lado, vivimos en una cultura en la que ha arraigado la creencia de que ganar más dinero es la llave de la felicidad. Durante años perseguimos ascensos y objetos de lujo con la convicción de que, al alcanzar meta financiera, por fin tendremos una vida plena.

Sin embargo, la psicología y la sociología nos dan una imagen un poco diferente. La relación entre nuestras finanzas personales y nuestra satisfacción vital no es una línea recta, sino una red en la que influyen otros muchos factores. La forma en la que gastamos el dinero también condiciona.

“Comprar cosas no funciona como estrategia de felicidad, al menos no de forma sostenida”, afirma el psicólogo Luis Antón de IPSIA. En el famoso estudio de Kahneman y Deaton, realizado con 450.000 estadounidenses, encontraron que los ingresos mejoraban el bienestar solo hasta un umbral (en torno a 75.000 dólares en 2010 y en ese país). Sin embargo, ganar más dinero por encima de esa cifra no se traducía en una mayor satisfacción emocional.

El dinero como herramienta, no destino final

La capacidad del dinero para generar bienestar está sujeta a un fenómeno conocido como adaptación hedónica o la “cinta de correr hedónica”, que explica cómo nuestro cerebro normaliza rápidamente las mejoras materiales. La emoción de un coche nuevo o un nuevo bolso o reloj se desvanece en unos pocos días.

Otro estudio reveló el siguiente hallazgo: el dinero solo nos hace más felices si nos hace sentir más ricos que nuestros vecinos o compañeros de trabajo. Es decir, en esos casos lo que importaría no son los ingresos en términos absolutos, sino el rango social que creemos ocupar en relación con nuestro entorno.

“La felicidad entendida como un estado interno que hay que conseguir y mantener es una trampa conceptual”, explica Antón. “La búsqueda de satisfacción responde a una lógica de control experiencial que paradójicamente aleja a las personas de una vida que funcione. Los patrones de consumo compulsivo o de búsqueda de estatus responden frecuentemente a historias de aprendizaje en las que el refuerzo social y la evitación del malestar (inseguridad, comparación social) operan como determinantes, no la satisfacción genuina”, añade.

Los objetos materiales de lujo, como los coches de alta gama o las prendas de diseño, son buenos ejemplos. El problema no es solo que la alegría al comprarlos se desvanezca rápidamente, sino que nos atrapan en un ciclo vicioso de deseo: necesitamos ganar más dinero para comprar más y más caro, como si fuera una adicción que va ganando tolerancia.

Durante años se ha popularizado la idea de que las experiencias, como viajar o asistir a conciertos son inversiones en felicidad más eficaces que comprar cosas. Las experiencias pasan a formar parte de nuestra identidad, nos dan historias que contar y nos conectan con los demás. Sin embargo, hay límites, y las investigaciones también encuentran que si, por ejemplo, ese viaje de vacaciones es un desastre porque nos ponemos enfermos o pierden nuestro equipaje, la decepción también perdurará en nuestra memoria. 

“La pregunta equivocada es: ¿cómo puedo sentirme mejor?”, dice Antón. “La pregunta correcta es: ¿estoy viviendo de acuerdo con lo que me importa? La primera pregunta te convierte en consumidor de experiencias y productos. La segunda te convierte en el agente de tu propia vida”, afirma el psicólogo. 

Gastar para tener, gastar para ser

Ante estos datos, los expertos proponen un cambio de perspectiva. En lugar de invertir nuestro dinero en bienes materiales, invertir en nosotros mismos en un plano más personal. Por ejemplo, formación y hobbies. Adquirir conocimientos aumenta nuestra sensación de competencia personal, abre la puerta para tener relaciones personales significativas y puede aumentar nuestro estatus social en mayor medida que un coche nuevo. “No en el sentido de acumular títulos como señales de estatus, sino en el de desarrollar habilidades que generen sensación de competencia y autonomía efectiva. Tener desafíos que están justo en el límite de sus capacidades actuales, como aprender un idioma, un instrumento, una habilidad profesional”, aclara el psicólogo.

En segundo lugar se encuentra la salud, tanto física como mental. La enfermedad mental produce una menor satisfacción vital, mientras que disfrutar de una buena salud física está directamente relacionado con una mayor sensación de felicidad. Por tanto, la recomendación sería destinar más recursos a una buena alimentación, a realizar una actividad física o al acompañamiento psicológico. A su vez, la satisfacción vital puede contribuir a la protección de nuestra salud según los estudios realizados durante la pandemia. “Invertir en condiciones que faciliten el ejercicio, como una bicicleta, una cuota de gimnasio, tiempo liberado, tiene un retorno psicológico documentado”, corrobora Antón.

El psicólogo destaca la importancia del tiempo libre de calidad y una reducción de la sobrecarga de trabajo. “El mecanismo activo no es trabajar menos, es la sensación de control sobre el tiempo”, explica Antón. En efecto, la percepción de escasez de tiempo está relacionada con síntomas de ansiedad, depresión y estrés. “Hay personas que trabajan muchas horas y no experimentan escasez de tiempo porque sienten que eligen cómo usarlo. Y hay personas que trabajan pocas horas y se sienten permanentemente desbordadas porque no tienen control sobre su agenda”, añade el psicólogo. 

Invertir en el bienestar de los demás es otra estrategia financiera que nos puede hacer más felices. El dinero puede comprar tiempo para estar con los seres queridos y nos da la oportunidad de ayudar a los demás, ya sea a través de donaciones o del “reciclaje social”, regalar objetos que ya no usamos en lugar de tirarlos. “Invertir dinero y tiempo en mantener amistades, en viajes o experiencias compartidas, o en terapia de pareja si es necesario, tiene un retorno sobre el bienestar infinitamente mayor que cualquier bien de consumo”, afirma Antón. 

Por último, la forma en la que invertimos nuestro dinero tiene que estar alineada con nuestros valores y nuestra conducta. “No se trata de ‘pensar en positivo’ ni de identificar una ‘misión en la vida’ al estilo de la autoayuda”, advierte Antón. “Se trata de que haya congruencia entre lo que una persona dice que le importa y cómo organiza su tiempo y su dinero. Cuando esa congruencia falla, aparece una disonancia que ningún bien de consumo puede tapar”, concluye.

Etiquetas
stats