Suele decirse que la ausencia de noticias es buena noticia. Sin embargo, solo una noticia puede disipar las dudas sobre la próxima edición del Viña Rock: la que anuncie el cartel completo. A solo cien días de abrir puertas, el festival sigue sin confirmar el resto de artistas, cuando en las últimas ediciones, a estas alturas del calendario, se conocía prácticamente el 100% de bandas. De hecho, al anuncio del primer lote de nombres, el pasado 9 de diciembre, le sucedió una cascada de cancelaciones. Casi un 25% de los artistas se han retirado del cartel. No hay macrofestival de estas dimensiones que, a poco más de tres meses, no haya mostrado todas sus cartas para acelerar la venta de abonos y entradas.
Los motivos aducidos por la mayoría de grupos que han cancelado su presencia son los vínculos empresariales del festival albaceteño con KKR, un fondo de inversión estadounidense que posee, entre otras empresas, el conglomerado alemán de medios Axel Springer. Esta firma forma parte de la lista de empresas elaborada por el think tank Who Profits de las compañías que se están lucrando con la ocupación israelí. El nexo entre KKR y los macroeventos musicales españoles está relacionado con Superstruct Entertainment, —dueño de más de treinta, entre ellos el Viña Rock—, que fue adquirido por el fondo inversor en 2024 por 1.300 millones de euros.
La mayoría de cancelaciones del Viña Rock, nueve, se produjeron en la semana posterior al primer avance de programación. Fueron, en este orden: el dúo británico de rap Bob Vylan, la cantante de pop acústico Grex, el grupo madrileño de rock Interferencias, los toledanos Balkan Bomba, el cantante de reggae Morodo, las bandas de rock urbano Cobardes y Rienda Suelta, el grupo de rock mestizo Che Sudaka y el veterano cuarteto de metal Söber. Tras esa primera semana, la sangría se detuvo. Pero el 2 de enero, una nueva actualización del cartel desveló dos ausencias más: el cantaor Israel Fernández y el joven cantante murciano de pop-rock, Walls. En lugar de añadir artistas, el festival ha seguido perdiéndolos.
De los 47 artistas anunciados, solo se mantienen firmes 36. Es poco más de un tercio de los 90 nombres que suelen desfilar cada año por los escenarios del festival. Algunos, como El Vicio del Duende, Amparanoia y Mägo de Oz, han emitido comunicados reafirmando su decisión de acudir a la cita de Villarrobledo. También el festival ha denunciado que los artistas estén recibiendo “presiones, amenazas y chantajes” para desvincularse del festival. Y en ese clima tan crispado, el cantautor punk El Niño de la Hipoteca ha lanzado una oferta sin igual: cualquier persona que no quiera ir al festival pero hubiese comprado el abono antes del 20 de mayo, podrá entrar gratis a uno de sus conciertos. Este diario ha contactado con el festival para conocer en qué fecha se van a publicar el segundo lote de artistas, pero no ha obtenido respuesta.
Un desencanto progresivo
Viña Rock es solo uno de los festivales españoles vinculados empresarialmente al fondo inversor KKR desde que este adquirió Superstruct, empresa propietaria de O Son Do Caminho, FIB, Resurrection Fest, Sónar y Arenal Sound, entre otros. Sin embargo, es, con diferencia, el que está recibiendo más presión por parte de colectivos que denuncian vínculos de KKR con el genocidio palestino. Esto se debe a que el Viña ha sido durante décadas un escaparate de movimientos políticos que van del anticapitalismo al antifascismo, pasando por el antisionismo.
La causa palestina siempre ha estado presente en el festival y, por lo tanto, su público y sus artistas son los que más fácilmente podrían hacer suya una campaña de boicot. A esto cabe añadir el progresivo desencanto de parte del público. Las informaciones sobre las condiciones laborales de los trabajadores, la creciente presión policial en el recinto y la presencia de símbolos del capitalismo (como el stand de Burger King) han agrietado la imagen del Viña. De algún modo, la vinculación con KKR ha sido la gota que ha colmado el vaso para muchos espectadores que llevaban años y hasta décadas acudiendo al festival.
David Martín tiene 41 años y se estrenó en el Viña a los 18. “Llevo muchos años viendo la deriva que ha cogido”, afirma este madrileño, que con este comentario se refiere a “los sueldos de mierda que tienen los trabajadores” y a la presencia de Burger King en el Viña Rock, hecho que compara “con la llegada de la cadena estadounidense de hamburguesas a Rusia”. “Es el capitalismo a saco”, opina, refiriéndose también otras franquicias que se han instalado en el recinto y que son “todo lo contrario a lo que se pregona allí dentro”. Aun así, apenas ha fallado un par de años a la cita y, en mayo de 2025, compró dos entradas para volver al festival en 2026. “Como vamos todos los años mi pareja y yo, las compramos sin saber el cartel porque salían más baratas”, explica.
Una semana después de adquirirlas saltó la noticia de la vinculación empresarial del festival con el fondo KKR. “Nos dijimos: ¿ahora qué hacemos?”, recuerda David. El precio de oferta, 40 euros, implicaba una compra a ciegas ya que aún no se había anunciado qué grupos actuarían. Aun así, el perfil artístico del festival es tan marcado y hay tantos grupos que repiten que es difícil llevarse sorpresa alguna. Cuando en diciembre se anunció el cartel, las pocas ganas que les quedaban se desvanecieron. “Los grupos que van este año ni siquiera nos gustan. Los que nos gustan se niegan a ir. Y me parece fenomenal. Pero lo de este año no va a ser un Viña Rock. Será otra cosa”, opina. Ahora desearía recuperar el dinero. El motivo es principalmente uno: “No financiar a KKR. Lo otro”, insiste refiriéndose al listado de grupos que actuarán, “es secundario”.
Esto ya no es el Viña Rock
Laura Muñoz vive en Villarrobledo y ha asistido a cinco ediciones del Viña Rock. Este año no irá. “No voy a darle más dinero a un fondo sionista”, afirma. Y, según detecta, no es la única vecina del pueblo donde se celebra el festival que ha tomado esta decisión: “La mayoría de gente que conozco no van a ir porque ya se ha desvirtuado con todo esto”, apunta, refiriéndose, de nuevo, al vínculo del festival con el fondo KKR. “El Viña Rock es antifascista y anticapitalista y con unos valores distintos a la empresa que lo gestiona”, opina. Y, en otro orden de cosas, lamenta que se trate al público “como delincuentes”. Para ella el Viña Rock es “un festival de porretas” y denuncia que la gente no pueda “ni fumar porros porque los registran la policía y la guardia civil y se los quitan”.
El barcelonés Oriol Cata puede confirmar las explicaciones de Laura. En 2012 se estrenó en el Viña Rock y desde entonces solo ha fallado en 2017. “En la entrada te hace un primer control una empresa de seguridad privada y luego hay una fila de diez policías o guardias civiles, con armas largas”, describe. “El segundo día me dejaron en calzoncillos ahí en medio buscándome de todo. Y aún me amenazaron con denunciarme por desacato a la autoridad solo porque quería esperarme allí hasta que acabasen de cachear a mi pareja”, explica. “Es el festival con más seguridad, guardias civiles y secretas infiltrados que he visto en mi vida”, concluye este catalán habituado a moverse por festivales de punk.
A Oriol le molestan muchas más cosas. Por ejemplo, que prohíban el uso de bengalas o la gente subida a hombros, pero luego se promocione el festival con este tipo de imágenes. Y, por supuesto, el stand de Burger King. “Cada año nos hemos ido desencantando, pero al final son cuatro días en los que te ves con gente que no ves el resto del año. Los que vienen de Bilbao, los de Galicia, los de València”, enumera. Este año tampoco irá. “No vuelvo porque el cartel no me mola, pero no volvería aunque estuviera lleno de grupos que me gusten. Mis motivos son políticos”, resume. Y añade: “De todos los colegas que una semana antes nos escribimos para decir ‘nos vemos en el Viña’, ninguno va a ir”.
Otra campaña en Change.Org
David ha intentado recuperar su dinero aduciendo que el cartel del festival no se corresponde con el Viña Rock al que ha acudido tantos años, pero no ha tenido suerte. “No hay una manera fácil de contactar con el festival o por lo menos yo no la he encontrado”, explica. Y al dirigirse a la empresa a través de las redes sociales dice que le han contestado “con cierta chulería”. Por todo ello, el 13 de diciembre inició una campaña en la plataforma Change.Org: “Petición para reembolso de entradas de Viña Rock 2026”. Su intención era “hacer un poco de ruido y ver si así se lo pensaban”. La campaña tiene como subtítulo “No queremos financiar el genocidio”. En un mes han firmado su petición más de mil personas. No es la primera campaña de Change.Org referida al festival. En marzo de 2025 se abrió otra campaña bajo el título “¿Dónde estamos las mujeres? ¿Dónde estamos lxs manchegxs?”. Esta ha recogido cerca de diez mil firmas.
Mientras la mayoría de promotoras van aumentando el precio de los abonos conforme se acerca el día del festival, semanas atrás el Viña Rock lanzó un concurso en el que regaló cientos de pases. El madrileño Alberto Degenerado asistió en 2025 al festival invitado por una de las bandas que actuaban allí. Se había resistido durante años a asistir al macrofestival de Villarrobledo. “Prefiero festivales más familiares, autogestionados y con principios, que no buscan el beneficio económico”, explica. Y pone como ejemplos Bellota Rock, Rock In Pino, Abejarrock, Tresparock o Antorcha. “Fui al Viña Rock porque me invitaron, pero no estoy dispuesto a dar dinero a este tipo de festivales”, aclara. “Pero este año no iría ni invitado. Sabiendo que está KKR, no iría aunque me gustasen las bandas. De hecho, las que vayan este año ya están vetadas para mí”, zanja.
Oriol ya ha contactado con sus amigos de Murcia y este año han cambiado de consigna. “Nos vemos en el Lumbreiras”, es el mensaje que se cruzan por WhatsApp, refiriéndose al festival alicantino Aúpa Lumbreiras que, tras celebrar su última edición en 2014, renace este año, en agosto, con Soziedad Alkohólika, El Drogas y Evaristo (de La Polla Records) como cabezas de cartel. Para Laura sería una alegría que el Viña Rock no se celebrase este año. “Sería hacer justicia con los pobres gazatíes”, suspira. David y su pareja tienen pocas esperanzas de recuperar sus 80 euros, pero no revenderán sus dos entradas. “Las tiraremos”.