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Entrevista

José Sacristán: “Los jóvenes que dicen que con Franco se vivía mejor no tienen ni puta idea de lo que es vivir una dictadura”

Javier Zurro

29 de abril de 2026 22:10 h

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Fernando Fernán Gómez publicó en 1990 sus memorias. Se llamaban El tiempo amarillo, y en ellas, el actor total del cine español, contaba una vida que era un recorrido por la historia de España. Nacido en 1921, Fernán Gómez vivió los grandes acontecimientos del siglo XX que marcaron nuestro país. La Segunda República, el golpe de Estado, la guerra, la posguerra, la dictadura… Así hasta llegar a la ansiada democracia. Había algo en esas páginas que a José Sacristán le recordaba a su vida. Aunque había nacido años más tarde, él también fue un niño de la posguerra que encontró en el oficio de cómico algo más que una forma de vida.

Quizás fuera ese uno de los motivos que les convirtió en algo más que compañeros de trabajo, en amigos que se juntaban y se contaban. Que se abrían en canal el uno con el otro. Y quizás por eso, ahora que José Sacristán cogió su relevo como el gran actor vivo de España, ha decidido honrarle llevando a las tablas aquellas memorias. Lo hace en El hijo de la cómica, que dirige e interpreta hasta el 28 de junio en el Teatro Bellas Artes de Madrid. 

Desde allí irrumpe en el escenario a sus 88 años. Antes que él, su voz, anunciando que interpretará un par de escenas para la prensa antes de atender unas cuantas entrevistas en donde el actor, como siempre, dice las cosas que deberían ser de sentido común, pero no lo son. Habla de memoria, de su amigo Fernán Gómez y de la importancia de reírse en tiempos de gente como Donald Trump. Para todos ellos tiene un consejo: memoria y humor.

Adapta El tiempo amarillo, las memorias de Fernando Fernán Gómez. Se llevaban más de diez años de edad pero, en esas memorias, en ese niño de la posguerra, ¿había algo que hablaba también de Pepe Sacristán?

Yo ya había hablado con él de Pepe Sacristán antes de que se publicaran esas memorias. Yo estaba en este mismo teatro haciendo Las guerras de nuestros antepasados cuando se publicó la primera edición, pero yo ya había hablado con él de su abuela, de la mía, de la España de entonces, de ser cómicos y de las puñeterías que contiene este oficio ejercido en este puñetero país.

Me acuerdo de cuando Javier Bardem ganó el Oscar, que se lo dedicó a los cómicos. No dijo a los actores, dijo a los cómicos. ¿Qué tiene esa palabra?, ¿es una dignificación del oficio?

Sí, es un término entrañable y me atrevo a decir, de un cierto carácter de nobleza. Ser buen cómico es como ser un buen ciudadano o ser un buen padre. De hecho, hay una película maravillosa del tío de Javier, de Juan Antonio Bardem, Cómicos, que para mí es de cabecera. Hago pedagogía con ella. De vez en cuando, se la paso. Un día estuvieron en casa Asier Etxeandía, Aitana Sánchez Gijón y otros cuantos cómicos y cómicas, y les puse la película, que es una belleza.

Usted no fue hijo de cómica. 

No.

Pero sus hijos sí que van a poder decir que fueron hijos de cómico. ¿Eso enorgullece?

Sí. Me siento muy orgulloso. Te voy a contar una anécdota que he contado varias veces, pero es que me gusta. Estaba en Tarifa, después de hacer Señora de rojo. Paseo por la ciudad y dos muchachos de 30 años me ven y uno me reconoce, se me acerca felicísimo y me dice: “Claro, usted, es el que 'hacía de reír' en las películas antiguas”. Y le dije: “Ya tengo epitafio”. Sí, ese soy yo. Y me siento orgulloso de ser el que 'hacía de reír' en las películas antiguas. Y a mucha honra. 

Los ciudadanos no somos del todo inocentes y sufrimos las consecuencias de la clase política. No, nos representan. Desgraciadamente nos representan

Le he leído decir varias veces que Fernán Gómez le enseñó a escuchar. Eso de escuchar ahora mismo es algo casi revolucionario. 

Sí. Lamentablemente, son más, como decía don Antonio Machado, los ecos que las voces. Es una jaula de grillos ensordecedora. Es lamentable. Y yo insisto en esto, no somos del todo inocentes. No somos los ciudadanos perfectos, maravillosos que sufrimos las consecuencias de una clase política. No, nos representan. Desgraciadamente nos representan. No es posible que haya algo tan obsceno como el comportamiento de un señor como Donald Trump, o del señor Milei. ¿Cómo alguien puede decir ‘yo quiero que ese sea el presidente’? Eres un puto tarado. Y ahí estamos todos. Y ahora además con esta actitud de la extrema derecha, esta cosa insultante que llaman rata de mierda, que quedan para volver a cantar el Cara al sol… y la gente les vota. Pues ya está. Pues qué bien.

En el escenario aparece escrito en el fondo: ‘Hay que recordar, hay que recordar’.

Es una alusión a El viaje a ninguna parte. Yo empezaba diciendo: “Hay que recordar, hay que recordar”. En realidad, yo me he autorizado a contar esta historia porque hice El viaje a ninguna parte y hago una pirueta.

Pero esa frase también nos habla de la memoria, algo que es importante y que era importante en aquellas memorias.

Para mí es fundamental saber de dónde y de quién vengo. Miro para atrás y procuro no darme con las farolas. Miro para atrás constantemente, porque cuando miro, no huelo a mierda. Es más, a mí me ayuda a vivir y a tirar para adelante la memoria que tengo del crío que fui. Sí, sin duda alguna.

¿Y cuando lee que hay un porcentaje de jóvenes que dicen que con Franco se vivía mejor?, ¿qué diría a esos jóvenes?

Que no tienen ni puta idea de lo que es vivir con Franco. Eso lo primero. Habrá algún nazi por ahí y algún fascista que le prefieren, y allá ellos, pero yo confío en que no sean mayoría. Pero en principio les diría que no tienen la más puta idea de lo que es vivir en una dictadura. Ahí está la maldad de estos que les llenan el cerebro con estas gilipolleces. Es lamentable…

¿El arte puede hacer algo en todo eso?

No, no, no. Ojalá pudiéramos hacer algo. Y si pudiéramos hacer algo, tendríamos que estar en la cárcel todos conforme está el panorama. Hacemos lo que podemos. Pero hay quien hace la historia y hay quien la padece. La gente de la cultura hacemos lo que podemos. Si la gente de la cultura realmente pudiese modificar la sociedad, Donald Trump no sería presidente de los EEUU. Joder, eso no te quepa ninguna duda.

Siempre dice que para usted actuar es un juego muy serio. ¿No se cansa de jugar?

No. Si eso pasara me quedo en casa. La base fundamental es lo que tiene de juego esto para mí, sin duda.

¿Y cómo ve a las nuevas generaciones, entienden ese juego serio?

Lo que veo es gente con mucho talento. Me encanta. Me encanta trabajar con jóvenes porque hay una galería y una cosecha de cineastas y de gente de teatro formidable. Ahora Juanito, Juan Diego Botto, está haciendo en el Teatro Español algo que es un auténtico prodigio. 

¿Y si no hubiera sido actor qué hubiera sido, lo ha pensado?

No. Tengo una vocación frustrada que es la de director de orquesta. Pero esa me ha venido después, cuando he visto a Karajan, a Carlos Kleiber y a Celibidache dirigir.

La gente de la cultura hacemos lo que podemos. Si la gente de la cultura realmente pudiese modificar la sociedad, Donald Trump no sería presidente de los EEUU

¿Por qué Fernán Gómez sigue siendo el ejemplo, el icono?

Porque es el que mejor lo hacía, el que más se aproximaba a la verdad. Y luego ya conoces su faceta de dramaturgo, de novelista, de columnista, de director de cine, de teatro, de poeta... Joder, ese es el modelo. Lo que pasa es que es inalcanzable llegar a transitar por tanta disciplina de un modo tan brillante como él lo hacía.

¿A usted qué le ha faltado por hacer?

La Brígida del Tenorio. Me voy a morir con las ganas de hacer la Brígida del Tenorio. Es que he hecho zarzuela. He hecho musicales. He cantado copla. Y creo haber asumido desde las primeras de cambio ser una buena correa transmisora de estados de emoción más bien domésticos. Yo no tengo un Hamlet, no tengo un Macbeth ni un Rey Lear. No voy a decir que lo echo de menos. Mi modelo de actor para mí no era Lawrence Olivier, sino James Stewart. Yo hubiera hecho cualquier cosa por hacer El hombre de Laramie, El bazar de las sorpresas, Qué bello es vivir, Anatomía de un asesinato, Vértigo, Horizontes lejanos… Pero para mí el colmo de la sabiduría, la mayor demostración de talento que alguien ha hecho delante de una cámara, es la de Donald O'Connor en Cantando bajo la lluvia. El Hazles reír… Yo hubiera dado cualquier cosa por haber llegado a una altura tan excelsa como la suya ahí.

Me imagino que a usted actores jóvenes se le acercaran como referentes, ¿es un orgullo o una responsabilidad?

Es que yo soy el que 'hacía de reír' en las películas antiguas. No me toque los cojones. No tengo el menor interés de pasar a ser el profeta o el patriarca. Yo soy un currante de esto y tengo la suerte de que la gente me sigue comprando los ajos, hago lo que me da la gana y disfruto. Y creo que no lo hago mal. Y si lo hiciera mal, pues no vendrían a verme, digo yo. Pero no tengo el menor interés de trascender o de significar para los demás otra cosa que no sea el que hacía de reír en las películas antiguas.

Ahora nos viene bien reír…

¿No te ríes con el capullo de Donald Trump?

La verdad es que me preocupa… Ojalá me hiciera reír.

La risa hay que saberla buscar. El sentido del humor yo creo que es lo único que nos distingue del diplodocus o de la rata callejera. El sentido del humor y la risa siempre están ahí. Todos los días. Está en El Roto. La risa es muy importante. Hay un grupo que hizo Luis García Montero, le llamamos los 'optimistas melancólicos'. La melancolía es la sensación de pérdida de algo. De unos ideales a los que has aspirado y sabes que no se van a dar. Pero el optimismo tiene que ver con la risa. No hablo de la felicidad, hablo de la alegría, de la risa, de salir a librar la batalla con un “os vais a joder, no me vais a aburrir, y me voy a reír”.