Una decena de personas abandona la sala al entregarse el César a Polanski: “Premiarle es escupir a la cara de todas las víctimas”

elDiario.es

Marta Garde (EFE) —

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Polanski fue el protagonista de la noche, pese a su ausencia. “¿Qué hacemos con Popol? Sabéis bien de quién hablo. ¿Aplaudimos o no? (...) Vamos a tener doce problemas esta noche”, dijo al inicio la presentadora, Florence Foresti, en referencia implícita a él y a sus nominaciones.

La respuesta estuvo dividida: una decena de personas abandonó la sala en cuanto resultó ganador. Entre ellas, Adèle Haenel, nominada a mejor actriz por Portrait de la jeune fille en feu, y su directora, Céline Sciamma, al grito de “¡Qué vergüenza!”.

Haenel, que ha denunciado por acoso sexual al cineasta Christophe Ruggia, indicó hace días que premiarle sería escupir a la cara de todas las víctimas“ porque supondría ”decir que no pasa nada por violar a mujeres“.

Polanski, del que no se leyó un mensaje en su nombre, no se había personado para “proteger” a su familia, aunque ello le fuera a impedir, según apuntó este jueves, “hacer frente a un autoproclamado tribunal de la opinión pública dispuesto a pisotear los principios del Estado de derecho para que lo irracional triunfe de nuevo”.

Su equipo, incluido su protagonista, Jean Dujardin, tampoco, para mostrar que no querían aceptar que “el voto democrático de los 4.313 miembros de la Academia sea cuestionado porque esos jueces autoproclamados no aprueban el resultado”.

Las menciones o críticas a Polanski en la ceremonia fueron más o menos evidentes y en boca casi siempre de los presentadores: Foresti dijo al introducir el filme que este hablaba sobre “la pedofilia en los años 70”, mientras que el actor Jean-Pierre Darroussin fingió atragantarse al citar su nombre como ganador a la mejor adaptación.

Sus doce nominaciones llegaban a la gala precedidas del fuerte rechazo de organizaciones como “Osez le Féminisme”, que este viernes se manifestaron frente a la Sala Pleyel con carteles en los que acusaban a Polanski de violador, al cine de culpable y al público de cómplice.

El propio ministro francés de Cultura, Frank Riester, señaló que aunque había que separar “las obras y los artistas”, premiarle como mejor director sería un “mal símbolo ante la necesaria toma de conciencia en la lucha contra la violencia machista”.