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En primera persona

Testimonio de una médica en Sudán: “Si morimos, moriremos con dignidad”

Sara Hassan

Jartum —
18 de abril de 2026 21:34 h

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Soy médica, pero en Sudán, durante los últimos tres años, eso ha significado mucho más que la medicina. Ha significado responder a llamadas de auxilio sabiendo que no puedes llegar hasta la persona que está al otro lado. Adentrarse en el peligro, no porque no tengas miedo, sino porque un paciente te está esperando. Llevar recuerdos que no se desvanecen, por mucho que intentes seguir adelante.

Lo que comparto aquí proviene de los primeros días de la guerra en Jartum, cuando todo se desmoronó de golpe, mientras las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) avanzaban en la ciudad, calle por calle. Ahí es donde comienza mi experiencia.

El día en que los teléfonos no dejaron de sonar

El 15 de abril de 2023 fui a trabajar como de costumbre. A las 9 de la mañana, todo había cambiado.

Estaba de pie junto a una ventana en la base central de ambulancias de Bahari, en el norte de Jartum, cuando vi a gente corriendo. Luego llegó el ruido: explosiones, intensos disparos. Un edificio justo enfrente fue bombardeado y, en cuestión de minutos, los vecinos llevaban a los heridos en brazos, gritando pidiendo ayuda.

Dentro, los teléfonos empezaron a sonar. Y no paraban. “Por favor, vengan”. “Está sangrando”. “Se está muriendo”. Lo intentamos. Pero no pudimos mover ni una sola ambulancia.

Las calles ya se habían vuelto demasiado peligrosas. Con los enfrentamientos estallando de forma impredecible, cualquier movimiento significaba arriesgar nuestras vidas.

Horas más tarde, algunas de esas mismas voces volvieron a llamar. “No vengáis”, dijeron. “Ha muerto”.

Hay algo dentro de ti que se rompe en ese momento. Porque eres médico. Y, de repente, no puedes llegar a las personas que más te necesitan.

Tres días atrapada... y la decisión de volver

Yo era la única mujer de guardia.

Había oído historias de Darfur —zonas de Sudán bajo el control de la milicia FAR— sobre violencia sexual y lo que ocurre cuando los grupos armados toman el control. Pero ahora, mientras los combatientes de las FAR avanzaban por Jartum, esos temores ya no eran algo lejano.

Estuvimos atrapados dentro de la base de ambulancias durante tres días, escuchando, esperando, sin saber qué vendría después. Después de evacuar, pasé una semana en Omdurman, una ciudad al otro lado del puente de Jartum.

Era festivo. Había un alto el fuego temporal. Por un breve momento, la gente intentó aferrarse a algo parecido a una vida normal. Pero incluso entonces, sabíamos que no duraría. Nos mantuvimos en contacto, llamándonos unos a otros, volviendo una y otra vez a la misma pregunta:

Si los hospitales están cerrados y las ambulancias no pueden moverse, ¿qué pasará con la próxima persona que resulte herida? Ya no había ningún sistema. Así que tomamos una decisión. Volveríamos.

Construir algo de la nada

Cuando le conté a mi familia mi decisión, se asustaron. Mi tío intentó detenerme. Le dije: “Es mi deber”. No por valentía. Sino por mi responsabilidad médica.

Teníamos un objetivo: junto con un pequeño grupo de colegas, reabriríamos el Hospital Universitario Bashair, al sur de Jartum. Reuniríamos al personal médico que aún se encontraba cerca —gente que conocía los barrios y podía desplazarse con mayor seguridad— y reanudaríamos los servicios, aunque fuera de forma limitada.

Empezamos casi sin nada. Unos pocos médicos. Unos pocos cirujanos. Enfermeras. Voluntarios. Abríamos de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Después, las puertas se cerraban por falta de recursos. Era el único hospital en funcionamiento de la zona.

Nos centramos en los traumatismos: heridas de bala, lesiones por explosiones. Víctimas de la guerra. El hospital ya no era solo un lugar de trabajo. Era un salvavidas.

Vivir con miedo

Al principio, me alojaba en una casa cercana. Pero las noches eran insoportables. Cada ruido me parecía un peligro. Cada silencio, una espera.

Regresaba a casa tarde —a veces cerca de la medianoche— y a menudo me paraban en los puestos de control. Preguntas. Sospechas. Imprevisibilidad. Al cabo de un tiempo, ya no me sentía segura fuera.

Algunos soldados empezaron a acercarse a mí, trataban de hablarme, incluso me proponían matrimonio. Me negué. Les dije que era una mujer casada, una madre. Pero negarme no garantizaba mi seguridad. Así que me mudé al hospital. Incluso allí, hombres armados iban y venían: fumaban en los pasillos, se movían por espacios que deberían haber estado protegidos, sin ningún respeto por la inviolabilidad del centro médico.

Éramos un equipo pequeño, trabajando bajo presión, tomando cada hora decisiones que podían significar la vida o la muerte.

Nos decíamos algo sencillo: si morimos, moriremos con dignidad. No fue valentía. Fue aceptación.

Cuando ya no estábamos solos

Durante semanas, mantuvimos todo a flote con casi nada: improvisando, estirando los suministros, tomando decisiones imposibles. Entonces, Médicos Sin Fronteras (MSF) llegó para apoyar al hospital. Poco a poco, algo empezó a cambiar.

Se notaba en el hospital. Los suministros se hicieron más fiables. La atención se organizó mejor y empezamos a recibir apoyo. Con MSF allí, era como si alguien se hubiera acercado a nuestro lado y nos hubiera dicho: seguid adelante, estamos aquí.

Los riesgos no desaparecieron. La guerra no se detuvo. Pero ya no estábamos completamente solos, y eso cambió lo que era posible.

Los momentos que nunca te abandonan

Una madre llegó una noche después de que soldados de las FAR entraran en su casa. Acusaron a la familia de apoyar al Gobierno sudanés. Lo saquearon todo. Mataron a su marido. Le dispararon a ella. La llevamos a quirófano, mientras su hijo —de no más de nueve años— se quedaba cerca, llorando. “Un día los mataré”, dijo el crío. En ese mismo momento, los soldados de las FAR estaban dentro del hospital. Recuerdo haber pensado: si lo oyen, también lo matarán a él.

Otro día, llegó una superviviente de violencia sexual. Me senté con ella. La escuché. Y luego lloré con ella. Incluso ahora, sigo viendo su rostro.

Y entonces, en medio de este caos, ocurrió algo sorprendentemente positivo. Llegó una mujer embarazada que estaba de parto. No teníamos servicios de maternidad. No estábamos preparados. Dio a luz en el quirófano de urgencias. En medio de la guerra, nació un niño.

Por un momento, todo se suavizó. Sonreímos. Recordamos cómo se siente la vida.

Por qué nos quedamos

Aquellos primeros días en Jartum fueron una cuestión de supervivencia. No solo para los pacientes, sino también para nosotros. Teníamos miedo. Estábamos agotados. Dudábamos de nosotros mismos. Pero nos quedamos.

Porque los pacientes seguían llegando. Porque, aunque no pudiéramos salvar a todos, al menos podíamos salvar a alguien. Porque a veces, en medio de todo, la vida siempre encuentra una manera.

Soy médico. Y en aquellos primeros días de guerra en Jartum, eso significaba quedarme, incluso cuando la ciudad, y parte de mí, se desmoronaban.

Sara Hassan, médica y asesora del coordinador de MSF en Jartum, Sudán.