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ANÁLISIS

Europa consume una España entera en tierras agrícolas extranjeras

1 de junio de 2026 21:35 h

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La Unión Europea importa cada año una superficie de cultivo equivalente al tamaño de España. Se trata de hectáreas invisibles incorporadas en la soja, el cacao, el café o el aceite de girasol que consumimos. Son las “hectáreas fantasma” de las que hablaba Georg Borgström hace más de medio siglo, quien se refería así a la superficie de terreno situada en el extranjero que un país necesita para cubrir un consumo que su propio territorio no podría sostener.

Décadas más tarde, en el año 2000, el historiador Kenneth Pomeranz retomó esa noción en su influyente The Great Divergence para responder a la vieja pregunta de por qué ciertas regiones de Europa se industrializaron antes que otras regiones igualmente avanzadas, como la del delta chino del Yangtsé. Su respuesta combinaba el carbón, que permitió a Inglaterra dejar de depender de la madera justo cuando la crisis por la deforestación era ya muy aguda, y las redes coloniales, esas “hectáreas fantasma” que liberaron a la economía europea de las restricciones que imponía la tierra.

Y es que la tierra es un bien finito que no admite usos simultáneos: una misma hectárea no puede ser a la vez bosque para madera, cereal para las personas, forraje para el ganado y fibra para la ropa. Hay que elegir. Y como Europa no tenía suelo suficiente para todo, las colonias del Nuevo Mundo se lo proporcionaron. En aquel tiempo de despliegue del capitalismo industrial, esta asimetría internacional entre el centro europeo y la periferia mundial se sostenía sobre mecanismos extra-económicos tales como la violencia que ejercían los imperios sobre sus colonias. En la actualidad, sin embargo, las formas han cambiado pero el fenómeno de fondo sigue teniendo vigencia en tanto los países más ricos se benefician de una división internacional del trabajo que permite sostener el consumo en los países ricos sobre la base de la explotación de la fuerza de trabajo y los recursos naturales en los países pobres. Un ejemplo paradigmático es el modelo agroalimentario en la Unión Europea.

Según la FAO, en términos monetarios Europa es una región exportadora neta de alimentos agrarios y ganaderos. Eso quiere decir que exportamos más euros en comida de los que importamos, lo que invita a concluir que “nos sobran alimentos” —algo muy distinto de lo que ocurre en Asia, con un déficit neto de 300.000 millones de dólares—. Pero esa contabilidad en euros oculta más de lo que muestra. En cuanto cambiamos el dinero por una métrica física —las hectáreas de tierra que hay detrás de cada producto— la imagen se modifica radicalmente.

En las últimas décadas, la noción de “hectáreas fantasma” ha estimulado el desarrollo de metodologías para poner cifras físicas a los flujos comerciales: se trata de calcular cuánta tierra —medida en hectáreas— hace falta para producir cada bien que cruza una frontera. Es lo que se conoce como tierra incorporada (o “encarnada”) en los productos, es decir, la huella de suelo que viaja, invisible, dentro de cada saco de soja o cada grano de café. Una de estas metodologías es la de la Comisión Europea y Eurostat, en la que se basan los gráficos de este análisis. Por ejemplo, en el año 2024 la Unión Europea importó 55 millones de hectáreas en productos de cultivo, lo que es una superficie ligeramente superior al tamaño de España (de unos 50 millones de hectáreas). Los europeos también importamos 35 millones de hectáreas en tierras de bosque y algo más de 3 millones de hectáreas en tierras de pasto.

Si observamos la procedencia de esas hectáreas de tierra (insisto: encarnadas en productos), los principales países proveedores son Brasil, Ucrania, Estados Unidos y Argentina. Como se ve en el siguiente gráfico, de Brasil importamos 15 millones de hectáreas de tierra, mientras que de Ucrania más de 10 millones. Como podría esperarse, se trata de países grandes y, en general, con sobrerrepresentación de los llamados 'países en desarrollo' o del Sur Global (sobre todo en tierras de cultivo).

Pero ¿qué es lo que realmente estamos importando? Como se puede ver en el siguiente gráfico, el principal producto con diferencia es el pienso de soja, seguido de cacao en grano, aceite de girasol, semilla de colza y café. El papel clave lo juega el pienso de soja, sobre todo procedente de Brasil y Argentina, que es importado para la alimentación animal en Europa y cuya producción está íntimamente ligada a los procesos de deforestación del Amazonas. Eso ya nos muestra señales de la insostenibilidad ecológica del modelo agroalimentario europeo y de su relación con la economía-mundo.

Pero esto funciona en los dos sentidos: igual que importamos tierra encarnada en la soja o el café, la exportamos encarnada en lo que vendemos fuera. La cuenta final —importaciones menos exportaciones—, que vemos en el siguiente gráfico, deja a Europa como importadora neta de tierra de cultivo y exportadora neta de bosque y pasto. Aquí está la clave del espejismo contable, ya que Europa importa tierra barata —una hectárea de soja para pienso vale poco— y exporta producto más caro, como los lácteos, el vino y la carne. Por eso las cuentas en euros arrojan superávit mientras las cuentas en hectáreas arrojan déficit.

Estos datos describen un modelo agroalimentario europeo —un agregado, con diferencias entre países— muy dependiente de la importación de tierra de cultivo, encabezada por la soja y otros cultivos destinados a pienso animal. En este sentido, la economía europea consume hectáreas de tierras en el extranjero para producir alimentos para el ganado en explotaciones intensivas. Esos datos son coherentes con el sistema de las famosas macrogranjas, sobre todo las de cerdos y pollos, porque en esas grandes fábricas los animales apenas pueden moverse y se requiere la importación del alimento. Esos alimentos son los que consumimos nacionalmente, muchas veces en forma de carne barata (las reexportaciones de animales a terceros países ya están descontadas en los datos).

Por otro lado, los países europeos exportan productos animales procedentes de ganadería extensiva, es decir, que se alimentan de los pastos de sus entornos (ovejas, vacas, cabras…) y que consumen tierra en Europa. De esa manera, al mismo tiempo que Europa importa tierras de cultivo también exporta tierra de pastos —y otro tanto con la madera, de la que vende fuera más de la que compra—.

En definitiva, cuando un europeo consume carne de cerdo, bebe café o compra chocolate, no solo consume un producto. También consume una porción invisible de tierra situada a miles de kilómetros de distancia. Las estadísticas monetarias registran el precio de esa transacción, pero no registran la geografía material que sostiene nuestro modo de vida. Estas metodologías biofísicas tienen sus limitaciones, pero no hay duda de que las métricas monetarias esconden relaciones físicas que revelan asimetrías profundas. Es lo que la economía ecológica —de Joan Martínez-Alier a Alf Hornborg— ha llamado intercambio ecológico desigual: un comercio que, bajo la apariencia de un intercambio entre iguales, transfiere de forma sistemática tierra, energía y materiales desde los países pobres hacia los ricos. Una jerarquía de la economía-mundo que es, a la vez, ecológica y socialmente insostenible.