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ANÁLISIS

Ormuz y la economía zombi: pensar como si los recursos no se acabaran

Distintos tipos de las llamadas tierras raras, algunos de alto valor para la industria tecnológica.
11 de mayo de 2026 22:29 h

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El barril de petróleo Brent sigue cotizando por encima de los 100 dólares. La causa es la guerra en Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita en tiempos normales una quinta parte del crudo y casi un tercio del gas natural licuado del planeta. La escena recuerda lo que ya sabíamos, pero solemos olvidar: una constante de la historia de la humanidad es la lucha por los recursos. Hoy son los combustibles fósiles —indispensables para que el metabolismo de las sociedades contemporáneas pueda reproducirse, hasta el punto de que sin un flujo continuado de carbón, petróleo o gas natural cualquiera de ellas colapsaría—. En otros tiempos fueron el oro, la plata y otros metales como el estaño o el cobre los recursos lo bastante codiciados como para alimentar guerras, invasiones y masacres de pueblos enteros.

Para entender lo que ocurre conviene recuperar una idea formulada en los años setenta por el economista Herman Daly —discípulo de Nicholas Georgescu-Roegen y, junto con autores como el español Joan Martínez Alier, una de las figuras fundacionales de la economía ecológica—. Según Daly, la economía no es un universo autónomo sino un subsistema del Sistema-Tierra, y por tanto debe operar dentro de sus límites para que su propia reproducción esté garantizada a medio plazo. Durante la mayor parte de la era industrial, el impacto de la actividad humana fue pequeño en relación con el conjunto de la biosfera: vivíamos en lo que Daly llamó un “mundo vacío”, un mundo en el que los recursos naturales aparecían como abundantes aunque, por definición, fuesen finitos. Ese ha sido el tiempo “normal” en el que se gestó la disciplina económica moderna y en el que naturalizamos el estado de cosas actual, con todas sus infraestructuras dependientes de los combustibles fósiles y el nivel de consumo facilitado por la industria petroquímica. El problema, advertían Daly y sus compañeros, es que progresivamente —y por eso casi de forma imperceptible para las vidas particulares— la actividad económica humana ha seguido creciendo hasta desbordar la capacidad del planeta. La acumulación de conocimiento desde entonces ha ido confirmando la tendencia a través de distintos indicadores científicos: los límites planetarios, la huella ecológica, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático… Y, además, lo que era finito pero abundante comienza a dejar de serlo. Hemos entrado en lo que Daly llamaba un “mundo lleno”.

Irónicamente, este relato de disputa por los recursos, que resulta tan familiar para la antropología, la historia o la sociología, ha sido marginado por la economía mainstream. A pesar de que la definición de Lionel Robbins que aparece en la mayoría de los manuales describe a la ciencia económica como la disciplina ocupada en la asignación de recursos escasos, en el pensamiento económico convencional los recursos naturales en particular brillan por su ausencia. De hecho, los factores de producción que se enseñan a los estudiantes en las facultades son solo dos: capital y trabajo. Los recursos naturales que en su momento preocuparon tanto a los economistas clásicos, como la tierra, no aparecen en las lecciones que los futuros economistas reciben en la universidad. Aunque existen manuales más recientes que han incorporado el medio ambiente y los recursos naturales, siguen tratándolos como variables secundarias y, sobre todo, altamente sustituibles con otros factores de producción —como si al agotarse el agua, pudiéramos sustituirla por capital—.

No se trata de que los economistas sean deliberadamente estúpidos: los recursos naturales fueron durante mucho tiempo muy abundantes y, en consecuencia, también muy baratos. Como resultado, no se preocuparon por ellos al definir y especificar los modelos que pretenden representar el mundo real. Al economista le interesan los precios, y aquello que es tan abundante que su precio resulta irrelevante —el oxígeno, el agua— suele despertar poco interés. Lo mismo sucedió durante décadas con la energía. Cuando empezó a extraerse petróleo en Estados Unidos, el problema de las grandes empresas era que aquel líquido viscoso era demasiado abundante: las primeras estrategias de las petroleras americanas estaban destinadas a modular y restringir la extracción para sostener el precio. Hasta los años setenta el barril fue, en términos reales, extraordinariamente barato; con la primera crisis del petróleo de 1973 superó ligeramente los 10 dólares nominales y, con la segunda, llegó a rozar los 40 dólares —equivalentes a más de 130 dólares de hoy—. La era del crudo barato terminó entonces, aunque la cultura económica que se construyó sobre ella sobrevive intacta.

Hace décadas que los economistas ecológicos cuestionan el tratamiento que la economía convencional dispensa a los combustibles fósiles. Según los marcos al uso, los combustibles fósiles y la energía en general apenas aportan al PIB de un país: el sector energético en su conjunto no representa, a efectos contables, ni el 5% del valor monetario de la producción. Es la misma lógica por la que se nos dice que el “turismo” —o cualquier otro sector— es importante porque representa el 12% del PIB. En la contabilidad del crecimiento —la que utilizan todas las instituciones económicas para sus predicciones— lo decisivo es la contribución de capital, trabajo y progreso técnico, pero no de la energía. Los economistas ecológicos —Robert Ayres, Reiner Kümmel, y más recientemente Steve Keen— llevan décadas advirtiendo que esa forma de pensar conduce a equívoco: el oxígeno tampoco aparece en el PIB y, sin embargo, sin él no hay actividad económica posible. Con la energía pasa lo mismo: aunque su peso contable sea pequeño, si se interrumpe se desploma toda la economía. Lo que es, por otro lado, sentido común.

Como cualquier organismo vivo, toda actividad económica necesita inputs de energía y produce residuos como salida. La economía convencional no la conceptualiza así, lo que le permite tratarla como un sistema cerrado, con flujos circulares de capital y trabajo pero sin entradas físicas ni salidas residuales y mucho respetando las leyes de la termodinámica. La realidad, sin embargo, se impone: cuando las fuentes de energía se interrumpen, todo el metabolismo se tambalea. Y es más fácil que esos flujos dejen de llegar cuanto más escaso sea el recurso o cuanto más concentrada esté su extracción y procesamiento. Conviene recordar lo concentrados que están los combustibles fósiles a escala mundial: solo tres países —Estados Unidos, Arabia Saudí y Rusia— concentran más del 40% de la extracción de petróleo, y un porcentaje aún mayor en el caso del gas natural, encabezado por Estados Unidos, Rusia e Irán.

Si los hidrocarburos están concentrados, los minerales que se necesitan para la transición energética lo están todavía más, y eso es algo de lo que poca gente es consciente. Los llamados minerales críticos —imprescindibles para la producción de tecnologías renovables y para buena parte de los bienes electrónicos— presentan grados de concentración superiores a los del petróleo. Como muestra el siguiente gráfico de la Agencia Internacional de la Energía, en el caso del litio tres países concentran más del 80% de la extracción, mientras que cerca del 70% del cobalto se ubica en un solo país: la República Democrática del Congo. En la fase de procesamiento la fotografía es aún más nítida: China controla más del 80% de las tierras raras, alrededor del 70% del cobalto y cerca del 60% del litio. La combinación de azar geológico y política industrial ha conducido a un escenario donde los elementos cruciales del metabolismo de las sociedades modernas están en muy pocas manos.



El mundo lleno tiene, así, una geografía precisa: unos pocos países y un puñado de minas y refinerías que controlan los flujos físicos de los que depende todo lo demás. Y sobre esa geografía se está levantando una crisis política mayor. El liberalismo tradicional se construyó en este tiempo de anomalía fósil, naturalizando un estado de cosas en el que la energía era abundante y la economía no parecía tener límites. En aquel marco, cualquier país que necesitara energía o cualquier otro recurso podía teóricamente conseguirlo acudiendo al mercado internacional; la clave del progreso, se nos decía, era la apertura de mercados. Así, la crisis actual del liberalismo no tiene tanto que ver con sus ideas como con la pérdida de la base material que las sostenía. En un mundo lleno, la interdependencia se ha convertido en vulnerabilidad: la energía y los recursos vuelven a ser escasos y altamente disputados. Eso sí, no ocurre con todos a la vez ni en el mismo grado, sino que algunos resultan especialmente críticos, los llamados, precisamente por eso, minerales críticos.

Como he defendido en La guerra por la energía: poder, imperios y crisis ecológica, esta es la situación que explica el retorno de las prácticas neomercantilistas y de la violencia por parte de una gran potencia, Estados Unidos, que fue hegemónica en la era de los combustibles fósiles y teme ahora perder esa posición privilegiada. Entender los fenómenos geopolíticos del mundo contemporáneo solo es posible si recurrimos a las herramientas de la historia y la economía ecológica, y si evitamos en lo posible eso que llamamos economía convencional.

Si usted ve a algún economista hablar como si todavía viviéramos en un mundo vacío, recuerde que se trata de un zombi: alguien que parece vivo, pero no lo está.

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