La demanda de cesarismo sobrevivirá a Trump
Los conspiradores contra Julio César esperaban que con su asesinato se pudiera defender la República, que, según entendían, estaba amenazada por la excesiva acumulación de poder que aquel había llevado a cabo. Esperaban que el descabezamiento del régimen provocara la liberación de las fuerzas sociales que anhelaban el retorno de las viejas normas republicanas, a su juicio ya degradadas. Sin embargo, el magnicidio no condujo a la restauración republicana sino, paradójicamente, a su aceleración en sentido contrario: tras trece años de guerras llegaría el triunfo definitivo de los herederos políticos de César, con Octaviano abriendo paso al naciente Imperio. Los Idus de marzo, lejos de cerrar la deriva monárquica, la precipitaron.
Es evidente que aquellos defensores de la República no habían comprendido ni medido bien las bases sociales que sostenían el proyecto de César. Creyendo que se trataba de un asunto de personalidades y juegos de palacio, minusvaloraron el atractivo que tenía su política entre las clases populares. Al fin y al cabo, César fue un patricio que rompió con los códigos de su propia clase para construir, desde arriba, una coalición vertical que cortocircuitaba a la oligarquía senatorial apoyándose simultáneamente en el ejército, en la plebe urbana y en las élites emergentes que la vieja clase nobiliaria mantenía a distancia. Es conocido que se ganó a la plebe urbana mediante distribuciones de grano, banquetes públicos, juegos y espectáculos de gladiadores, y a las legiones por la expectativa concreta de tierras al licenciarse —para lo que fue central el expansionismo territorial—. Desmontar todo eso no era tan sencillo como matar al líder.
El lector atento habrá observado ya hacia dónde me dirijo: el tercer intento de magnicidio contra Donald Trump, perpetrado el sábado, invita a una reflexión por analogía. ¿Bastaría con su dimisión, su derrota electoral o alguna causa más drástica para acabar con el trumpismo? Mi tesis es que no, y que confundirlo con su líder es repetir el error de los Idus de marzo. Conviene aquí distinguir tres niveles que el debate público suele confundir: Trump como persona, con su narcisismo y sus extravagancias; el trumpismo como proyecto político, mucho más vertebrado, diverso y profundo; y, debajo de ambos, las condiciones estructurales que han producido la demanda de un líder así. Trump no llegó a la Casa Blanca por su forma de ser, sino porque encarna un ideal que ha resultado suficientemente atractivo para mayorías sociales reales. Él es, por decirlo en términos clínicos, el síntoma; la enfermedad es más compleja y difícil de atajar.
Obsérvese que tanto Trump como César comparten la capacidad de articular, desde arriba y con un liderazgo personalista, a sectores muy distintos unidos por un común resentimiento hacia la élite establecida. Como el romano frente a la nobleza senatorial, Trump construye su legitimidad contra el establishment —político, mediático, académico, corporativo— al que ha presentado como una casta cerrada y parasitaria e indiferente a los intereses del país real. El gesto, conviene subrayarlo, es en ambos casos el de un insider que se postula como outsider: César era un patricio de los Julios; Trump, un multimillonario formado en los círculos inmobiliarios y mediáticos. Lo que ambos hacen no es asaltar la élite desde fuera, sino romper la disciplina de su propia clase de origen para construir una coalición vertical. Y eso solo puede funcionar cuando hay un caldo de cultivo suficiente, es decir, cuando la sociedad está lo bastante rota.
En las décadas finales de la república romana, por ejemplo, existían pequeños propietarios itálicos arruinados por la competencia del grano provincial y por el latifundismo esclavista, veteranos sin tierra, plebe urbana hacinada en una Roma cosmopolita y crecientemente desigual, deudores estrangulados por unas élites acreedoras inflexibles. Igual que estos sectores buscaron en César —y antes en los Graco y otros líderes— una salida intermedia entre la ortodoxia oligárquica y la revolución social, la coalición trumpista articula hoy un bloque que ya no es exactamente el de 2016. Sigue ahí la clase trabajadora blanca del Rust Belt, devastada por décadas de deslocalizaciones, financiarización y desindustrialización, junto a pequeños propietarios y autónomos del interior rural y a sectores de clases medias en descenso material y simbólico. Pero a esa base se han incorporado, en los últimos comicios, avances notables entre votantes latinos, varones negros y jóvenes urbanos sin titulación universitaria. Esta ampliación refuerza el diagnóstico: el trumpismo ya no es un fenómeno étnico-regional confinado a una geografía concreta, sino una articulación transversal del descontento contra la oferta política tradicional.
Conviene, sin embargo, no forzar el paralelo más allá de lo razonable. César ofreció a su coalición algo material y verificable: reparto de grano para la plebe urbana, tierras y dinero para los veteranos al licenciarse, extensión del derecho de ciudadanía a Italia y a parte de las provincias, y una agenda redistributiva sostenida por el botín del expansionismo imperial —un modelo que solo podía funcionar mientras hubiese nuevas fronteras que conquistar—. El trumpismo, en cambio, moviliza el mismo resentimiento contra la misma estructura, pero su programa real —recortes fiscales regresivos, desregulación, aranceles que terminan pagando los consumidores— no entrega nada comparable. Esa asimetría subraya que el cesarismo trumpista es más frágil que el original porque ofrece menos, y por eso necesita un combustible identitario —patriótico y militarista— más intenso. La factura material que tarde o temprano pasará no encontrará tierras conquistadas con las que pagarse.
Aunque Trump sufra desgaste por su gestión, e incluso por sus extravagancias, los elementos estructurales son demasiado fuertes —conviene no olvidar que ganó pese a haber promovido, como quedó acreditado, el asalto al Capitolio—. Pero, de nuevo, desmontar eso que podríamos llamar “bloque histórico” no es tarea fácil. Un bloque histórico no es una mera suma de intereses, sino una articulación entre estructura económica y superestructura cultural, una hegemonía que fusiona clases distintas en torno a un sentido común compartido. César no ganó solo porque repartiera grano: ganó porque ese reparto se inscribía en un relato de regeneración frente a una élite parasitaria. El trumpismo opera en el mismo registro, y por eso tampoco basta con derrotarlo en una elección: hay que disputar el marco interpretativo que lo hace inteligible para millones. Como afirma Luciano Canfora respecto a César en su libro La historia falsa, «cuando su poder perdura, se debe ser realista y reconocer que el tirano es alguien que tiene de su parte a fragmentos más o menos grandes, o incluso muy grandes, de la sociedad». Por lo tanto, insiste el filósofo italiano, «el problema es derrotarlo políticamente, no acabar con esa persona en singular».
Si consideramos esta analogía válida, y a mí me parece fructífera, la solución al problema trumpista pasa por atajar la enfermedad que le da vida, mucho más que tratar el síntoma. Y el caldo de cultivo es identificable para el caso de Trump: cuatro décadas de concentración patrimonial sin precedentes, salarios estancados, vaciado de la industria, sustitución del salario por la deuda, un capitalismo crecientemente rentista que desplaza riqueza de quien produce a quien posee, y una democracia liberal que ha demostrado sistemáticamente su impotencia —cuando no su connivencia— para enfrentar todo lo anterior. Mientras esas condiciones persistan, habrá demanda de cesarismo, y la oferta irá cambiando, sea Trump, Vance o Abascal.
La política redistributiva, la reindustrialización con criterios ecológicos, la regulación seria del rentismo —especialmente del inmobiliario— y la recuperación de instrumentos democráticos efectivos son las condiciones materiales mínimas para que la próxima crisis no entregue a las mayorías al siguiente hombre o mujer fuerte. El atentado contra Trump, sea cual sea su desenlace judicial, no cambia esa ecuación. La cambia, o no, lo que se haga con el orden económico que ha hecho del cesarismo una opción razonable para millones. De hecho, mientras escribía estas líneas saltaba la siguiente noticia: «casi la mitad de los jóvenes cree que a veces se necesita más mano dura y que un régimen autoritario puede mantener mejor la paz social, aunque se sacrifiquen libertades». En efecto, nosotros tampoco estamos inmunizados frente a un nuevo Trump.
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