ANÁLISIS
La IA impulsa economías de geometría variable: EEUU y China crecen con brechas de desigualdad, en forma de K
La desaforada carrera competitiva por la hegemonía de la IA está reconfigurando las economías de las dos superpotencias hacia modelos más desiguales y trasladando sus variables geométricas de riqueza al resto del planeta. El crecimiento se ha distorsionado, los ciclos de negocios parecen no tener fin, pese a navegar por las turbulentas aguas de la estanflación, los mercados registran cotas de inversión y ganancias históricas bajo intensos episodios de volatilidad y elevados riesgos de correcciones y burbujas especulativas, y las rentabilidades de los bonos revelan rendimientos extraordinarios por el temor a un colapso en los pagos de las deudas soberanas.
EEUU y China muestran en sus coyunturas dos de los botones de muestra más nítidos de este fenómeno, surgido tras la gran pandemia a raíz del ciclo de negocios poscovid que se alumbró con billonarios estímulos fiscales y monetarios. Entonces, emergió la figura en K en los PIB, fruto de unas rúbricas productivas que se encaramaron de inmediato a un tren que aún mantiene una velocidad reducida, aunque de crucero.
El crecimiento (o recuperación) en forma de K ocurre cuando diferentes partes de la economía se mueven en direcciones opuestas después de una crisis. Mientras un grupo de sectores o personas prospera (el brazo superior, ascendente), el otro (el inferior) continúa empeorando.
Pero seis años después de su pistoletazo de salida, la metáfora del crecimiento en K ha adquirido un significado más profundo que la de una recuperación desigual entre sectores y hogares que remontaban el vuelo frente a los que se quedaban rezagados. Porque ha pasado de ser una mera descripción excepcional del inicio del ciclo —por el influjo de los extraordinarios despliegues presupuestarios, con tipos de interés cercanos a cero y programas de compra de deuda, tanto soberana como corporativa, a raudales— a conformar un patrón de comportamiento habitual.
Al menos, en las dos superpotencias. Aunque también, y en menor medida, en Europa. Las tres avanzan a distintos ritmos, pero bajo una resiliencia permanente, en términos agregados, que visibiliza al mismo tiempo unas industrias y empresas capaces de insertar la IA a sus cadenas de valor junto a sectores que no logran espolear su productividad. Precisamente el parámetro al que el algoritmo está llamado a catapultar.
Los expertos hablan de que, a diferencia de ciclos precedentes, el actual, en el que la IA parece haberse erigido en el Santo Grial, está protagonizando un auténtico cambio de paradigma. Con la construcción de nuevas arquitecturas productivas. Igual que ocurriera con la electricidad, el motor de combustión o internet, sus beneficios no se distribuyen de inmediato ni de una manera homogénea, sino que se concentran primero en empresas que exhiben capital, datos, talento y capacidad organizativa para transformar sus procesos. Y solo después, si el entorno institucional lo permite, esas ganancias se propagarían al resto de la economía.
Es la idea que defiende desde hace un lustro Erik Brynjolfsson, director del Digital Economy Lab de Stanford. A su juicio, la IA debe definirse como general purpose technology —una tecnología de propósito general— cuyo impacto real “depende menos de la calidad de los algoritmos que del poder de empresas e instituciones de remodelar por completo sus cadenas de valor”. En sus investigaciones detecta que los primeros estadios de esta revolución tecnológica suelen ampliar las brechas entre compañías líderes y rezagadas. “Mucho antes de que desvelen productividad agregada”, asegura.
La OCDE se une a este diagnóstico. Sus expertos auguran que la IA se convertirá en “el mayor motor de productividad en décadas”. Sin embargo, —advierten— también será un “amplificador” de brechas de eficiencia, rentabilidad e innovación entre empresas, regiones y sectores. El riesgo no reside tanto en que unas empresas “innoven más que otras”, sino que esos diferenciales “se expandan a la totalidad de sus economías”.
EEUU: la K de la productividad
El mayor PIB global (32,3 billones de dólares) sigue creciendo deprisa. Con permiso del español, al ritmo más intenso de las potencias de rentas altas. Pese a los aranceles, la polarización interna, las tensiones geopolíticas, los elevados tipos y la pérdida de fuelle del consumo se mantiene a un ritmo próximo al 2%, por encima del registro de sus socios industrializados, y con un músculo resiliente que sorprende al mercado. Aunque se dejó medio punto entre abril y junio.
Aun así, su senda de dinamismo oculta una transformación de calado. La economía de EEUU se mueve a impulsos. Con sectores que absorben el boom de la IA con presiones inflacionistas aún sin determinar, pero que ejercen de palancas de productividad, sin que, de momento, se pueda avanzar si destruirán o crearán realmente empleo neto. El mercado, en cualquier caso, asume que la agresiva etapa de inversiones en IA aporta cada trimestre 4 décimas al PIB americano.
Los datos de inversión ilustran esa divergencia. El gasto en centros de datos, chips avanzados y computación en la nube, o en software e infraestructuras digitales, repunta a dobles dígitos por el impulso de sus bigtechs. Pero esta devoción sin tregua por la IA contrasta con los reducidos flujos de capital, más prudentes, del resto del sector privado, donde los costes y las madejas normativas castigan su productividad.
Es lo que Brynjolfsson denomina la “curva en J de la IA”, que genera una fase inicial en la que las empresas más avanzadas amplían rápidamente su ventaja competitiva, mientras el resto sigue sin recoger beneficios. A este fenómeno, Michael Feroli, economista jefe de JP Morgan en EEUU, añade otra variable, la elevada crispación interna. La fortaleza de EEUU continúa siendo su poder de transformar innovación en riqueza por la combinación de mercados de capitales profundos, un ecosistema empresarial flexible y la movilidad de su talento. Pero la escalada arancelaria y las restricciones migratorias, junto a los caóticos cambios regulatorios de la versión Trump 2.0 acabarán rebajando el potencial de crecimiento. “Es un escenario que no altera los fundamentos de la economía, pero debilita su hegemonía tecnológica en el mundo”, explica.
En apoyo de su relato, The Economist calcula que la denominada MAGA tax -la combinación de proteccionismo, expulsión de inmigración cualificada e incertidumbre política- restó casi tres cuartos de punto porcentual al PIB americano en 2025. Sin ese lastre, la expansión habría rozado el 3%. O, dicho de modo sarcástico: “La economía más dinámica se auto arroja palos en las ruedas de los molinos que le confieren ventaja competitiva global”.
Austan Goolsbee, presidente de la Reserva Federal de Chicago, avisa que “el verdadero impacto económico de la IA ”no dependerá tanto de cuántos empleos sustituya como de la rapidez con la que eleve la productividad de millones de trabajadores en actividades cotidianas. Si se acelera, EEUU podría protagonizar su mayor fase expansiva desde internet. Pero si se concentra en un reducido número de empresas, el PIB seguirá mostrando forma de K y creando una distribución desigual de riqueza.
La Fed de Nueva York asegura que el consumo se concentra desde 2023 en hogares de ingresos altos, debido a la revalorización de sus carteras de capital. En concreto, los del 1% más rico, que incrementaron sus desembolsos en un 25% en el último trienio y medio. A diferencia del aumento de un dígito del 40% de familias de rentas medias o bajas. Es decir, que la propensión al gasto de los más pudientes es la causante de que la inflación se sitúe en el 3,5% y dificulte cualquier rebaja de tipos de la Fed.
Wall Street, alertan desde Axios, se pregunta por interés bursátil, si este debate es real. Samuel Tombs, de Pantheon Macroeconomics, es de los que arroja tierra a esta narrativa al afirmar que la participación del 20% de hogares de ingresos altos en el consumo agregado apenas ha variado durante los últimos 25 años, situándose alrededor del 40%.
China y Europa, dos fórmulas de K
China simboliza una variante probablemente más compleja. También crece en K, aunque por un dilema sumamente complejo de superar. El gigante asiático navega entre dos aguas: una oferta industrial extraordinariamente dinámica y una demanda doméstica incapaz de seguir el mismo ritmo. El segundo PIB global (20,8 billones de dólares) sorprende por la intensidad de su aparato manufacturero y su rampante liderazgo en IA, robótica, semiconductores, vehículos eléctricos o baterías. Sin embargo, ese éxito industrial convive con unos hogares que continúan ahorrando más de lo que consumen, un mercado inmobiliario desestabilizado y una inversión privada que se mantiene en cautela.
Varias cifras ilustran esa fractura. Mientras la producción industrial crece en torno al 6% anual y las exportaciones registran tasas de dos dígitos por el ciclo mundial de inversión en IA, las ventas minoristas apenas aumentan alrededor del 2%, uno de los peores datos desde la Gran Pandemia. El PIB remontó un 4,3% entre abril y junio, el peor repunte en tres años.
Xiangrong Yu, economista para China de Citigroup, considera que “las divergencias en forma de K se amplían”. Su diagnóstico apunta a la estrategia de los últimos planes quinquenales de Pekín, especialmente vigilados por Xi Jinping que, en el último lustro, ha reorientado recursos públicos y privados hacia sectores estratégicos. Entre ellos, la IA, la robótica, la computación avanzada, las energías limpias o los semiconductores. Con objeto de corregir la dependencia tecnológica del exterior y consolidar la autosuficiencia industrial.
Esta reconversión ha arrojado leña a la productividad, a pesar de que la sociedad ha reducido su generación de renta disponible. Más eficiencia manufacturera, pero menos eficacia consumista.
Frederic Neumann, de HSBC, enfatiza que “la debilidad del gasto familiar no puede interpretarse ya como un daño temporal del interminable ajuste inmobiliario; es un colapso estructural del patrón de crecimiento chino”. Algo que suscribe Robin Xing, de Morgan Stanley, para quien la fortaleza de las exportaciones reduce la urgencia política de desplegar nuevos estímulos fiscales o monetarios a gran escala y perpetúa la anemia del consumo y, con él, el peligro deflacionista.
Europa también dibuja un escenario similar, aunque con una K difusa por sus complejos en torno a la IA. Es la crítica que trasladó hace dos años Mario Draghi al estamento comunitario. Para el salvador del euro, el vencedor de la carrera competitiva global “será la potencia que inyecte sus ganancias de productividad a su tejido productivo”, que creció un 1,2% en el segundo trimestre en el conjunto del mercado interior, 2 décimas por encima del repunte de su espacio monetario.
La geometría variable de la UE (con un PIB conjunto de 23 billones que desciende hasta los 19,4 entre los socios del euro) se vislumbra en el distanciamiento entre una élite empresarial capaz de absorber rápidamente la IA y un inmenso tejido de pymes cuya transformación digital avanza con lentitud. Draghi alerta de que Europa escala demasiado despacio a la cumbre tecnológica y Philip Lane, economista jefe del BCE, de que solo logrará avanzar en la carrera competitiva de la IA si rompe con sus “trabas regulatorias y burocráticas” y expande la economía del algoritmo más allá de sus multinacionales tecnológicas, hasta sus pymes y sectores rezagados. Mientras Enrico Letta, el otro ex primer ministro italiano al que Bruselas le encargó un informa para sacar a Europa de su letargo, se afana en reclamar “más capitales dirigidos a la digitalización, redes computacionales y energéticas y financiación empresarial”, porque “la revolución tecnológica corre el riesgo de confinarse en una parte relativamente reducida de la economía continental”.