ANÁLISIS
Por qué el modelo alemán ha dejado de funcionar
El Consejo de Administración de Volkswagen debatirá esta semana el anunciado despido de 100.000 trabajadores en todo el mundo, junto con el cierre de hasta cuatro plantas de fabricación de vehículos en Alemania (tres de Volkswagen y una de Audi). Se trata de un nuevo episodio de la profunda reestructuración que atraviesa la industria alemana tras varios años de estancamiento económico.
Aunque el canciller conservador Merz atribuye esta situación a la burocracia y a la supuesta generosidad del Estado del bienestar, la crisis alemana no puede entenderse sin la creciente competencia internacional, especialmente la procedente de China. Más aún, constituye uno de los síntomas más visibles del cambio que está experimentando la división internacional del trabajo.
Hay que recordar que la división internacional del trabajo es una noción que representa la forma en la que se “ordena” la economía-mundo, y nunca es estática: expresa una jerarquía productiva donde algunos países concentran las actividades tecnológicamente más complejas y otros quedan especializados en tareas de menor valor añadido. Ello tiene implicaciones de desigualdad económica y ecológica, pero lo relevante aquí es que esa jerarquía está cambiando. El ascenso industrial de China y el giro proteccionista de Estados Unidos están erosionando el modelo exportador que convirtió a Alemania en la gran potencia económica europea.
Estamos hablando de un problema no solo alemán, sino también europeo. Las actuales instituciones europeas y su integración económica no pueden entenderse sin el papel central que han jugado históricamente tanto Francia como Alemania, especialmente esta última desde la reunificación. En efecto, desde los años noventa Alemania ha sido la potencia económica indiscutible de Europa, cuya influencia sobre las demás es visible en el espíritu ordoliberal —un neoliberalismo mercantilista— que domina una institución como el Banco Central Europeo y las normas y regulaciones europeas. Durante la crisis de 2008-2010 y la crisis del euro posterior los países mediterráneos sufrimos en gran medida las consecuencias de esta visión económica conservadora, profundamente arraigada en el imaginario económico alemán. Aquellos fueron unos años en los que la economía alemana parecía ser la única capaz de resistir a la crisis económica, convirtiendo a su canciller Merkel y su modelo económico en referencia canónica de lo que aparentemente sí “funcionaba”.
Sin embargo, uno de los síntomas más visibles del deterioro actual del modelo alemán es la pérdida de dinamismo económico. Mientras España ha registrado un mayor crecimiento del PIB durante buena parte de las últimas décadas, Alemania lleva varios años en recesión. Tanto es así que, tras la recuperación económica de 2015, España ha crecido prácticamente todos los años más que Alemania. Debemos precisar que eso no ha hecho similares a ambas economías, puesto que la española parte de un nivel sustancialmente inferior. Como se puede comprobar en el siguiente gráfico, el PIB per cápita de España es todavía un 80% del alemán (en paridad de poder adquisitivo).
La situación actual resulta paradójica porque, como he mencionado, el modelo alemán se ha presentado habitualmente como un caso de éxito. Por un lado, la industria alemana es la más poderosa de toda Europa y está concentrada en sectores de alta intensidad tecnológica. Por otro lado, el crecimiento económico se ha basado en una fuerte orientación hacia las exportaciones de esos bienes industriales (significativamente automóviles, pero también maquinaria, biotecnología y otros productos de alto valor añadido).
Las cadenas de valor globales organizadas por las empresas alemanas se han estructurado siguiendo esa lógica, con filiales en países como España que se dedican al ensamblado y otros segmentos de menor valor mientras las sedes centrales en Alemania mantenían los segmentos más valiosos y los mayores beneficios. La expansión hacia el este de esas cadenas de valor globales, aprovechando la cercanía geográfica, pero sobre todo una mano de obra más barata, ha moldeado la economía europea durante las dos últimas décadas. La ampliación de la Unión Europea hacia el este está estrechamente relacionada con esta nueva funcionalidad asignada a las economías post-soviéticas.
Esa especialización convirtió a Alemania en una economía extraordinariamente dependiente de la demanda externa. Mientras el comercio internacional crecía y sus principales mercados mantenían su dinamismo, el modelo funcionó. Pero esa misma dependencia la hace especialmente vulnerable cuando cambian las condiciones de la competencia internacional, y eso es lo que estamos viendo.
En efecto, este orden de las cosas ha funcionado mientras Alemania no tenía rival económico en sus sectores dominantes, y mientras podía aprovecharse de la mano de obra y de los recursos naturales baratos que extraía de otros países. Los combustibles fósiles rusos han sido un soporte tan importante como la deslocalización de segmentos industriales a fin de maximizar las ganancias. La incorporación de China a la economía mundial en 2001 no solo permitió a las empresas alemanas externalizar su producción a lugares más “baratos”, sino también ampliar sus mercados de venta, ya que una economía en vías de industrialización como la china requería grandes cantidades de maquinaria y otro tipo de productos en los que Alemania dominaba su producción.
Mientras eso sucedía, China se dedicaba a la producción y exportación de productos de bajo valor añadido, tales como juguetes, textiles, muebles o electrónica básica, todos los cuales no competían seriamente con la producción alemana. Era, aparentemente, un win-win tanto para Alemania como para China.
El problema alemán ha llegado cuando China ha comenzado a destacarse como productora de productos de alto valor añadido, como los vehículos eléctricos, tecnologías de transición energética y productos químicos y farmacéuticos que ahora sí compiten con los alemanes. Durante dos décadas China aprovechó las rentas generadas por su rápido proceso de industrialización y expansión exportadora para financiar una gigantesca política industrial, invertir en capacidades tecnológicas y ascender progresivamente hacia los segmentos de mayor valor añadido. Además, las circunstancias específicas de la producción china, con un Estado planificando la política industrial y respaldando a sus empresas privadas y públicas, y con economías de escala enormes, ha dotado de una ventaja considerable a los productos chinos. Por si fuera poco, China no solo está impulsando su economía hacia la producción de alta tecnología, sino que además busca controlar toda la cadena de suministros: desde los minerales críticos hasta los suministros intermedios.
La estrategia china aspira a conseguir un grado alto de autosuficiencia, lo que le ha hecho reducir su dependencia de las importaciones que antes procedían de, entre otros, Alemania. Para empeorar la situación, el gobierno de Estados Unidos, que sufre la misma competencia desde China, ha impuesto aranceles del 15% a la producción europea y, por ende, ha estrechado también ese mercado (que en el año 2024 era el destino del 11% de las exportaciones alemanas).
Los indicadores de producción industrial alemana no dejan lugar a dudas. Como puede verse en el siguiente gráfico, desde 2018 la producción industrial está sufriendo una caída sostenida y acumula ya un 14% de caída. La demanda externa que sostenía su modelo de crecimiento se ha venido abajo —con China y Estados Unidos destacadamente— y nada indica que esa tendencia vaya a revertirse.
Todos estos acontecimientos se están desplegando muy rápidamente en términos históricos, y provocan preguntas inquietantes que rara vez son motivo de discusión política: ¿qué impacto tiene esta transformación en las economías del resto de Europa, especialmente aquellas íntimamente conectadas con la alemana como es el caso de las de los países del Este? ¿Qué tipo de consecuencias desatará una reacción mercantilista, del tipo estadounidense, por parte de la Unión Europea? ¿Cómo impacta en las trayectorias de transición energética el hecho de que la mayoría de la producción de infraestructuras renovables proceda de China? ¿Qué efectos sociopolíticos implica que una región como Europa, que fue el centro del sistema-mundo, sea “descendida” en la nueva división internacional del trabajo? ¿Está el ascenso de la extrema derecha en Alemania relacionado con esta crisis económica del modelo de exportación y esa sensación de downgrading político y económico?
En el fondo, este caso nos permite recordar que el sistema económico capitalista es una institución en la que todos compiten contra todos, y que hay aspectos en los que las reglas funcionan como un juego de suma cero. No es solo una cuestión de límites ecológicos, sobre los que insisto recurrentemente, sino también de que no todos los países pueden ser exportadores netos. Las exportaciones de unos países son las importaciones de otros, de manera que la exaltación de un modelo basado en exportar más de lo que se importa —Alemania, China— se sostiene únicamente a costa de una feroz competencia y de la existencia de otros países que importen más de lo que exportan.
Sin embargo, en Europa durante muchos años se nos ha intentado hacer creer que el modelo de crecimiento alemán era la referencia indiscutible, el espejo donde mirarse para hacer las cosas bien. Y ese modelo está en crisis porque ahora hay competidores aún más feroces y competentes, de modo que en la nueva división internacional del trabajo, con el ascenso de China y el intento neomercantilista de defenderse por parte de Estados Unidos, Alemania ha quedado atrapada en las viejas inercias.
Todo esto es uno de los síntomas más visibles de que la arquitectura económica que organizó Europa durante las últimas tres décadas está dejando de existir. Comprender esa transformación y ser capaz de abordarla será una de las tareas intelectuales y políticas más importantes de los próximos años.