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ANÁLISIS

La tregua busca alterar las reglas del juego en Oriente Próximo, pero no resuelve los riesgos económicos

19 de junio de 2026 21:33 h

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El acuerdo de paz sigue en el alero. EEUU, Irán y el país anfitrión (Suiza) admitieron la suspensión de la rúbrica en la estación invernal alpina de Bürgenstock y volvieron a situar en un limbo el enésimo intento de acabar con más de cien días de conflicto armado que ha sobrepasado los 100 días. En este caso, sobre la campana. Con Donald Trump a un paso de territorio helvético y rodeado de sus homólogos del G-7, el pacto, larvado tras unas arduas negociaciones, parecía el epitafio definitivo. Tanto, que se le había colgado el cartel de “consenso de la gran transacción”, porque sus 14 preceptos giraban en torno a la idea de intercambiar seguridad por prosperidad.

En una primera lectura, los observadores internacionales convinieron en precisar que había en el tratado un leit motiv que hilvanaba las narrativas discrepantes de Washington y Teherán sobre tres pilares. Por un lado, la estabilidad regional; por otro, los límites al programa nuclear iraní y, finalmente, la reinserción económica del régimen chií en los mercados exteriores.

Pero lo que inicialmente parecía la entente cordiale más ambiciosa entre ambos países desde 1979 se convirtió, incluso antes de su firma, a medida que se conocían los detalles, en un océano de suspicacias.

El memorando diseña una hoja de ruta de 60 días para convertir el alto el fuego en un marco de conveniencia geoestratégica. Con un objetivo prioritario, la desmilitarización del área, y una misión casi imposible, la ampliación de una tregua permanente a escenarios como el del Líbano, estado al que, a instancias de Teherán, recibía un compromiso de defensa hacia su soberanía sin contar con el beneplácito de Israel. Aunque el alto el fuego entre el gobierno de Benjamin Netanyahu y Hizbulá, según ha declarado un alto cargo estadounidense a varios medios, podría facilitar las cosas.

No es la única gran laguna diplomática de un acuerdo sujeto aún a una negociación posterior. Las incógnitas sobre si restablecerá el comercio, las inversiones y los negocios energéticos continúan sin despejarse. EEUU enfatizó que levantará el bloqueo sobre Ormuz e Irán que garantizará la plena reapertura marítima entre el Golfo Pérsico y el Mar de Omán. Algo ineludible para devolver el tránsito naval a esta pasarela por la que fluye casi la quinta parte del petróleo mundial y generar una mínima previsibilidad a una arteria marítima trascendental.

Sin embargo, la seguridad física de la navegación y las inciertas reglas del juego que deben regir el flujo naval --probablemente los dos factores que más preocupan a navieras, aseguradoras y operadores energéticos— siguen instaladas en un limbo geopolítico. Con independencia de la firma del pacto.

Tampoco la cuestión nuclear iraní arroja luz. Más bien, al contrario. Estrepitosamente, la paz se ha firmado antes de la resolución del asunto más espinoso para la delegación estadounidense. Y eso aduce la Casa Blanca para cancelar la rúbrica. El texto deja constancia del compromiso de Teherán de renunciar a las armas atómicas, congelar sine die su programa nuclear si se cumple lo pactado y de abordar en un futuro el uso --o cancelación, si el itinerario lleva a buen puerto-- de sus reservas de uranio enriquecido. Todo ello, supeditado a su formalización con supervisión y certificación internacional.

Pero también hay un tercer punto de colisión en las contrapartidas económicas reclamadas por Teherán. Una claudicación a los ojos del ala conservadora del partido republicano. Washington ha aceptado levantar progresivamente sus sanciones a Teherán, desbloquear los activos iraníes congelados y facilitar sus exportaciones de crudo. Además de dotar a Irán de ayudas financieras para su reconstrucción por valor de, al menos, 300.000 millones de dólares. Medida que obligó a Trump a circunscribir esta inyección al ámbito privado y a la involucración de los emiratos del Golfo.

Pero ¿resultan creíbles los buenos augurios iniciales? O, por el contrario, el tradicional avispero de Oriente Próximo desenterrará de nuevo el hacha de guerra. La ausencia de firma no anticipa una tregua precisamente duradera.

1.- La diplomacia del cheque. Reconstrucción económica a cambio de contención nuclear. Esta es la receta que se formuló en las negociaciones desde la delegación iraní y que se sustituiría las multas coercitivas por incentivos financieros. En busca de que el otrora corrupto y cruel régimen de los ayatolás retorne al capital internacional, recabe inversiones foráneas y obtenga alivio para sus arcas estatales. Todo, si abandona sus ambiciones atómicas en el terreno militar. Objetivo que la Casa Blanca no se creyó de camino a Suiza.  

Los expertos tampoco atisbaban la obligada seguridad jurídica que debe rodear a estos planes de despliegue de capitales. Brian Katulis, del Middle East Institute, dice que esta condicionalidad brilla por su ausencia y que resta eficacia a los mecanismos financieros que se aplicarían en las tareas de rehabilitación de Irán.

A ello se unía el coste político interno de este punto del acuerdo. La medida cogió al Grand Old Party (GOP) con el pie cambiado. Pero la reacción de su ala más conservadora fue feroz. Lindsey Graham, senador desde 2003 y aliado del difunto John McCain, comparó la propuesta con un “Plan Marshall para Alemania con los nazis todavía en el poder”. Pero también dejó traslucir una gran reticencia exterior: la falta total de empatía de los emiratos pérsicos con una letra pequeña del pacto que apuntaba, sin citarlos, a la implantación de vehículos de financiación provistos por el capital privado o fondos procedentes de los petroestados del Golfo.

Pero el respaldo de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU) no es peccata minuta. Sobre todo, después de que Irán haya atacado, directamente --en esta contienda bélica-- o de forma velada --patrocinando supuestos actos terroristas--, plantas energéticas y cadenas logísticas. E Israel no se sumará con Benjamin Netanyahu a una iniciativa así, alertaban varias cancillerías occidentales.

Este giro dialéctico asustó tanto a Trump que se apresuró a señalar que no dará “ni 10 centavos” a ese hipotético Plan Marshall iraní, mientras su número dos, JD Vance, añadía dudas, tan solo unas horas antes de anunciar la cancelación de la firma del pacto, y explicar que la propuesta se ceñía a empresas y fondos de inversión interesados en el petróleo iraní tras el levantamiento de sanciones. Y que, en cualquier caso, está supeditado a la certificación del final del sueño nuclear del régimen de los ayatolás. De nuevo, el argumento del desencuentro final.

Ali Vaez, director del programa sobre Irán en International Crisis Group, cree, sin embargo, que la idea de este fideicomiso financiero, puesto en tela de juicio, convertiría a la reconstrucción del estado persa en el epicentro de una arquitectura de paz en Oriente Próximo. Postura con un planteamiento inteligente a largo plazo. “La fumata bianca busca convertir avales y créditos en garantías de seguridad regional” siguiendo una lógica que podría ser provechosa, la de “sustituir la presión militar por un aperturismo en los negocios con vigilancia nuclear y bajo un clima de estabilidad capaz de sostener una paz duradera”.

2.- Ormuz, la llave que sella la caja de los truenos. La reapertura del estrecho no impedirá que el petróleo siga cotizando al riesgo. Al menos, durante semanas. El precio del oro negro virará a la baja, porque la oferta supera con creces la demanda de barriles y gas licuado. Pero lo hará al ralentí. Entre otras razones, porque la prima de riesgo geopolítico y las pólizas de seguros del transporte marítimo se mantendrán en todos los contratos mercantiles. Con o sin acuerdo. El retorno a los 60 dólares no será inmediato, pronostican los analistas.

El memorando contempla la restauración del tráfico en 30 días. Sin embargo, su normalización será lenta. Antes será necesario despejar minas, reincorporar petroleros a las rutas del Golfo y recuperar la capacidad de refino. Además de restaurar la confianza de aseguradoras y agentes que intervienen en la operativa marítima y designar a la entidad gestora de Ormuz. Irán se ha apresurado a advertir que podría imponer peajes a buques y controles sobre el tráfico marítimo. Aunque la guerra concluya, el mercado seguirá descontando el temor a nuevas interrupciones.

Jorge León, vicepresidente de Análisis Geopolítico en la consultora Rystad Energy, estima que la incertidumbre sobre “la estabilidad futura del estrecho podría mantener una prima geopolítica de hasta 10 dólares por barril durante un periodo prolongado”. Desde S&P lo expresan de otra manera. Algo más optimista, pero tampoco exenta de peligros: “el acuerdo elimina el riesgo de colapso energético, aunque no devuelve al mercado al mundo anterior a la guerra. La reapertura de Ormuz reduce la escasez física de petróleo sin que se suprima el sobrecoste geopolítico, que aún perdurará meses.”

Para Morgan Stanley, el crudo registrará un déficit notable de oferta durante el tercer trimestre, lo que mantendrá la presión alcista sobre los precios, pese a la tregua. En gran medida, porque “muchos compradores seguirán actuando con cautela, dado que la reapertura formal de Ormuz no equivale a una restauración plena de la confianza comercial”, explica Tom Reed, director en Argus Media.

3.- La nueva asimetría del comercio. Fragmentación, cuellos de botella logísticos y resiliencia en las cadenas de valor. Durante las semanas de hostilidades, compañías industriales, navieras y operadores de transporte han rediseñado sus modelos productivos. También los estados, con la construcción urgente de carreteras transpeninsulares, puertos alternativos y vías ferroviarias. Con Arabia Saudí, EAU y Omán como protagonistas.

La reapertura de Ormuz recuperaría rutas convencionales, pero se acelerarían las alternativas logísticas surgidas en los 100 primeros días de conflicto. Peter Sand, estratega de la plataforma de transporte marítimo Xeneta, sostiene que la reanudación del tráfico naval por el estrecho ya no será igual. A su juicio, “la fragilidad geopolítica regional ha quedado incorporada de forma permanente a la planificación logística mundial” y el sector privado exigirá tránsitos fiables.

El alto el fuego preveía negociaciones entre Irán, Omán y otros Estados del Golfo sobre la futura “administración y servicios marítimos” de Ormuz, lo que ha activado las alarmas de las navieras ante la posibilidad de introducir aranceles similares a los del Estrecho de Malaca. Philip Belcher, director marítimo de Intertanko, alerta de que el chokepoint del Pérsico “debe permanecer libre de cargos”. En parecidos términos se manifiesta John Stawpert, de la International Chamber of Shipping, que cuestiona la creación de gravámenes por “servicios mercantes” en una zona donde nunca habían existido. Según datos analizados por el Financial Times y Kpler, más de 550 buques continúan bloqueados en el Golfo, incluidos unos 200 petroleros.

Este escenario dibuja un póker geopolítico en el que nadie puede proclamarse triunfador de la guerra, pero que pide “nuevas cartas de juego”. Es la tesis de Michael Froman, presidente del Council on Foreign Relations (CFR), para quien el conflicto en Oriente Próximo “demuestra los límites del poder militar en el siglo XXI” y plantea una cruda realidad, la de que destruir las capacidades del enemigo puede resultar relativamente sencillo, pero convertir esa superioridad en ventajas políticas duraderas “es mucho más difícil de conseguir”. En su opinión, el acuerdo “evita una derrota para todos, pero impide cantar una victoria plena a alguna de las partes”.