El World Economic Forum (WEF) es la organización que gestiona los encuentros entre líderes globales –políticos, económicos, empresariales y sociales– de Davos desde su puesta en escena, en 1971, tras la firma de su acta de nacimiento en la ciudad suiza de Ginebra. Eran los tiempos en los que la Guerra Fría dividió al planeta, los años del avispero militar estadounidense en Vietnam y de la antesala de la crisis petrolífera. Entonces el WEF, constituida como fundación sin ánimo de lucro “independiente, imparcial y no ligada a intereses concretos”, alumbró la “teoría stakeholder” del profesor alemán Klaus Schwab, auténtica alma mater de Davos desde entonces, que sostiene la necesidad de que las empresas interactúen con cauces permanentes no solo con sus accionistas, sino con un amplio conjunto de grupos de interés.
Schwab abandonó el grupo industrial suizo Escher Wyss para forjar durante más de medio siglo esta arquitectura del capitalismo neoliberal. Desde la emblemática estación invernal suiza. Así nació el Espíritu de Davos como modus operandi del libre mercado en las escarpadas montañas helvéticas. Teóricamente, con unas exigibles dosis de buena praxis empresarial, multilateralismo y reglas de juego asumidas por cualquier agente económico o autoridad política que quisiera ser partícipe de la –todavía entonces– emergente globalización.
Pero esta meticulosa imagen de catedral de la globalización y Meca del capitalismo liberal se ha desconfigurado con la versión Trump 2.0, que ha abierto en canal el orden mundial e impuesto una ideología MAGA que hostiga cualquier manifestación woke, deplora la catástrofe climática, abandona el diálogo diplomático para instaurar negociaciones bilaterales con vetos y amenazas, interfiere en la independencia de los bancos centrales, instaura un clima belicista con renovadas ínfulas armamentísticas o articula recetas proteccionistas y métodos reaccionarios que atentan contra la libertad de tránsito de mercancías, servicios, capitales y personas.
Justo el evangelio apócrifo del que siempre ha renegado Davos. En su 56ª edición, el WEF ya no esconde su crisis de identidad. Por mucho que trate de suturar su herida de muerte con un lema paradójico, Espíritu de diálogo, la acreditación de casi 3.000 participantes –entre ellos, 64 jefes de estado y de gobierno como Donald Trump, Volodímir Zelenski, Javier Milei, Ursula von der Leyen o Pedro Sánchez, dirigentes multilaterales, cerca de 1.700 líderes empresariales de 130 países o decenas de autoridades económicas y monetarias– y un abanico de temas de debate de indudable interés global. Geopolíticos, como Venezuela, Irán o Groenlandia, bursátiles, como la probable burbuja de la IA, comerciales, como la quiebra de la globalización o una hipotética crisis financiera en ciernes.
Estos bloques de asuntos ayudan a comprender la verdadera dimensión de la agitación global que ha creado Trump, que acude presencialmente a Davos en su segundo mandato tras aparecer de manera virtual en 2025, nada más tomar posesión de su cargo. Con un claro chantaje: rebajar el tono woke que, a su juicio, ha presidido el foro en los últimos decenios. De hecho, Martin Wolf enfoca esta obsesión trumpista a Europa. El histórico comentarista jefe del área económica del Financial Times no duda en asociar la declaración de guerra MAGA contra las democracias de la UE. “La Casa Blanca ha dejado de ver a Europa como un socio imperfecto y empieza a retratarla como un espacio moral y político en declive que necesita ser corregido”, alerta.
Es su lectura del viraje en la estrategia de seguridad nacional, en la que –asegura– presenta a sus aliados europeos como arquetipos de la decadencia económica, de la erosión de libertades, con una alarmante pérdida de identidades y derivas democráticas. Pese a elegir a Victor Orban como su gran valedor en el Viejo Continente y a auspiciar a los partidos patrióticos.
1. La geoeconomía y la geopolítica se dan la mano
El Informe Riesgos Globales 2026 del WEF retrata un mundo en permanente estado de mutación y de alto voltaje. Según su encuesta anual –en esta edición, entre 1.300 líderes y expertos–, el orden global está “al borde del precipicio”, y bajo dos amenazas gemelas y latentes: confrontaciones geoeconómicas y conflictos armados. Por si fuera poco, el comercio, antaño amortiguador de tensiones, se ha convertido en un arma geoestratégica de destrucción masiva.
La radiografía de situación del WEF refleja este año un marcado cambio de época. A diferencia de diagnósticos precedentes –centrados en Ucrania, la inflación o la desinformación–, el peligro actual no es un choque aislado, sino una reconfiguración competitiva internacional. Las guerras cibernéticas conviven con sanciones, vetos tecnológicos y represalias comerciales, mientras las políticas exteriores se hacen transaccionales y la economía queda sometida a las estrategias de seguridad nacionales. Pero el informe también capta la ansiedad que provoca el estilo del actual dirigente republicano, proclive –constatan los encuestados– a sacudir a aliados y rivales por igual, y la disposición de China a responder milimétricamente.
Aunque sus sondeos ya anticipaban un deterioro marcado del entorno internacional, en el de 2026 cobran intensidad. A corto plazo, casi la mitad de la muestra prevé “turbulencias” y, a 10 años, esta proporción aumenta. Especialmente, los riesgos económicos: temor a una recesión, a una inflación persistente, o a burbujas financieras que acompase a una fragmentación brusca del comercio mundial. La desinformación (fakenews) destaca como amenaza del próximo bienio, frente a los fenómenos atmosféricos extremos y a la pérdida de biodiversidad que dominan los peligros a un decenio vista.
2. Nuevo parque temático en la estación de Davos
El intento de Peter Brabeck-Letmathede, directivo de Nestlé y sucesor de del sucesor de Shwab –apartado por conducta inapropiada, pero exonerado de responsabilidades penales– de reconducir el rumbo del WEF esconde un cambio de paradigma que obliga a los líderes a debatir asuntos alejados de la geoestrategia que llega de Washington. Hacia cuestiones como las fórmulas de cooperación en un mundo más competitivo y fragmentado, las futuras fuentes del crecimiento con tensiones comerciales e inflacionistas y una inmensa deuda soberana o las inversiones en capital humano para fortalecer la resiliencia socio-laboral de la transformación del empleo por la IA. Desafíos que se combinan con otros dos identificados por el nuevo equipo gestor de Davos: el despliegue responsable y a gran escala de la innovación tecnológica y la búsqueda de la prosperidad respetando los límites del planeta.
La hoja de ruta del WEF es loable. Pero casi utópica. Davos ha sido invadido por una atmósfera en la que primará la seguridad y la geopolítica. Con una creciente confrontación entre potencias y una borrascosa amenaza de que el estancamiento de la economía y la probable explosión de la burbuja bursátil vinculada a la IA hunda la productividad y paralice el flujo del comercio y del capital.
3. Un baño de 'realpolitik'
Otro informe con sello WEF, el Global Cooperation Barometer 2026, publicado junto a la consultora McKinsey, trata de aterrizar estos objetivos en suelo firme. Utiliza 41 indicadores inmersos en cinco pilares para medir el estado de la cooperación internacional y concluye que los tradicionales enfoques del multilateralismo requieren estructuras más flexibles y adaptadas a retos mundiales complejos.
El barómetro deja pautas para avanzar en estos cinco itinerarios. Primero: en comercio y capital, los cauces se mantienen por debajo de los niveles previos a la Gran Pandemia, aunque con un crecimiento más lento y flujos concentrados entre socios alineados. Segundo: en innovación y tecnología, ha repuntado por la colaboración en IA y telecomunicaciones, pese a restricciones entre grandes potencias. El tercer pilar, sobre clima e inversiones verdes, aún muestra vigor, pero aún por debajo de los estándares estipulados en las hojas de ruta de la neutralidad energética. Mientras el de salud y bienestar –cuarto– se mantiene con crecientes presiones sobre la ayuda internacional y el de paz y seguridad –quinto– es el que refleja un mayor descenso.
El informe conviene en señalar que la cooperación global no ha colapsado, pero se reconfigura en torno a alianzas bilaterales o regionales de intereses compartidos, generalmente vinculados a la seguridad económica y geopolítica y contrarias a la globalización y el multilateralismo.
4. Davos ya no marca la agenda
En un sistema multipolar, fragmentado y que desconfía de las élites y del establisment, al WEF solo le queda luchar por no ser irrelevante. Ha dejado de reflejar el centro de gravedad del mundo que ayudó a construir, alertan el FT.
En 2026, el choque geoestratégico empieza a ser sistémico. Es decir, que la inestabilidad deja de ser coyuntural y arraiga en un incierto nuevo orden global en el que los bancos centrales cierran filas –en un hecho inaudito– ante la presión que el trumpismo ejerce sobre la independencia de la Reserva Federal y en defensa de su presidente, Jerome Powell, foco de un episodio de lawfare para dejar a la autoridad monetaria más poderosa del planeta en manos del Tesoro y del equipo MAGA que gobierna la economía estadounidense. Este tipo de episodios de solidaridad se suele reservar para escenarios de crisis financieras. Economista y banqueros que lideran esta protesta enfatizan que la utilización de denuncias legales para condicionar la acción de un banco central es también un aviso a los sucesores de Powell y a cualquiera que contradiga al poder ejecutivo.
La libertad de los flujos de mercancías, atenazada por los aranceles recíprocos, y la injerencia en la soberanía monetaria de los bancos centrales son dos sacrosantos principios neoliberales que Davos debería defender con ahínco. Sin embargo, su plácet a Trump le obliga al voto de silencio. Para no ser identificado como agente woke.
5. Stablecoins frente a divisas digitales oficiales
Otro asunto candente del que probablemente Davos pasará de puntillas. El auge de los stablecoins denominadas en dólares –las divisas de uso corporativo propio y tecnología blockchain que ideó Meta en 2019 con su famosa Libra a la que rebautizó posteriormente como Diem y que ahora, tras la aprobación de la Ley Genius, buscan emular la gran banca de inversión americana– no supone solo innovación financiera. Se trata de instaurar una auténtica estrategia monetaria privatizada. Trump las ve como una fórmula para modernizar pagos transfronterizos y reforzar la demanda global de dólares. No sorprende, pues, que la banca se quiera arrogar el papel de emisores, de facto, del dinero.
Europa trata de reaccionar con un euro digital que preserve este papel supervisor en el BCE en un mundo con cada vez menos dinero en efectivo. Pero el proyecto está atascado. Las entidades bancarias del euro temen costes extremos; al tiempo que la extrema derecha lo denuncia como un instrumento de vigilancia estatal. Toda una paradoja: debilitar el euro digital en nombre de la libertad, dejando el terreno abonado a monedas privadas emitidas por Wall Street y grandes plataformas tecnológicas. Sin control democrático ni mandato público.
6. La renovable danesa Ørsted contra el ejército de 'supermajors' fósiles
Davos reclama antes de inaugurar su cita anual que se cuadripliquen las inversiones en combustibles limpios hasta 2030 para reforzar la seguridad energética. El nuevo mantra para custodiar el mandato de lograr cumplir los objetivos de desarrollo (ODS) de Naciones Unidas. Otro de sus informes previos pone cifras a esta prerrogativa: pasar de los 25.000 millones de dólares actuales a los 100.000 millones a finales de esta década.
Boston Consulting Group (BCG) aporta otra idea, apretar más el acelerador del negocio verde, cuando los costes tecnológicos enfocados a la neutralidad energética han retrocedido más del 90% y el capital anual invertido supera ya los 7,4 billones de dólares. Al tiempo que su gran rival, McKinsey, incide en esta senda y recuerda que los desembolsos acumulados en activos físicos para alcanzar las emisiones netas cero de CO2 en 2050 ya rebasan los 275 billones de dólares.
Pero nada de esto parece sonrojar a Trump, que acaba de sacar a EEUU de 66 instituciones de ámbito internacional vinculadas al combate contra el cambio climático. Como tampoco el fallo de la Corte del Distrito de Columbia de permitir la reanudación inmediata a la renovable danesa Orsted de los parques eólicos offshore suspendidos por orden ejecutiva del líder republicano y que ha servido para que su CEO, Rasmus Errboe, llame a la “resiliencia activa contra la hostilidad política” de Washington. Mensaje al que se han empezado a adherir voces financiaras como la del jefe de JP Morgan, Jamie Dimon.
Aunque las arremetidas trumpistas contra la transición sostenible haya calado entre consejeros y directivos de las supermajors americanas como ExxonMobil o Chevron –la gran beneficiada de la intervención estadounidense en el petróleo venezolano–que acudirán a Daos a respaldar las consignas MAGA de hacer prevalecer la seguridad de suministro frente a los abstractos objetivos climáticos.