Trump convierte a Europa en un enemigo a batir
“Estados Unidos es una potencia, pero se está alejando gradualmente de sus aliados”. Las palabras del presidente francés, Emmanuel Macron, reflejan el espíritu que recorre a Europa tras los últimos zarpazos al orden internacional y a las relaciones con Europa que ha perpetrado Donald Trump. El presidente de los EEUU ha colocado a la Unión Europea en su punto de mira convirtiendo a antiguos aliados en dos bloques enfrentados. Aunque en un primer momento Trump ha focalizado la pugna con Europa en el ámbito comercial, con la imposición de aranceles o en defensa de las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses, su obsesión por hacerse incluso mediante una acción militar con Groenlandia, un territorio perteneciente a Dinamarca, ha roto todas las líneas rojas en las relaciones transatlánticas.
Jan Techau, director de Europa en Eurasia Group, argumenta que “Trump (en un movimiento clásico de dividir y conquistar) ha declarado abiertamente su objetivo de socavar y destruir la UE y ha librado una destructiva guerra comercial con este fin. Washington apoya abiertamente a los movimientos etnonacionalistas iliberales en todo el continente, con el objetivo de socavar las instituciones y políticas democráticas, pluralistas e inclusivas”.
Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca en su segundo mandato, la Unión Europea ha sido uno de sus objetivos a batir. Primero fue la apertura de una guerra comercial unilateral por parte de la Administración estadounidense que terminó en un acuerdo comercial definido como “una humillación para Europa”: Washington imponía un arancel del 15% a la mayoría de importaciones europeas mientras que Bruselas se comprometía a comprar más energía y material militar a EEUU.
Posteriormente, el presidente de los EEUU ha presionado constantemente a la UE para tratar de que las empresas estadounidenses no se vean afectadas por las leyes comunitarias, especialmente en los ámbitos de medioambiente y tecnológico. Trump ha continuado siendo una amenaza para la agenda verde y la regulación tecnológica de la UE en 2026. De poco ha servido que Bruselas haya eliminado la prohibición total de motores de combustión de la UE para 2035 o que se hayan reducido las exigencias medioambientales para las empresas.
“La guerra cultural, principio central de la política exterior”
Heather Hurlburt, investigadora sobre EEUU y las Américas en el think tank Chatham House, añade que “la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de la Administración Trump advirtió sobre el 'borrado de la civilización' en Europa, elevando la guerra cultural de 2025 a un principio central de la política exterior de EEUU”. El presidente de EEUU sigue aprobando medidas contra la UE, desde aranceles a la prohibición de acceder al país a determinados ciudadanos europeos, como forma de presión para tratar de conseguir que las instituciones europeas cambien sus normas y favorezcan a las empresas estadounidenses.
A la vez, Trump se ha mostrado ambivalente ante la invasión de Ucrania por Rusia. Durante su primer año en la Casa Blanca, el presidente estadounidense se ha mostrado mucho más receptivo a los argumentos de Moscú que a los de Kiev. El presidente de EEUU ha dejado de pagar el armamento que mandaba a Ucrania, obligando a los europeos a pagar las necesidades militares del ejército ucraniano. Además, sus movimientos con Vladímir Putin han revelado las maniobras para dejar a la Unión Europea fuera de la mesa de negociación de paz.
Finalmente, la estrategia de Trump en política exterior de saltarse la ley y el derecho internacional invocando su versión de la 'doctrina Monroe', consistente en la dominación del hemisferio de Estados Unidos mediante su poder militar, ha dejado a la UE sin capacidad de respuesta. Las instituciones europeas prácticamente han mirado para otro lado como respuesta al secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro por tropas estadounidenses o con las amenazas a los gobiernos de Cuba, Colombia y México si no se someten a EEUU.
Rosa Balfour, directora de Carnegie Europe, ha señalado que “el Secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, ve el hemisferio occidental como un espacio para la acción legítima de EEUU sin importar el derecho internacional. Esto refleja una visión de esferas de influencia en la geopolítica, en la que las grandes potencias afirman el control y permiten el revisionismo territorial en sus respectivos vecindarios: Rusia en Europa del Este, China sobre el Mar de China Meridional y los Estados Unidos en el hemisferio occidental”.
La gota que ha colmado el vaso han sido las amenazas de Trump de tomar Groenlandia, un gigantesco territorio ártico controlado por Dinamarca, estratégicamente importante y rico en minerales críticos y tierras raras. La Unión Europea lanzó un tímido mensaje en defensa del derecho internacional y el multilateralismo, es decir, “el compromiso ya familiar entre tratar de evitar la ira del presidente estadounidense y repetir la lista habitual de principios. Es la historia en pocas palabras de cómo Europa manejó la segunda Administración de Trump en 2025”, como ha recalcado la directora de Carnegie Europe.
Trump ha admitido en una entrevista con The New York Times que “no necesita el derecho internacional”. El presidente de EEUU ha asegurado que “mi propia moralidad, mi propia mente” es la única limitación a su poder: “Es lo único que puede detenerme”.
En este sentido es un alumno aventajado de Vladímir Putin. Daniel Drezner, profesor de política internacional en la Fletcher School de la Universidad de Tufts, explica en Financial Times que una norma que se preservó hasta la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014 fue “que no se podían cambiar las fronteras mediante el uso de la fuerza”. Aunque en la historia ha habido excepciones descritas como la hipocresía del orden liberal basado en reglas, para Drezner el problema es que “ahora estamos en el punto en que las excepciones están aplastando la regla”.
En una retahíla de declaraciones de diferentes responsables de la Casa Blanca se llegó a señalar que no se descartaba la utilización de la fuerza para controlar el territorio danés, a la vez que anunció su disposición a comprar Groenlandia. Además de poner en duda que los europeos respondieran en caso de que EEUU necesitara su apoyo militar. La Administración Trump ha olvidado que la única vez que se ha invocado el artículo 5 de la OTAN (un ataque armado contra un miembro de la Alianza se considerará un ataque contra todos sus miembros y desencadenará una obligación para que cada miembro brinde su asistencia) fue tras el ataque que sufrió EEUU el 11 de septiembre de 2001, que recibió el respaldo de los socios europeos.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha tratado de calmar las aguas recordando que EEUU y Dinamarca son aliados de la OTAN y que Estados Unidos ya tenía acceso a Groenlandia a través de un acuerdo de defensa existente. Frederiksen advirtió que si Trump ordenaba la invasión de Groenlandia supondría un ataque contra Dinamarca que “acabaría con la OTAN”.
Hasta ahora no se había planteado que pudiera haber un conflicto militar entre dos países pertenecientes a la Alianza Atlántica, pero el nuevo orden geopolítico que está imponiendo Trump abre nuevos escenarios. Por este motivo, Marion Messmer, directora del Programa de Seguridad Internacional de Chatham House, plantea que “los países europeos necesitan pensar seriamente en cómo sería la OTAN sin Estados Unidos y acelerar las inversiones en aquellas capacidades donde Estados Unidos sigue siendo más fuerte, como las redes de mando y control y la supresión de la defensa aérea enemiga.
“Europa no puede confiar en los Estados Unidos”
Desde luego, tras las amenazas de Trump las relaciones ya no pueden ser igual. Nathalie Tocci, directora del Istituto Affari Internazionali, señala que “Europa claramente no puede confiar en los Estados Unidos bajo el mandato del presidente Donald Trump. Bruselas no debería confiar en el país mientras esté liderado por cualquier representante del movimiento Make America Great Again (MAGA), incluso después de que termine la administración actual”.
“Las ambiciones imperiales de Trump en el hemisferio occidental han quedado claramente evidenciadas tras derrocar al líder autoritario de Venezuela, Nicolás Maduro, las amenazas contra otros países latinoamericanos, así como sus comentarios cada vez más agresivos sobre Groenlandia. Su desdén por las alianzas también es bien conocido: muestra poco respeto por la OTAN y su principio fundacional de defensa colectiva. Su simpatía y admiración por Rusia y su presidente Vladímir Putin —el adversario de Europa— también son evidentes, demostradas por su apoyo sin vergüenza a Moscú en su guerra imperial contra Ucrania. Hay un desprecio aún más agudo por la UE, que Trump cree que fue fundada con el propósito de 'fastidiar' a los Estados Unidos. De hecho, una Europa unida e integrada no puede ser sometida tan fácilmente como una colección de países divididos”, argumenta Tocci.
¿Hasta cuándo va a presionar Trump a la Unión Europea? Hurlburt, del think tank Chatham House, subraya que “habrá un flujo constante de desafíos, ya que la administración Trump busca consolidar las ganancias y entusiasmar a sus bases antes de las elecciones midterm”. Estos comicios tienen como fecha el 3 de noviembre de 2026, donde se eligen los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado de EEUU. La gestión de Trump no llega al aprobado en las últimas encuestas, con tan solo entre un 39% y un 42% de los encuestados respaldando la actuación del presidente de EEUU.
“Los aliados, no solo los atlánticos, deben entender que en cuestiones económicas y culturales no pueden distanciarse de la política interna de EEUU. Mientras que muchos enmarcaron 2025 como el año en que Estados Unidos se distanció de sus aliados, los desafíos más difíciles que presenta 2026 probablemente serán la insistencia de Washington en que los países socios se alineen con la política interna de la administración Trump – en la gobernanza tecnológica, los valores, el estado de derecho – y, por supuesto, la soberanía de Groenlandia”, comenta Hurlburt.
“Atlantismo no significa vasallaje”
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una reunión con los embajadores españoles, recriminó la posición de aparente pasividad de las instituciones europeas ante las “amenazas explícitas e implícitas” de Trump sobre Groenlandia. “Esta administración es una administración pro-atlantista. Pero el atlantismo no significa vasallaje, significa el tener una cooperación leal de igual a igual, donde se defina por objetivos comunes, tanto por parte de Norteamérica como por parte de Europa”, resaltó Sánchez.
Los líderes de España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Polonia y Dinamarca defendieron la soberanía de Groenlandia y la seguridad de la región del Ártico ante la amenaza creciente de Estados Unidos. Francia ya ha anunciado que prepara un plan para “tomar represalias, para responder” junto a Alemania y Polonia contra cualquier forma de “intimidación” por parte de Estados Unidos respecto al territorio danés.
El ministro de Exteriores de Francia, Jean-Noel Barrot, resaltó que “en cuestión de meses, la nueva administración estadounidense decidió -- y ese es su derecho -- replantearse los lazos que nos unen” y replanteó la nueva situación: “También es nuestro derecho decir 'no' a un aliado histórico, por muy histórico que sea, cuando su propuesta no es aceptable y cuando debemos decir 'no'”.
Los analistas plantean sobre la mesa varias medidas que podría adoptar la UE como respuesta a EEUU. Desde “negarse a que los barcos estadounidenses puedan repostar en los puertos europeos; exigir altos pagos por la continuación del estacionamiento de tropas estadounidenses en suelo europeo o el cierre de ciertas instalaciones militares”, como señala Messmer, a medidas a más largo plazo como “el desarrollo de un pilar europeo tangible dentro de la OTAN, en el cual las fuerzas europeas asuman la responsabilidad principal de la defensa y disuasión convencional de Europa y operen dentro de la estructura de mando existente de la Alianza”, como propone Tim Haesebrouck, profesor del Instituto de Estudios Internacionales y Europeos de la Universidad de Gante.
Pero en todo caso, el analista del Eurasia Group devuelve la pelota al tejado europeo: “Hay una pregunta aún más urgente para los europeos: ¿Pueden confiar unos en otros? La respuesta histórica ha sido no. Europa siempre ha sido un entorno de baja confianza. La UE no prueba lo contrario. Los europeos solo pudieron construir su maravilloso y sin precedentes proyecto de integración histórica porque los Estados Unidos, al ser la potencia militar dominante del continente, habían eliminado la pregunta más antigua de todas: ¿quién es la potencia hegemónica de Europa? Los europeos deben ahora responder a esa pregunta de una manera que no despierte viejas rivalidades y celos. ¿Podemos evitar caer de nuevo en viejos hábitos? Si no, Europa como concepto político y estructura institucional desaparecerá. En última instancia, la confianza interna es más importante que la confianza en los Estados Unidos”.
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