Venezuela es solo el principio del nuevo orden mundial de Trump
Mientras el horizonte de Venezuela se iluminaba bajo las bombas estadounidenses, observábamos los síntomas de un imperio en decadencia. Puede parecer contradictorio. Después de todo, Estados Unidos ha secuestrado a un líder extranjero y Donald Trump ha anunciado que “gobernará” Venezuela. Es verdad que a primera vista parece más una borrachera de poder que un imperio en decadencia: a primera vista, vemos a una superpotencia eufórica por su propia fuerza.
Pero la gran virtud de Trump, si es que se le puede llamar así, es la franqueza. Presidentes estadounidenses anteriores encubrieron su egoísmo con el lenguaje de la “democracia” y los “derechos humanos”. Trump evita disfrazarlo. En 2023, ya lo dijo: “Cuando terminé mi primer mandato, Venezuela estaba a punto de colapsar. La habríamos tomado, nos habríamos quedado con todo ese petróleo, lo teníamos aquí al lado”. Y no fue un comentario improvisado. Esa lógica de apropiación del petróleo, y muchas otras cosas más, se exponen claramente en la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, publicada recientemente.
El documento reconoce algo que Washington ha negado durante mucho tiempo: que la hegemonía global de EEUU ha terminado. “Tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente de Estados Unidos sobre el mundo entero era lo mejor para nuestro país”, declara con un evidente desprecio. “Pero se acabaron los días en que Estados Unidos dominaba el orden mundial como el titán Atlas”. Ese es el poco ceremonioso epitafio que la Administración Trump escribe en su Estrategia Nacional para el fin de una era de EEUU como superpotencia.
Lo que sustituirá a ese tiempo de dominio absoluto es un mundo de imperios rivales, cada uno con su propia esfera de influencia. Y para Estados Unidos, ese espacio de influencia es el continente americano. “Tras años de abandono”, proclama la estrategia nacional, “Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental”. La doctrina Monroe, formulada a principios del siglo XIX, nació con la intención de bloquear el colonialismo europeo. En la práctica, sentó las bases para la dominación estadounidense sobre América Latina.
La violencia en América Latina patrocinada por Washington no es nueva. Mis padres acogieron a refugiados que habían huido de la dictadura derechista que se impuso en Chile tras el derrocamiento del presidente socialista Salvador Allende en un golpe de Estado respaldado por la CIA. “No veo por qué tenemos que quedarnos de brazos cruzados viendo cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su gente”, declaró el entonces secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger. Una lógica similar justificaba el apoyo estadounidense a regímenes asesinos en Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia, así como en Centroamérica y el Caribe.
Pero en las últimas tres décadas, ese dominio ha sido cuestionado. La llamada “marea roja” de gobiernos progresistas, encabezada por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, buscó consolidar una mayor independencia regional. Y en ese contexto, China, principal rival de Estados Unidos, ha ganado poder en todo el continente. El comercio bilateral de bienes entre China y América Latina fue 259 veces mayor en 2023 que en 1990. China es ahora el segundo socio comercial más importante del continente, solo superado por Estados Unidos. Al final de la Guerra Fría, ni siquiera figuraba entre los 10 principales. El ataque de Trump a Venezuela es solo el primer paso en un intento por revertir esta situación.
La experiencia del primer mandato de Trump había llevado a muchos a concluir que su papel como ‘hombre fuerte’ en la Casa Blanca era pura fanfarronería. En aquel mandato, Trump llegó a un acuerdo con la élite republicana tradicional: poner en marcha recortes de impuestos y desregular, a cambio de desahogarse sin parar en redes sociales. El segundo mandato de Trump es, sin embargo, un régimen de extrema derecha en toda regla.
Cuando amenaza a los presidentes democráticamente electos de Colombia y México, debemos creerle. Cuando declara, con un entusiasmo apenas disimulado, que “Cuba está a punto de caer”, debemos creerle. Y cuando afirma “necesitamos Groenlandia, sin duda”, debemos creerle. Realmente pretende anexionarse más de dos millones de kilómetros cuadrados de territorio europeo.
¿Y qué pasará cuando Groenlandia sea absorbida por el imperio trumpiano? Trump ya ha tomado nota de la lamentable respuesta europea a su ataque descaradamente ilegal contra Venezuela. Pero una confiscación estadounidense de territorio soberano danés supondría, sin duda, el fin de la OTAN, que tiene como fundamento el principio de defensa colectiva. Un territorio de Dinamarca sería robado por EEUU con la misma crudeza con la que Rusia ha devorado parte de Ucrania. Más allá de los discursos que pudieran salir de Londres, París o Berlín, la alianza occidental estaría acabada.
Cuando la Unión Soviética se derrumbó, las élites estadounidenses se convencieron de que eran invencibles militarmente y de que su modelo económico suponía el culmen del desarrollo humano. Esa arrogancia condujo directamente a la catástrofe en Irak, Afganistán y Libia, y al colapso financiero de 2008. Las élites estadounidenses prometieron sueños utópicos a esos pueblos y luego los arrastraron a un desastre tras otro. Internamente, el propio trumpismo surgió de la enorme desilusión resultante. Pero la respuesta trumpista del “América Primero” (America First) al declive estadounidense es sustituir el dominio global por un imperio hemisférico.
¿Qué le queda, por tanto, a Estados Unidos? Cuando Estados Unidos derrotó a España a finales del siglo XIX y se apoderó de Filipinas, importantes dignatarios fundaron la Liga Antiimperialista Americana. “Sostenemos que la política conocida como imperialismo es hostil a la libertad y tiende al militarismo”, declararon, “un mal del que gloriosamente hemos evitado”.
“Ninguna nación puede soportar por mucho tiempo ser mitad república y mitad imperio”, dijo el Partido Demócrata en las elecciones presidenciales de 1900, “y advertimos al pueblo estadounidense que el imperialismo en el exterior conducirá rápida e inevitablemente al despotismo en el país”. Finalmente, un imperio informal acabó reemplazando al colonialismo directo, y la democracia estadounidense, siempre profundamente defectuosa, perduró.
Viendo lo que está pasando, ¿quién podría decir ahora que esas advertencias eran una exageración? Lo que pasa en el extranjero es inseparable de lo que sucede en casa. Es el “bumerán” imperial, como lo definió el autor martiniqués Aimé Césaire al analizar cómo el colonialismo europeo volvió al continente en forma de fascismo.
Ya hemos visto cómo el “bumerán” de la “guerra contra el terrorismo” ha regresado a su país de origen: su lenguaje y su lógica han sido reutilizados en EEUU para la represión interna. “El Partido Demócrata no es un partido político”, llegó a decir este verano Stephen Miller, uno de los más destacados miembros del equipo de Trump en la Casa Blanca. “Es una organización extremista nacional”. Las tropas de la Guardia Nacional son enviadas a ciudades gobernadas por los demócratas como fuerzas de ocupación, evocando las acciones militares en Afganistán o Irak.
En este contexto, la tolerancia de Trump frente a las ambiciones rusas en Ucrania no es ningún misterio. Según diversas informaciones, en 2019, Rusia se propuso ofrecer a EEUU una mayor influencia en Venezuela a cambio de que Washington se retirara de Ucrania. Quién sabe si ese acuerdo se ha concretado ahora.
Lo que sí es cierto es que está naciendo un nuevo orden mundial. Un nuevo orden en el que potencias cada vez más autoritarias utilizan la fuerza bruta para someter a sus vecinos y robarles sus recursos. Lo que antes podría haber sonado a fantasía distópica se está gestando a plena vista. La pregunta es si tenemos los medios, la voluntad y la capacidad para contraatacar.
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