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ANÁLISIS

Los aranceles de Trump pasarán factura al comercio mundial en 2026: el colchón “se está agotando”

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en una fotografía de archivo. EFE/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH

Ignacio J. Domingo

11 de enero de 2026 21:35 h

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Durante casi tres décadas, el comercio mundial avanzó por una senda relativamente predecible. Los aranceles descendían, las cadenas de suministro disfrutaban de plácets transfronterizos en una arquitectura multilateral imperfecta, pero funcional, con los conflictos mercantiles bajo control. Pero la versión Trump 2.0 ha roto esta sofisticada y defectuosa armonía. Y los daños colaterales del nuevo mapa del comercio mundial se cobrarán su factura en 2026 con los aranceles del inquilino de la Casa Blanca, para los que se espera una decisión inminente del Tribunal Supremo.

El modelo ya estaba herido, aunque no de muerte. La globalización se deterioró súbitamente tras el colapso crediticio de 2008 y convulsionó durante la Gran Pandemia. Sin embargo, han sido los supuestos e hipotéticos gendarmes del libre mercado, los dos últimos ocupantes del Despacho Oval, los que han retirado al enfermizo comercio toda respiración asistida. Primero Joe Biden, con su política de vetos tecnológicos, su uso del dólar como arma monetaria y su elenco de sanciones contra el Kremlin, con la involucración del G-7.

Y, sobre todo, ahora Donald Trump con sus caóticos aranceles recíprocos, para los que se esperaba una decisión del Supremo estadounidense el pasado viernes que finalmente se ha aplazado. Unos aranceles que han remodelado las hojas de ruta de tránsito de las mercancías, los servicios e, incluso, los capitales y los trabajadores, sometidos a no pocas trabas migratorias y a amenazas derivadas de los avances en IA y robotización.

Este giro geoestratégico copernicano no ha sido solo cuantitativo ni exclusivo de 2025 y ha supuesto también una ruptura conceptual. El recetario MAGA trasladado a la política comercial ha pasado de intervenciones selectivas a una acción concertada y generalizada, en la que los déficits bilaterales se tratan como prueba automática de desequilibrio que exige correcciones fiscales a ojos del equipo económico trumpista. Una red compleja de producción, inversión y consumo queda reducida así a una contabilidad simplificada.

Así lo declaran los expertos del Tax Policy Center, que sitúa el arancel efectivo promedio sobre las importaciones estadounidenses en torno al 17%, con potencial para superar el 20% si se aplicasen todas las medidas anunciadas por Trump. Brasil e India serían las más perjudicadas entre los grandes mercados, a la espera del dictamen sobre China, en un largo compás de espera que podría llevar todo 2026. Para una economía avanzada, aseguran, estos niveles son “excepcionales y sitúan al primer PIB mundial fuera del patrón comercial que ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial”.

Este think tank, que vigila las políticas públicas americanas, cree que esta reconfiguración comercial impulsada por la Casa Blanca se distingue por su dureza y su automatismo: el déficit comercial ha dejado de ser un síntoma interpretativo para convertirse en un dogma de fe que incita a tomar medidas. “Esta lógica deja poco espacio para la diplomacia, al matiz sectorial o a la realidad de las cadenas globales de valor”, explican. Entre otras razones, porque el impacto arancelario se ha mostrado indiferente a la geopolítica al penalizar por igual a aliados y rivales cuando “no cuadran las cifras” de sus balanzas comerciales. El agujero comercial estadounidense ronda el 6% del PIB.

Supply Chain Dive, plataforma editora de datos de mercado, repasa el Top Diez de naciones a las que Washington considera que atentan contra su equilibrio comercial, con un ranking de los mayores gravámenes recíprocos en función del déficit que generan a Washington.

China, con un superávit de 296.000 millones de dólares, según información recabada a principios de agosto, ha recibido un peaje de entrada a sus productos del 30%, supeditado a unas negociaciones que se han saldado con dos prórrogas temporales. Encabeza la lista negra americana, por delante de la UE, con un saldo a su favor de 236.000 millones y un recargo del 15%, y de México, que con una cuenta exportadora a EEUU que supera en 171.000 millones el valor de las compras de su vecino septentrional recibió una tarifa del 25%.

El resultado, arguyen en Tax Policy Center, es un paisaje comercial fragmentado. Asia, Europa y los socios americanos del norte de EEUU afrontan peajes aduaneros más elevados y criterios de acceso inciertos hacia el gran mercado global. Además, “el alcance del cambio va más allá de los flujos porque a medida que avance 2026, sus efectos retardados empezarán a crear disputas legales internas y a lidiar con adaptaciones regulatorias externas, lo que provocará una fase de cuestionamiento abierto del sistema multilateral de comercio”.

Contabilidad arancelaria frente a realidad productiva

Las cadenas de valor modernas no son bilaterales. Al contrario, sus componentes y los flujos por donde circulan cruzan fronteras varias veces antes del ensamblaje final de sus escalas productivas. Es decir, sus mercancías emergen de forma exponencial y su distribución y logística dependen sobremanera de la fluidez de sus movimientos; del transporte y la adecuada gestión de proveedores y socios corporativos dentro y fuera de sus fronteras originales. Los aranceles recíprocos vienen a difuminar todo este entramado, al crear transacciones discretas y subjetivas entre estados soberanos.

La distancia entre ambos enfoques tiene consecuencias económicas claras y las empresas han reaccionado de manera racional. Como dice el profesor Jason Miller, experto en cadenas de suministro, rara vez abandonan la producción global, sino que la reorganizan con criterios defensivos. Diversifican proveedores, desplazan fases del proceso productivo y aceptan mayores costes a cambio de reducir exposición política. “La eficiencia cede terreno a la gestión del riesgo”, aduce.

Los últimos diagnósticos comerciales empiezan a reflejar este ajuste. Un análisis de la consultora Roland Berger muestra una caída significativa de importaciones estadounidenses desde China y Canadá a lo largo de 2025, que se compensan con el ascenso de México y varios mercados del Sudeste Asiático como proveedores alternativos. Vietnam, Tailandia o Malasia ganan peso, pero “no por ventajas de productividad, sino por su postura favorable al nuevo mapa arancelario”.

No se trata de una mera sustitución de las relaciones comerciales. Las rutas se alargan, mientras los inventarios crecen y la logística se vuelve más compleja. Las economías de escala se diluyen. Durante un tiempo, las empresas absorbieron el impacto con márgenes y ajustes contractuales, pero ese colchón “se está agotando”, alertan en Roland Berger. Al tiempo, la inflación de los bienes transfronterizos, contenida durante buena parte de 2025, “comienza a reflejar los costes acumulados”.

A diferencia de episodios proteccionistas del pasado, esta reconfiguración no implica un retorno masivo de la producción a EEUU. El tejido industrial no vuelve, “sino que se redistribuye”, y se hace más disperso, más dependiente de países intermedios y reglas de origen más complejas. “El comercio no se reduce, pero se vuelve menos eficiente y más geopolítico”, indica esta firma.

De igual manera, los aranceles han recuperado relevancia fiscal. Los cálculos de Tax Policy Center desvelan que los gravámenes vigentes y previstos podrían generar cerca de 247.000 millones de dólares en 2026 y más de 2,3 billones en la próxima década. Y en un contexto de descontrol persistente en las cuentas federales, “estos ingresos resultan tentadores”. Aunque insuficientes, porque el déficit presupuestario rebasó en 2024 el 7% de un PIB de 31,8 billones de dólares y su ratio de deuda supera ya el 124% del tamaño de su economía, en un periodo de incremento rampante del gasto militar.

Este afán recaudatorio resulta muy significativo para economistas como Kimberly Clausing, quien señala que los aranceles “funcionan como impuestos indirectos mal diseñados”, porque no solo son regresivos y opacos, sino que “acabarán teniendo una traslación desigual en los precios”. La idea de que el coste lo asume el exterior es, advierte, ilusoria. Consumidores y empresas domésticas absorben buena parte del impacto, aunque a menudo de forma indirecta.

A todo ello se suma una superposición normativa. Los aranceles recíprocos conviven con tasas por la seguridad nacional, tarifas sectoriales y disposiciones de emergencia. Los precios efectivos con ribete oficial superan así las cifras de inflación, multiplican la incertidumbre predictiva sobre la evolución del IPC y alimentan las dudas sobre la fiabilidad de las agencias federales que certifican la coyuntura económica de EEUU. Para importadores y fabricantes, este cúmulo de incógnitas constriñe sus planes corporativos, pospone inversiones y proyectos productivos y les genera más inquietud sobre la fragmentación del mercado global.

Reglas discrecionales y limbos normativos

Una razón esencial que explica que el impacto macroeconómico de los aranceles haya tardado en aflorar es el desfase temporal entre su anuncio y su impacto real. Los analistas subrayan que las empresas tienen herramientas para ganar tiempo: adelantar importaciones, absorber costes, renegociar contratos o cambiar de proveedores. Pero estas tácticas solo aplazan el ajuste, sin eliminarlo, con lo que acumulan perjuicios finales. Ciertas predicciones cifran el retraso entre 12 y 18 meses. Con ese calendario, 2026 aparece como el momento en que confluyen decisiones adoptadas desde 2024, cuando muchas empresas aún confiaban en que el giro proteccionista fuera transitorio.

A este desfase económico se une otro foco de incertidumbre en el orden legal. A finales de 2025, la Corte Suprema estadounidense examinó la legalidad de parte del régimen arancelario bajo una “interpretación expansiva” de la International Emergency Economic Powers Act. El fondo de este debate jurídico no es técnico, sino constitucional, y responde a un axioma simple: si el poder de imponer impuestos (aranceles incluidos) puede ejercerse de forma unilateral por el Ejecutivo o corresponde al Congreso, al que la Carta Magna de EEUU otorga en primer término este fast-track, o capacidad para acelerar acuerdos o estrategias de índole comercial.

Otros países han respondido con adaptaciones estructurales. China, por ejemplo, ha reformado su Ley de Comercio Exterior bajo unos criterios que entrarán en vigor el próximo marzo, que vinculan explícitamente el comercio con la seguridad nacional, refuerzan la protección de la propiedad intelectual y crean mecanismos de asistencia para sectores afectados. No es una represalia puntual, sino un ajuste institucional para operar en un entorno menos predecible.

El impacto arancelario, además, alcanza al sistema multilateral. Un reciente análisis del Peterson Institute for International Economics dice que los aranceles recíprocos “vulneran compromisos fundamentales” de la Organización Mundial del Comercio (OMC) como los límites a gravámenes a la importación consolidados o el principio de no discriminación. Casi un tercio de las importaciones estadounidenses estarían ya sujetas a gravámenes de emergencia y, por tanto, serían incompatibles con las reglas de la OMC.

Por si fuera poco, esta desobediencia normativa es acumulativa: al ignorar restricciones que antes defendía, EEUU reduce la obediencia debida de otros países que antes exigía y deja en el desamparo a las resoluciones de disputas de la OMC, con sus paneles de arbitraje, con la consiguiente pérdida de eficacia y de gobernanza comercial y el pertinente desplazamiento de estos difíciles equilibrios en los pactos bilaterales.

Robert Z. Lawrence, profesor de Comercio Internacional en la Harvard Kennedy School, subraya que la disyuntiva entre libre comercio y proteccionismo es falsa. En un mundo interdependiente, “la habilidad negociadora importa, pero también lo hacen las alianzas y las instituciones”. En su opinión, “los aranceles pueden servir como instrumentos transitorios para corregir distorsiones concretas, pero utilizados de forma indiscriminada socavan el sistema que amplifica la influencia estadounidense”.

De ahí que advierta sobre un coste menos visible. Al encarecer las compras en sectores estratégicos, desde energías limpias hasta manufacturas avanzadas, el renovado mapa arancelario “puede frenar inversiones donde la política económica pretende acelerarlas”, porque las políticas comerciales no solo alteran flujos, sino que redefinen prioridades y estas se podrían alejar de las claves geoestratégicas oficiales. Dentro y fuera de EEUU.

En 2026, todos estos elementos convergerán, advierte Lawrence, que cree que los aranceles recíprocos “no han colapsado el comercio global, pero han cambiado su geometría”.

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