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Análisis

India encuentra su lugar en un mundo tecnológico (y crispado)... sin perder su visión pacifista

Narendra Modi (izquierda) y el canciller alemán, Friedrich Merz, en el Gandhi Ashram, el pasado mes de enero.

Ignacio J. Domingo

22 de febrero de 2026 21:06 h

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La historia reciente de India presenta sobradas muestras para argumentar un relato de éxito. En su currículum, la nación con una mayor acumulación demográfica (1.454 millones de habitantes, según los últimos censos oficiales) deja constancia del salto hacia la prosperidad. Delhi progresa adecuadamente desde que en 2014 Narendra Modi se hiciera con las riendas del otro gigante asiático. Tan solo en dos ejercicios —2019 y 2020, el previo y en el que emergió la Gran Pandemia— de su triple mandato presidencial, el PIB indio se quedó por debajo del 5% de crecimiento anual.

Esta prolongada etapa de bonanza, que arrancó realmente a finales de los noventa, ha enterrado su tradicional concepción de economía sumergida, con dosis de proteccionismo y una estructura estatal excesivamente burocrática, lenta e ineficaz e incapaz de alcanzar un ritmo de crecimiento que permitiera suprimir estratos de pobreza y de atender las demanda técnico-profesionales de una gigantesca población joven, ha empezado a dar sus frutos. India acaba de superar —a finales de 2025— a Japón como cuarto PIB mundial. Apenas un año y medio después del sorpasso sobre Reino Unido. Mientras, se aproxima irremediablemente al alemán; ambos, ya por encima de los 5 billones de dólares; aunque el germano sin acabar de salir de la recesión y el indio navegando en tasas del 7%.

Por si fuera poco, un año antes, en 2024, su principal parqué bursátil, la National Stock Exchange (NSE) de Mumbai sobrepasó al de Hong-Kong como cuarto centro financiero internacional, con una capitalización que ha ido creciendo curiosamente al mismo ritmo y volumen productivo del PIB indio. Hasta rozar los 5 billones de dólares.

Pero, ¿cómo han forjado los gobiernos de Modi esta coraza a prueba de tensiones geopolíticas y disrupciones económicas globales? Gran parte de la explicación surge de su táctica contracíclica. En una globalización fragmentada, con el retorno de aranceles que frenan la libre circulación de mercancías y servicios, cadenas de valor y suministro en estado de alteración permanente y la búsqueda del santo grial tecnológico en una desaforada carrera contrarreloj por lograr el cetro de la IA, Delhi ha optado por presentarse como un socio fiable en un mundo crispado y cada vez más conflictivo. Nadando contra corriente, India se comporta como una potencia sistémica, con una capacidad sin parangón para albergar el Sur Global, sin dejar de ganar influencia entre las potencias industrializadas y, por supuesto, ocupando su lugar entre los BRICS emergentes. Y lo que resulta, incluso, todavía más inaudito: con vitola de nación tecnológicamente avanzada y en el pelotón de cabeza de la IA.

Los recientes acuerdos con la UE —de libre comercio— y con EEUU —arancelario y con compromisos de inversión en suelo americano, bajo coacciones y amenazas, pero con unas ostensibles rebajas de peajes aduaneros, desde el 50% del verano, al 18% actual— son un buen botón de muestra de la funcionalidad operativa con la que actúa Modi. Su declarada intención es que India demuestre habilidades para obtener el reconocimiento de economía de mercado y de primer nivel. No por casualidad el jefe del Estado galo, Emmanuel Macron, y el presidente español, Pedro Sánchez —o el canadiense Mark Carney— se han apresurado a visitar a su homólogo indio atraídos por los nichos de negocio que aparecen desde hace años y por la cumbre global de IA (India AI Impact Summit) en la capital india. Precisamente para relanzar la imagen innovadora y las ambiciones globales del país tras un año turbulento.

Hace seis meses, Modi lidiaba con las embestidas dialécticas de Donald Trump a cuenta de unos aranceles recíprocos del 50% que buscaban acabar con el tráfico petrolífero entre Rusia e India y las tensiones militares con Pakistán —ambas, potencias nucleares oficiales— mientras surgían las primeras dudas serias sobre el poderío productivo indio.

Sin embargo, la cita de la IA no es solo un señuelo para autoridades internacionales. También es un foco de atracción de big techs. Ante un selecto grupo de consejeros tecnológicos mundiales, Modi defendió que el salto hacia el algoritmo inteligente no se salga de los cauces democráticos, ni que la IA se desligue de un Internet seguro, inclusivo y orientado a las personas. Más allá de los puntos de conexión con la cúpula empresarial presente en la cumbre de Delhi, que giraron en torno a la convicción de que la IA es el campo competitivo que mueve la geoestrategia global, el presidente indio encontró el respaldo de Macron, Carney y Sánchez al espetar que la sociedad global aún conserva margen para decidir las reglas del juego en las que esta tecnología debería operar en su camino de transformación de la vida cotidiana y laboral de las personas.

Reformas internas con proyección exterior

El presidente indio conoce con precisión este terreno. No en vano, su ajustado triunfo electoral de 2024 le ha llevado a impulsar reformas laborales y fiscales para sustentar un dinamismo que supere el 7% y que le permita despejar la gran asignatura pendiente del país: reducir las elevadas ratios de pobreza. La renta per cápita sigue anclada más allá de los 100 primeros peldaños de la escala global que determina el FMI y la calidad institucional dista todavía de los estándares de las economías avanzadas. Además, persisten otros puntos negros: El sistema eléctrico —crucial para sostener la industria y los avances digitales— carece de una red de distribución homogénea por todo el territorio y muestra brechas de suministro.

Sin embargo, aún están en cartera cambios en el mercado laboral, en la regulación financiera o en la normativa sobre inversión extranjera, que sigue acudiendo en masa aunque sin suficientes garantías de estancia, así como una redefinición de los incentivos productivos a la industria y a la modernización de la red de infraestructuras físicas —energéticas y de transporte, esencialmente— y digitales, dirigidas a configurar un entorno más predecible para el capital.

Pero, aun así, el nacionalismo que impregna el alma política de Modi se aleja de casi cualquier vestigio proteccionista. Su modelo de liderazgo continúa apostando por abrirse al mundo, por no quedarse atrás en el orden global y por activar todas las teclas posibles de prosperidad. Bajo estas premisas se entiende su intención, declarada en la cumbre de Delhi, de que India aspira a ser la “fábrica de casos de uso” de la IA, del mismo modo que fue la oficina trasera del mundo en la era del software y sus servicios informáticos. Sin dominar la tecnología, sino más bien, con un claro intento de domesticarla en su reto de escalarla hasta su cima. O, dicho de otro modo: “sin soluciones excesivamente caras o energéticamente intensivas”, precisó.

Las réplicas empresariales, al menos desde la perspectiva retórica, fueron conciliadoras. Como era de esperar, las visiones de los jerarcas tecnológicos tuvieron un aroma optimista, pero con admisión de dudas y asunción de advertencias. Demis Hassabis, cofundador y CEO de Google DeepMind, definió la IA como una revolución comparable al descubrimiento del fuego o de la electricidad, “potencialmente diez veces más rápida que la industrialización” y con visos de que su versión general esté universalmente asentada en un horizonte de cinco años. Sin embargo, insistió en la necesidad de “construir guardarraíles” sólidos y en seguir acudiendo a la ciencia y a los avances médicos como vías para inaugurar “una nueva edad dorada del conocimiento”.

En parecidos términos se manifestaron Sundar Pichai, CEO de Alphabet y máximo responsable de su estrategia global, que reclamó “más cooperación entre líderes tecnológicos” para afrontar una carrera desaforada y que “pudiera parecer” un coto privado para las big techs, sin estándares compartidos y con incentivos puramente competitivos que pudieran llegar a generar amenazas sistémicas. O Dario Amodei, dueño de Anthropic, uno de los unicornios más emblemáticos de la IA, quien hizo hincapié en la estrategia pionera de India como defensora de “una IA más inclusiva para el Sur Global”.

Entretanto, Nvidia anunciaba varias alianzas con firmas indias para desplegar centros de datos con sus chips más avanzados, reforzando así la idea de que India no solo quiere debatir sobre IA, sino convertirse en un nodo operativo clave de su adopción global. Y Apple ya fabrica cerca de la quinta parte de sus iPhones en estados indios como Tamil Nadu o Karnataka, después de un año de traslados de sus cadenas de valor desde China por el recrudecimiento de los vetos cruzados entre ambas superpotencias en el terreno tecnológico y en el negocio de los chips.

Mucho más que la otra fábrica asiática mundial

Sin embargo, como subraya Arvind Subramanian, analista en el Peterson Institute for International Economics, el verdadero giro estratégico del país no está tanto en la tecnología punta como en la apertura comercial que la hace viable. En una reciente tribuna en The Economist, defiende los acuerdos con Europa y EEUU, porque “pueden convertir a India en una de las economías más abiertas del mundo si utiliza —como pretende—, ese aperturismo multilateral como palanca para transformar su estructura productiva y absorber tecnología a gran escala”.

Precisamente este marco de actuación es el que explica la aproximación india a la IA, que Delhi entiende como una revolución que no se decidirá solo en los laboratorios, sino en la adopción masiva de sus servicios. Con casi 900 millones de usuarios de internet, decenas de lenguas y una economía llena de fricciones, India es un banco de pruebas ideal para aplicaciones de bajo coste y que busquen elevados impactos sociales. Desde asistentes de voz en amplias gamas de idiomas hasta herramientas de educación, sanidad, agricultura o atención al cliente, las empresas indias están demostrando una notable capacidad para “aterrizar” la IA en problemas cotidianos. Es la potencia bisagra de la IA en un mundo fragmentado, resume Subramanian. Con su reto de crear una IA “no alineada”.

No obstante, la entente con EEUU, está lejos de ser cordiale. “Ha servido —advierte el politólogo Sumit Ganguly en Foreign Policy— para frenar una escalada arancelaria, pero difícilmente bastará para recomponer una relación estratégica dañada”. A su juicio, este reencuentro responde más a una lógica transaccional que a una restauración de la confianza mutua. Para Delhi, “el alivio frente a los aranceles impuestos por Trump es tangible y para Washington, corrige parcialmente desequilibrios comerciales”. Pero el trasfondo político sigue enrarecido por la aproximación de la Casa Blanca a Pakistán tras el conflicto de Cachemira [en 2024], por un lado, y la percepción, ampliamente extendida en India, de la imprevisibilidad estratégica de EEUU, por el otro.

Ganguly recuerda que los lazos bilaterales habían avanzado de forma correcta desde finales de los noventa con hitos como el acuerdo nuclear civil de 2008 y la designación de India como “socio mayor de defensa”, hasta la llegada de la versión Trump 2.0, que ha activado viejos recelos de la Guerra Fría. En ese contexto, “el acuerdo comercial puede evitar un deterioro mayor, pero no borrar la desconfianza acumulada ni facilitar, al menos a corto plazo, una expansión ambiciosa de los intercambios bilaterales de mercancías”.

En McKinsey, por su parte, hacen una lectura más estructural del potencial indio. En un análisis sobre su futuro económico, la consultora identifica a India como uno de los grandes motores del crecimiento global el próximo decenio, sobre un modelo productivo asentado en cuatro pilares: la urbanización, la digitalización, las manufacturas avanzadas y la transición energética. Con esta hoja de ruta ya en marcha —insisten sus expertos— India busca diversificar sus socios exteriores y reducir así sus dependencias, apoyándose en su mercado interno y en reformas de largo plazo.

Anu Madgavkar, socia del McKinsey Global Institute, sintetiza la actual etapa de esplendor indio de manera elocuente: “La apertura de la cuarta economía global al comercio, al capital y al boom de la tecnología, apoyada en su escala digital y su talento, la sitúa en una posición única para convertir la innovación en crecimiento sostenido y su visión multilateralista en una estrategia de amplia relevancia global”.

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