¿Una UE federal? Draghi y Macron defienden ‘más Europa’ para arrebatar músculo global a EEUU y China
La coincidencia no es casual. Con apenas unas horas de separación, dos de las voces que gozan de un mayor prestigio e influencia dentro del establishment europeo —Mario Draghi y Emmanuel Macron— han mostrado que sus prioridades para impulsar a Europa a la vanguardia geopolítica y económica mundial están en la misma longitud de onda. Desde ángulos distintos, el antiguo número uno del BCE —y ex primer ministro italiano— y el jefe de Estado francés sostienen que el edificio supranacional de la UE ha tocado techo y está sometido a un test de estrés internacional.
O avanza en la carrera competitiva global a la misma velocidad que EEUU y China a través de un armazón federal —la propuesta de Draghi— con la que absorber peso geopolítico y tecnológico en el mutante orden mundial, o acepta un déficit progresivo de autonomía y soberanía económica, en un planeta que le será cada vez más hostil a sus señas de identidad, sustentadas en el Estado de Derecho y el principio de legalidad. Para el salvador del euro en la crisis de la deuda europea tras el colapso crediticio de 2008, el revestimiento federalista resulta ineludible. En términos de eficacia del poder —acaba de proclamar—, “una confederación de 27 Estados con derecho de veto no genera poder”, sino que, más bien, deja a cada socio comunitario expuesto a presiones “uno a uno” —bilaterales— por parte de Washington o de Pekín.
Macron no llega a este punto álgido de reivindicación. Pero, en el trasfondo de sus advertencias, implora una arquitectura institucional similar. En su opinión, la amenaza sobre Groenlandia que traslada la versión Trump 2.0 —más agresiva y con un brazo ejecutor de mayor intensidad por los dogmas de fe MAGA que proclama la Heritage Foundation— revela hasta qué punto la UE es más vulnerable cuanto menos opera con una voz única e instrumentos mutualizados.
La UE —advierte el dirigente galo— no debe dejarse llevar por una falsa sensación de que la tensión con EEUU sobre Groenlandia, la tecnología y el comercio han terminado. Todo lo contrario. A su juicio, es el momento de que el bloque comunitario se embarque en una revolución económica y se convierta definitivamente en una verdadera potencia geopolítica mundial. Macron aseguró que presionará a sus colegas europeos para que aprovechen “el momento Groenlandia” —el lema que expone la gravedad de las relaciones transatlánticas— para avanzar con inusitada rapidez en una agenda reformista que ha estado “largamente postergada” y que resulta crucial para reducir la dependencia europea de EEUU y China.
“Tenemos ante nosotros un tsunami chino en el frente comercial y frentes borrascosos que se aproximan desde la vertiente estadounidense”. A Macron —en declaraciones a varios medios del Viejo Continente— estas dos amenazas le genera “una profunda conmoción” porque apunta “a una posible ruptura de la construcción europea”.
En su llamamiento a la reacción europea ante un gesto claro de agresión de una administración estadounidense “abiertamente antieuropea que desprecia a la UE”, asegura que no hay margen para medias tintas: doblegarse [ante Trump] o unirse y fortalecer el espacio comunitario.
El telón de fondo que preside ambos relatos es el mismo. EEUU y China han dejado de respetar las reglas del orden económico liberal con sus subsidios masivos, sus controles tecnológicos y su coerción comercial, o el uso geoestratégico de materiales críticos. Este elenco de herramientas se ha hecho habitual en mayor o menor medida en el modus operandi de Washington y de Pekín. Con efectos devastadores y un uso, en ocasiones, indiscriminado como los aranceles recíprocos.
A ello se suma una colisión a punto de ocurrir sobre la regulación europea a grandes plataformas digitales. Bruselas reivindica un escenario de competencia leal y protección de derechos civiles frente a las big techs americanas. Washington amenaza con represalias por impedir —proclama— el negocio de sus multinacionales en el Viejo Continente. En este affaire también confluyen las tesis de Draghi y Macron, que aducen que la soberanía europea ya no puede ejercerse desde los Estados-nación, sino únicamente desde una arquitectura —marcadamente federal a los ojos del ex primer ministro italiano— lo suficientemente resistente como para decidir, invertir y poder defenderse como bloque.
Federalismo 'draghiniano'
El argumento de Draghi parte de la experiencia institucional. Allí donde Europa se ha “federado” —comercio, competencia, mercado único y política monetaria— actúa como un actor respetado y con capacidad de negociación. Pero en los ámbitos donde no ha progresado hacia este modelo —defensa, política industrial y acción exterior— aparece fragmentada y, por tanto, vulnerable. Esa asimetría es especialmente costosa en la actual fase de la globalización, que el expresidente del BCE describe como un sistema “disfuncional”, surgido desde ingreso de China en la OMC en 2001 y que se ha agravado por el giro estratégico de la Casa Blanca.
Macron llega a la misma conclusión desde la geopolítica. Según su relato, Europa no debe caer en una “falsa sensación de seguridad”. Pese a la “distensión momentánea” con Washington. Sin una autoridad común y homogénea en política exterior y sin respuestas económicas coordinadas incluso un territorio europeo como Groenlandia puede convertirse en moneda de cambio. Unos focos de tensión que se trasladarán —augura— a la aplicación de la Digital Services Act europea de regulación de contenidos, datos y libre competencia en plataformas digitales. “No dejemos que nuestros hijos tengan un cerebro puramente mercantilista”, expresó a Financial Times. No es un gesto moral, sino un acto de exigencia regulatoria que solo es creíble si se ejerce de una manera unificada y con poder para resistir represalias comerciales del otro lado del Atlántico.
La lectura económica refuerza esta visión. El informe de Draghi sobre competitividad estima que Europa necesita inversiones adicionales cercanas a los 800.000 millones de euros anuales para evitar la desindustrialización y atraer de nuevo localizaciones empresariales que refuercen todo el entramado de seguridad económica de la UE y fortalezcan las cadenas de valor y el mercado interior. Sin embargo, algo más de un año después de su cruda radiografía de situación —y la de su colega italiano Enrico Letta, más enfocada a los mercados de capital— apenas se ha movilizado una fracción de estos recursos. El problema no es solo financiero —avisa Draghi— sino institucional, porque el presupuesto europeo ronda el 1,1% de la renta nacional y la UE carece de un sistema impositivo común, lo que atrofia su músculo para responder a la política industrial americana o al modelo exportador chino. Cada vez más subvencionados.
El FMI, además, trasladó otra debilidad adicional. Completar el mercado único es una condición necesaria, como subraya el diagnóstico Draghi, aunque no suficiente. Europa —argumenta— debe atender su fragmentación regulatoria, que actúa como un “arancel invisible” que encarecen en un 44% los bienes que circulan por el espacio comunitario y en un 110% los servicios. Para The Economist, “sin una escala verdaderamente continental, Europa no puede competir ni en IA ni en energía ni en defensa”. Para Macron estos déficits institucionales demandan una “revolución económica” financiada con deuda común —no llega a mencionar los bonos europeos que reclama el dirigente italiano para avalar los grandes objetivos geoestratégicos de la UE— destinada a dar impulso a la IA y la computación cuántica, la transición energética y a la industria militar. Con el único objetivo —precisa— de proteger tres prioridades críticas frente a las prácticas desleales de las dos superpotencias.
Para Draghi, la respuesta es un “federalismo pragmático” que permita a un núcleo de socios, los que deseen acelerar procesos de integración, activar la Europa a dos velocidades. Pero siempre como una federación genuina —matiza— nunca como formato de cooperación flexible y reversible.
Sin embargo, existen zonas de resistencia. Y nada desdeñables. Hay capitales que temen perder sus controles nacionales y otras que recelan de políticas industriales que alteren la ortodoxia del mercado único. Pero la alternativa es más costosa, asegura Draghi, porque la amenaza externa puede unir, aunque únicamente la esperanza de un proyecto común sostendrá este esfuerzo. Y este propósito reclama instituciones federales capaces de transformar el peso y la capacidad de influencia económico-comercial de la UE a la esfera geopolítica.
El nuevo orden global se ha convertido en una cruzada funcional en la que Europa deberá elegir si quiere seguir siendo un espacio regulatorio fragmentado, objeto de tensiones nacionalistas, o un actor soberano que defienda su modelo económico y social. La convergencia entre Draghi y Macron sugiere que el tiempo de la ambigüedad se ha agotado para Europa.
Los expertos comparten el criterio federalista
Más de un año después, apenas el 11% de las casi 900 medidas propuestas por el ex premier de Italia se han aplicado y se mantiene la confederación de socios con vetos nacionales que —resalta— “no produce poder”. Desde el sector financiero, Fabrizio Campelli, responsable de inversión de Deutsche Bank, subraya los límites de una estrategia puramente defensiva. “Competir bajando costes salariales debilitará la innovación y alimentará aún más la tensión social y el populismo” en un momento en el que el viraje geopolítico de una administración estadounidense “mucho menos proclive a garantizar la seguridad europea”, obliga a financiar los gastos de defensa, las infraestructuras y las cadenas industriales.
Para Campelli, más deuda o más impuestos solo pueden ser soluciones transitorias, porque “el impacto duradero [de estas medidas] depende de cómo se estructure el gasto y de si llega a las pymes, a los cauces innovadores de las empresas y a las cadenas de suministro europeas”. Esta canalización requiere, para ser eficiente, coordinación supranacional y un ecosistema financiero alineado con unos objetivos comunes, “algo difícil sin un marco, al menos, cuasi federal”.
Guntram Wolff Grabbe y Jeromin Zettelmeyer, analistas del Instituto Bruegel, comparte la visión federalista. Ambos reconocen que Bruselas “ha asumido buena parte del diagnóstico de Draghi en su Competitiveness Compass”, pero alertan de “una contradicción nuclear, el impulso de una política industrial ambiciosa sin dotarla de financiación centralizada”. Y, al confiar este esfuerzo inversor a las ayudas nacionales, “se corre el riesgo de fragmentar el mercado único y favorecer a los países con mayor capacidad fiscal”. En su opinión, “la coordinación voluntaria difícilmente sustituirá a un presupuesto europeo reforzado y, sin instrumentos fiscales comunes, las agendas industriales pueden acabar erosionando la cohesión y la productividad que pretende reforzar”.
Sébastien Maillard, investigador del Programa Europa de Chatham House, subraya la dimensión institucional. “Draghi no propone un big bang federal, sino coaliciones entre socios dispuestos a avanzar en competencias clave sin unanimidad” y recuerda el precedente del euro, proyecto de integración con autoridad exclusiva y credibilidad que actúa, de facto, como un mecanismo federal sin proclamarse como tal. Para Maillard, “Europa no puede aspirar a ser un poder global manteniendo una gobernanza pensada para la mera coordinación intergubernamental”.
En parecidos términos se manifiesta Fred Kempe, presidente del Atlantic Council, que interpreta las advertencias de Draghi como una reacción a la ruptura del orden internacional de posguerra. EEUU y China usan aranceles, subsidios y cadenas de suministro como instrumentos de coerción. En línea con la queja en voz alta de Draghi y con su reivindicación de que Europa debe decidir si sigue siendo “un gran mercado” o evoluciona hacia un “gran poder global”, lo que le exige “pasar de una confederación a una federación de estados”.
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