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Carney recupera el ‘europeísmo canadiense’ e invoca el libre comercio como trinchera ideológica contra Trump

El primer ministro canadiense, Mark Carney (i), con el francés, Emmanuel Macron, en marzo en el palacio del Elíseo.

Ignacio J. Domingo

12 de febrero de 2026 22:04 h

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“La mitad de los canadienses están a favor de unirse a la UE”. Palabra de Mark Carney, el primer ministro del vecino del norte de EEUU, al que Donald Trump tiene más enfilado entre los aliados tradicionales de la Casa Blanca. Porque “Canadá es el país más europeo de entre las naciones que no pertenecen a la UE”. Constatación de que el liberal antiguo gobernador del banco central canadiense durante el colapso crediticio de 2008 y del Banco de Inglaterra entre 2013 y 2020 –hito insólito porque nunca nadie ha llevado las riendas de dos autoridades monetarias del G-7– no comulga con el proteccionismo ni la doctrina MAGA que impulsan las políticas del inquilino actual de la Casa Blanca.

Canadá comparte con EEUU y México el espacio aduanero USMCA que Trump se encargó de refundar en su primer mandato tras enterrar al llamado hasta entonces Nafta norteamericano.  

Carney es un verso suelto en un mundo dominado por la geopolítica y los lobbies tecnológicos en busca del cetro competitivo que se concederá, teóricamente, al vencedor de la carrera por la IA. Antes de su triunfo en las elecciones presidenciales canadienses del pasado mes de marzo el actual premier no había dejado rastro de actividad en la arena política de su país. Aunque, desde entonces, ha emitido sobradas señas de identidad. Hasta el punto, de que se le identifica con la imagen de antagonista del dirigente estadounidense. Desde la reciente cumbre de Davos, en la que se amplificó su resistencia militante al America, first y hacia el odio del trumpismo a todo lo que suene a woke.

Tan solo unas Semanas más tarde de las embestidas de Trump contra Groenlandia y los socios europeos de la OTAN que defendieron su soberanía danesa y dejaron temblando la arquitectura transatlántica, la figura de Carney revelaba que Canadá –y Europa, al menos, sobre la mesa– se negaba a jugar en el tablero de ajedrez global que plantea la Casa Blanca.

Su idea gira en torno a la ruptura de los históricos lazos transatlánticos y a la asunción de que el orden liberal liderado por EEUU ya no volverá. De modo que las democracias de las potencias industrializadas deben reorganizarse junto a los grandes mercados emergentes para sobrevivir a las amenazas y coerciones de Washington. O, dicho de otro modo: deben articularse alianzas entre potencia intermedias con suficiente músculo económico y comercial como para combatir el bilateralismo impuesto por Trump. Bajo unas reglas de juego comunes que garanticen el libre tránsito de mercancías, servicios y capitales y la diversificación comercial, defiendan los estados de derecho y se alíen contra el cambio climático.

El mensaje, según un cierto consenso diplomático, estaba dirigido a la UE, Japón, Australia, Brasil e India, y alertaba contra la soberanía hegemónica estadounidense. Aunque con acuse de recibo especial a su añorada Europa. O se emancipa de EEUU o acepta una subordinación con visos de convertirse en estructural, dijo. Su discurso de Davos dejó un mensaje subliminal, pero a la vez, descifrable, a Bruselas: Encuentren aliados más allá del eje transatlántico, incluso flexibilizando la entrada de los vehículos eléctricos chinos para contrarrestar a los aranceles estadounidenses, y tómense en serio sus acuerdos comerciales con Mercosur e India.

Arquitecturas comercial y financiera en mutación

La tercera vía de Carney parece haber reposicionado la táctica geoestratégica a ambas orillas del Atlántico. Así, mientras la versión Trump 2.0 y sus aranceles recíprocos con armas correctiva de renegociación han hecho mella en tratados post-Davos como el de Taiwán y Corea del Sur o han corregido los excesivos peajes a la importación con el gigante indio, la UE ha mostrado empeño en sellar definitivamente el suyo con Mercosur y con Nueva Delhi. Pero con notables diferencias. Las que precisamente describió el jefe del Gobierno canadiense en el retiro invernal suizo.

La Casa Blanca no ha forjado estos acuerdos según los criterios del libre mercado, sino mediante unas exigencias geopolíticas explícitas. Desde relocalizaciones industriales, hasta directrices de disciplina política interna o realineamientos con EEUU en el nuevo orden global. A Taiwán, por ejemplo, le rebaja aranceles a sus chips a cambio de compromisos de inversión y avales de medio billón de dólares para producir en EEUU. A Corea del Sur, uno de sus grandes aliados en Asia, se le amenazó con mayores gravámenes si Seúl no se saltaba el trámite parlamentario y rubricaba el pacto de urgencia. La India de Delhi salvó sus tarifas del 50% del verano pasado a cambio de aceptar férreos controles a la compra de petróleo ruso.

A esta ristra de acuerdos forzados se une la pretensión de Trump, descrita con precisión durante su estancia en Davos, de atacar arancelariamente a Groenlandia y los socios europeos hasta que no comulgasen con sus deseos anexionistas. En el mercado han puesto nombre a esta táctica. Es el TACO (Trump Always Chickens Out, que se traduce como “Trump siempre se acobarda”) y responde a la convicción inversora de que el dirigente republicano sigue un patrón de comportamiento preconcebido: sus amenazas crean volatilidad inicial en las bolsas; pero, sin embargo, se acaban diluyendo por los elevados costes económicos y diplomáticos de sus ínfulas presidencialistas.

Esta táctica negociadora made in US basada en la escalada y el repliegue que reduce de manera drástica la confianza bilateral, encarece el capital, distorsiona los flujos de capital y acrecienta la fragmentación de la globalización, es lo que Carney trata de explicar a otros agentes estratégicos del planeta. Europa, aparentemente, ha renegado estas semanas de la influencia trumpista. En algunos círculos diplomáticos creen por su exposición directa a las amenazas estadounidenses en el caso de Groenlandia. De ahí que la aceleración de tratados con Mercosur o India se hayan magnificado como una estrategia dirigida a diversificar riesgos y a reducir la dependencia de un socio dispuesto a instrumentalizar el comercio como arma política. O que se avance en el pacto con Australia. Incluso que la Eurocámara haya sacado esta semana del congelador la negociación con EEUU tras el affaire groenlandés.

En el terreno financiero, las aguas también bajan revueltas desde Davos. La burbuja de la IA y la nueva geopolítica tecnológica están reordenando los mercados y han situado estos últimos días las stablecoins, los chips y el negocio del software bajo presión. El nuevo ciclo de la IA está creando un efecto dominó que comienza a desmoronar la resistencia inversora ante unas valoraciones desorbitadas de los criptoactivos, deja traslucir que el bloqueo estratégico de EEUU hacia chips con destino a China --incluso los de Nvidia-- es más serio de lo que asegura Trump o que el temor a que la propia IA destruya parte del negocio tradicional del software tiene visos de realidad.

Tether ha tenido que recortar sus ambiciones financieras tras el rechazo inversor a su valoración de medio billón de dólares. Incluso el banco central cripto parece toparse con límites cuando el apetito especulativo se enfría. Entretanto, Nvidia sigue atrapada en la guerra tecnológica EEUU-China, con las ventas de chips H200 a Pekín paralizadas por revisiones de seguridad nacional por parte de EEUU que reflejan el control federal de los semiconductores, convertidos en armas de política exterior. Y Wall Street empieza a descontar daños colaterales en la IA con herramientas que amenazan a firmas de software y que dibujan la llegada de un duro ajuste sectorial.

Hasta 56.000 empleos están listos para recortar en el ecosistema tecnológico estadounidense, han advertido varias de sus grandes compañías en las últimas dos semanas.

¿Un CanadEU? utopía o ‘realpotitik’

La confluencia de intereses demográficos, energéticos y de valores entre Canadá y la UE induce a sacar una posible vinculación de Ottawa en el edificio institucional de Bruselas del cajón de los sueños. Integrar una población joven como la canadiense en unas sociedades envejecidas como las europeas, con una inmensa y rica variedad de materias primas energéticas y minerales que, a los ojos de Carney, son la llave para alcanzar la “autonomía estratégica” de EEUU y con valores multilaterales compartidos, hacen factible la opción de un CanadEU.

El término lo ha popularizado The Economist en un reportaje en el que centra el debate en los recientes acuerdos bilaterales en defensa, comercio y seguridad. Esta entente cordiale convierte la posibilidad de una adhesión de Canadá en “algo menos abstracto”.

Sobre todo, si arrastra a un Reino Unido laborista que no descarta destensar las rígidas cláusulas del Brexit. En un momento en el que, además, las dinámicas del comercio interior comunitario no son precisamente intensas. Todo lo contrario. Entre 2023 y 2025, los intercambios entre los socios comunitarios se han reducido un 1,3%.  

John Authers, columnista de Bloomberg, aduce que Reino Unido necesita un nuevo acuerdo con la UE al cumplirse el primer aniversario de la versión Trump 2.0 que ha demolido el sistema de libre comercio para impulsar una economía, la británica, estancada, que puede derrumbar a otro gobierno -y van seis- desde el referéndum y que contentaría a la City, la industria y las patronales del país.

La sintonía Keir Starmer-Mark Carney también juega en esta dirección. Aunque la crisis abierta en torno a la figura de Starmer por la designación del príncipe de las tinieblas, Peter Mandelson, como embajador en Washington, pese a conocer sus lazos con el pederasta Jeffrey Epstein, le pueda pasar factura e interrumpir iniciativas del tándem británico-canadiense.

En un momento crucial, en el que Financial Times subraya que Ursula von der Leyen priorizó en 2025 evitar a toda costa una guerra comercial con EEUU, lo que ha retardado los avances en la Unión de mercados de capitales o en la culminación del mercado único, dos de las metas más estratégicas de los informes de los ex primeros ministros italianos Mario Draghi y Enrico Letta. Pese a que desde el European Research Council constaten que por primera vez se alinean retos industriales, desafíos políticos y las hojas de rutas científicas en una agenda de competitividad con sello I+D+i. Canadá y Reino Unido ayudarían a suturar las brechas crediticias y la aversión al riesgo de este salto competitivo frente a EEUU y China.

Aunque el telón de fondo de esta estrategia muestre serias dificultades. Con la UE bloqueando iniciativas por presiones internas, Canadá altamente dependiente del mercado estadounidense y los emergentes multilateralistas desconfiando de un orden global que perciben como hecho a imagen y semejanza de las potencias industrializadas.

Aun así, la reciente adhesión de Ottawa al programa europeo de defensa SAFE ha iniciado una fase de integración que, probablemente, pueda ser de no retorno, asegura John Feffer, director de Foreign Policy in Focus del Institute for Policy Studies: “forman una unión silenciosa, aunque profunda”. Canadá --recuerda-- es el primer país ajeno a la órbita comunitaria en ser admitido en SAFE, “una señal política de alto voltaje porque pondrá en marcha una interoperabilidad militar, cadenas industriales compartidas y una convergencia regulatoria”. En torno a un alejamiento de la Pax Americana en la que ninguna de las parte cree.

Todo ello hace algo más probable el sueño de Robert Hage, veterano diplomático y analista del Canadian Global Affairs Institute, de un eje Canadá-Reino Unido-UE, que ha rescatado hace poco para el think tank Konrad-Adenauer-Stiftung. “No fue casual” -rememora- que Canadá fuera el primer país signatario de un pacto comercial de la UE cuando Bruselas asumió la soberanía en esta materia, en 1976. Y que lo rubricara el entonces jefe de Gobierno Pierre Trudeau, padre de Justin, predecesor de Carney en el cargo y como líder del partido liberal.

En sintonía con John Hulsman, dueño de la consultora de geopolítica que lleva su nombre y Boris Liedtke, profesor en la escuela de negocios Insead, para quienes “la guerra comercial de Trump abre la puerta a un giro que cambiaría el pulso de la geopolítica”. El caos arancelario trumpista es del todo “ridículo” porque “ni Europa, ni Canadá ni México son China, y nunca se trata a los aliados como a supuestos rivales geoestratégicos”. Por ello, si los socios de EEUU siguen la senda de Washington, “perderán una oportunidad histórica”. Pero si, con imaginación, “aprovechan el error táctico de Trump, alterarán el juego por completo”.

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