Groenlandia, ¿solo un pedazo de hielo?
Groenlandia ha pasado de ser una región recóndita a estar en el punto de mira del gobernante seguramente más poderoso del planeta. Pero, ¿por qué Groenlandia? En un primer momento, Donald Trump afirmaba que su intención se debía a motivos de seguridad nacional, por la posición estratégica que tiene Groenlandia en el Ártico. Sin embargo, EEUU ya tiene bases militares en la isla, además de rutas de tránsito por el Ártico. Hace unos días, Trump aseguró que lo que quería era un “pedazo de hielo”, pero ¿qué es lo que hay realmente en esta isla ártica y por qué ha atraído entonces el interés de Trump?
Por un lado, es cierto que Groenlandia está cubierta por un gran manto de hielo. Se trata de un sistema de glaciares, una masa de hielo gigante y blanca que si se fundiese por completo generaría un aumento del nivel del mar global de 7,4 metros. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de este dato hay que tener en cuenta que una gran parte de las comunidades humanas viven en zonas costeras. Un estudio de los últimos años mostraba que, si el nivel del mar aumentase 10 metros, 1.000 millones de personas se verían afectadas. Recordemos que en el mundo, en el año 2025, había casi 8.300 millones de personas.
En un planeta cuyas temperaturas aumentan a causa del cambio climático, la bomba de relojería que contiene esta isla es evidente. Pero esto no es todo, porque Groenlandia no solo está conectada con el resto del planeta por su potencial para hacer que suba el nivel del mar. Con su tamaño inmenso y el color claro de su hielo y nieve, el manto de hielo de Groenlandia refleja una gran cantidad de la luz solar que llega a la Tierra, ayudando así a enfriarla, o más bien evitando que se caliente más.
Por todo esto, podemos decir que lo que pasa en Groenlandia no se queda en Groenlandia. Y ya no solo por los conflictos geopolíticos que hoy se dirimen en la región.
Entre 1992 y 2020, el deshielo de Groenlandia elevó el nivel del mar global en 14 milímetros, una tendencia que continuará en las próximas décadas. Una cuestión que agrava este problema es que este manto de hielo es uno de los llamados elementos de inflexión que hay en el sistema terrestre. Es decir, que su pérdida de hielo, a medida que aumentan las temperaturas, tiene un punto de no retorno. Esto se explica con dos procesos físicos. Sabemos que a mayor elevación las temperaturas son más frías, esto lo experimentamos cuando subimos a la montaña y vemos que en el pico hace más frío que en la base. Al fundirse las capas superiores del hielo, este disminuye su elevación y la superficie queda expuesta a temperaturas más altas, lo que genera un mayor deshielo. Por otra parte, cuando el hielo se funde, forma charcos en la superficie que tienen un color más oscuro, lo que genera una mayor absorción de calor y, por lo tanto, una fusión aún mayor.
Si ese umbral crítico se supera y las temperaturas permanecen por encima de ese límite, se desencadenarían los procesos que darían lugar a unas pérdidas que acabarían con casi la totalidad del hielo en la isla. Una vez alcanzado este punto, sabemos que no hay vuelta atrás en escalas de tiempo humanas.
Ahora bien, a pesar de las declaraciones de Trump, sabemos que sus intereses no están en el pedazo de hielo que hay en Groenlandia. Si miramos bajo su superficie, lo que encontramos es uno de los mayores depósitos de tierras raras del mundo. Esto incluye elementos como el neodimio y el praseodimio, que se utilizan en la construcción de coches eléctricos o en las turbinas eólicas, además de una gran variedad de los denominados minerales esenciales, clasificados así por la Comisión Europea por su importancia para la industria en sectores clave y por su potencial riesgo de interrupción en el suministro.
Teniendo China la hegemonía mundial en la explotación y el procesado de este tipo de materiales, se hace más comprensible el interés de Trump en la isla. Sin embargo, el clima polar extremo, con unos inviernos de casi total oscuridad, temperaturas bajas y vientos intensos, junto a la falta de infraestructura en la isla, dificultan mucho la explotación de estos recursos. A esto se suma el rechazo de la población groenlandesa a la explotación minera, que con su oposición a la mina de Kvanefjeld, en el extremo sur de la isla, consiguió que se aprobase en el 2021 una legislación ambiental que prohíbe las explotaciones con altas concentraciones de uranio, un elemento que suele aparecer asociado a los depósitos de tierras raras.
Además de los efectos contaminantes que conlleva este tipo de minería, en el caso de Groenlandia merece la pena poner la atención en otro efecto. Las explotaciones mineras generan nubes de polvo que terminan depositándose en las inmediaciones. De esta forma oscurecen el hielo, lo que dependiendo de la cantidad y el tipo de polvo puede generar un aumento de la absorción de calor y de la fusión.
Qué ocurrirá finalmente con la isla, no podemos saberlo. Una vez más se trata de un choque de intereses: entre la conservación de un clima y ecosistemas de los que dependemos para nuestra supervivencia y la explotación de los recursos naturales, entre las necesidades de una mayoría y el beneficio económico inmediato de una minoría.
No sabemos si Trump llegará a invadir o comprar Groenlandia, o si se trata más bien de una maniobra para situarse en una posición mejor a la hora de negociar la explotación de sus recursos y ejercer control en la zona. Teniendo en cuenta la deriva fascista del estado estadounidense, las perspectivas son grises. Vemos cómo el mundo que conocíamos se derrumba, aunque ha sido ese mismo orden político y económico el que ha generado los monstruos que ahora lo amenazan. Solo cabe preguntarnos qué hacer mientras asistimos al declive.
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