Ahora o nunca: los paisajes más espectaculares (y fugaces) de la primavera en España

Gonzalo Garzón

Hay paisajes que no esperan, que aparecen sin avisar, prácticamente de golpe, duran apenas unas semanas y se esfuman como si nunca hubieran estado ahí. La primavera es, además de la estación más esperada del año por muchos, la más breve del calendario. Y también, una de las más alteradas por el cambio climático. 

Así lo confirman distintos estudios europeos, que demuestran que en las últimas décadas esta estación se ha adelantado entre seis y ocho días de media, incluso hasta dos semanas en el sur del continente. En la práctica, eso significa que floraciones, deshielos o migraciones se activan antes y duran menos. La naturaleza va más deprisa. Y esos paisajes efímeros que antes podían disfrutarse durante semanas ahora exigen una precisión casi milimétrica. Una realidad que es, al mismo tiempo, una invitación urgente a mirar, viajar y entender, para la que Paradores se posiciona como un punto de partida privilegiado desde el que acercarse a estos entornos con una mirada respetuosa y conectada al territorio. 

Tanto es así, que la red de alojamientos ofrece experiencias ligadas a la conservación y protección de los entornos naturales ya que muchos de sus establecimientos se ubican estratégicamente en ecosistemas de gran riqueza biológica o cercanos a espacios protegidos. A ello se suma el proyecto del Bosque Paradores, en el espacio natural de Dueñas. Una zona en la que se han plantado 4.700 árboles, como pinos piñoneros, encinas y almendros, que permitirá capturar 703 toneladas de dióxido de carbono en los próximos 40 años.

De norte a sur

¿Ejemplos? ¿Dónde encontrar alguno de esos paisajes efímeros? Los hay a pares, pero pocos son tan espectaculares como el Salto del Nervión, en la frontera entre Álava y Burgos. Con más de 220 metros de caída, es la cascada más alta de la península, pero también una de las más caprichosas, ya que solo aparece cuando se dan las condiciones adecuadas: lluvias acumuladas o deshielo suficiente. Hay años en los que fluye hasta finales de abril, mientras que otros se apaga en cuestión de días. El espectáculo, cuando ocurre, es sobrecogedor. Un hilo blanco precipitándose sobre el cañón de Delika, rodeado de hayedos y niebla. 

Muy cerca, a unos 35 minutos en coche del salto, el Parador de Argomaniz funciona como refugio tranquilo desde el que explorar el entorno. Situado en un palacio renacentista, permite recorrer los senderos del Monte Santiago y regresar a un espacio donde el paisaje continúa también en la mesa.

El aeropuerto natural de las aves

También en el norte encontramos uno de los humedales más importantes del Atlántico Europeo: las marismas de Santoña, Victoria y Joyel, en Cantabria. Un cruce de caminos en el que miles de aves migratorias, en su viaje hacia el norte, hacen escala en esta época del año, procedentes en muchos casos del África subsahariana. Espátulas, garzas o aves de orilla encuentran alimento en los fangos que deja al descubierto la marea baja. 

A orillas del río Asón, el Parador de Limpias ofrece un contrapunto de calma. Desde este palacio de principios del siglo XX rodeado de jardines con especies centenarias es posible acercarse al estuario en apenas 20 minutos para dedicar la mañana a la observación y regresar después a este recinto sereno —con vocación de retiro— donde revisar fotografías, entender el entorno y descansar en su apacible terraza.

La belleza del bosque jienense

Más al sur, en la Sierra de Cazorla, la primavera irrumpe con intensidad. Entre abril y mayo, el paisaje cambia en cuestión de días. Los robles brotan y las praderas se llenan de flores. Es el momento en el que los ríos Guadalquivir y Borosa bajan con fuerza gracias al deshielo y la fauna —ciervos, muflones y rapaces— se vuelve especialmente activa en las primeras horas del día. Es una primavera breve y cambiante, que ofrece a cada visitante una versión distinta del mismo lugar.  

El Parador de Cazorla, integrado en el propio parque natural, permite vivir ese proceso casi desde dentro. Su arquitectura sobria y su ambiente tranquilo encajan con el ritmo de la sierra. La cocina recupera sabores serranos —gachas, migas, carnes de caza, aceite de oliva virgen extra— y la terraza permite escuchar el sonido del bosque. Con varias rutas que parten prácticamente desde la puerta, es un punto de partida ideal para recorrer el entorno y dejarse llevar por la energía cambiante de la primavera.

La vida en el Delta del Ebro

En el Delta del Ebro, abril ofrece uno de sus momentos más característicos y especiales. Los arrozales se inundan para preparar la siembra y el paisaje se convierte en un espejo de agua donde se reflejan el cielo y las aves. En pocas semanas, el verde cubrirá los campos, pero ahora el delta muestra su esencia. Flamencos, garzas y otras especies aprovechan la abundancia de alimento en este momento clave, en un ecosistema condicionado por la subida del nivel del mar y la falta de sedimentos que llegan desde el río, factores que amenazan su equilibrio. Por eso, observar esta zona mediterránea en esta época del año permite entender su extraordinaria riqueza natural y los desafíos a los que se enfrenta. 

El Parador de Tortosa se emplaza en el recinto del Castillo de la Suda, una fortaleza del siglo X que se alza sobre la ciudad y domina la gran curva del Ebro antes de abrirse hacia el delta. Desde sus murallas se entiende de un vistazo la geografía que hace posible el paisaje recorrido —los arrozales están a unos 30 minutos— y ese protagonismo del río como eje histórico, agrícola y cultural de toda la región. La cocina del Parador recoge esa misma identidad fluvial y agrícola. En su restaurante conviven las verduras de la huerta del Baix Ebre, los pescados de la costa cercana y, por supuesto, los arroces del delta, preparados según la temporada y las variedades locales. Una forma de seguir leyendo el paisaje a través de la mesa.

Rumbo a las islas

La primavera también tiene su versión volcánica en La Palma. Allí, los tajinastes —unas llamativas plantas que parecen candelabros rojos o azules—  florecen en altura mientras la isla continúa recuperándose de la erupción de 2021. El contraste entre el verde nuevo, la lava negra y el azul del Atlántico configura un paisaje singular, donde la vida se abre paso de nuevo.

El Parador de La Palma, rodeado de jardines con más de 70 especies y con vistas al océano, ofrece un punto de partida tranquilo para recorrer la isla y toda esa riqueza. Su arquitectura, con terrazas orientadas al mar, se adapta al entorno, y su cocina, que trabaja con productos locales —mojos, pescados, frutas tropicales y recetas tradicionales—, conecta con la identidad palmera.

Todos estos lugares comparten algo: son fugaces y cada vez más frágiles. El cambio climático adelanta los ciclos, reduce su duración y altera los ritmos que sostienen estos paisajes. Lo que hoy es un espectáculo natural puede cambiar, o desaparecer, en cuestión de años. Por eso, viajar en primavera tiene algo distinto. Es una forma de entender cómo cambia el territorio y apoyar las economías locales, de las que depende, en gran parte, su conservación.