La cosmética del futuro pone a prueba su sostenibilidad

Azahara García

Cada gesto cotidiano deja una huella, incluso los aparentemente más inofensivos como abrir un frasco de crema, terminar un champú o estrenar un lápiz de labios. Al igual que con muchos otros, detrás de cada producto cosmético existe un proceso que comienza mucho antes de que llegue al consumidor y que implica materias primas, agua, energía, transporte y, cada vez más, una pregunta ineludible: qué ocurre con todo ello cuando el producto llega a su fin.

La economía circular ha dejado de ser una tendencia para convertirse en uno de los grandes retos de la industria cosmética. El objetivo ya no pasa únicamente por reducir el impacto ambiental de los productos, sino por repensar todo su ciclo de vida. Reducir, reutilizar, reciclar y, cuando es posible, recuperar recursos. L'Oréal Groupe, una de las mayores compañías de cosmética del mundo, lanzó su primer programa de sostenibilidad en 1995. El actual, L'Oréal for the Future, arrancó en 2020 con metas para 2030 y se articula en cuatro pilares: transición climática, protección de la naturaleza, circularidad e impacto positivo en las comunidades.

Con este programa aseguran haber reducido un 37% el plástico virgen de sus envases desde 2019. Sin embargo, Javier Amores, director de Economía Circular de la compañía sitúa el primer obstáculo en casa: “Hay que convencer primero en interno”, asegura para añadir después que el eslabón más difícil no depende solo de la marca, también de lo que ocurre cuando el envase llega al contenedor.

Cambiar hábitos antes que envases

La primera R de la estrategia, reducir, que en la casa prefieren llamar Prevenir, obligó a revisar rutinas de décadas. “A la hora de hacer previsiones de venta, uno de los retos era ajustar cada vez mejor la planificación a la demanda”, señala Amores. El resultado eran excedentes y productos obsoletos que luego había que reubicar. Pedir al equipo que se ajuste a lo necesario fue, según él, uno de los cambios culturales más costosos, aunque también de los primeros en consolidarse.

El envase es otro de los caballos de batalla de la compañía, los objetivos para 2030 son recortar un 50% el plástico virgen, que la mitad del material de los envases sea reciclado o de base biológica y reducir un 20% la intensidad del packaging. Aquí entra con fuerza el refill o la recarga aunque esto, como reconoce Amores supone también una complejidad técnica. “Tienes dos retos: diseñar un envase de recarga con un mejor perfil medioambiental y, al mismo tiempo, adaptar la fórmula para que mantenga su protección y estabilidad durante el proceso de recarga”, asegura Amores. 

¿Y esto conlleva un aumento del coste? Amores pide abandonar el tópico de que lo sostenible es siempre más costoso —“Si abandonamos esa idea estamos más abiertos a encontrar soluciones económicamente más asequibles para el consumidor”, explica—. Admite que algunas soluciones lo son, pero sostiene que la inversión inicial en innovación ya pasó y que hay alternativas asequibles. Un ejemplo para él son las recargas, que suelen tener una menor concentración de plástico y aluminio y que, además, se vuelven un elemento muy útil para las generaciones más jóvenes, que, según dice, llegan con una conciencia ambiental más arraigada pero un poder adquisitivo menor. 

Cero residuos y circularidad 360

La transformación circular conlleva también controlar lo que llega al vertedero, desde la compañía afirman que ninguno de sus productos va a vertedero. Amores explica que el objetivo prioritario es cero destrucciones, y cuando es inevitable, se recurre a la valorización energética. “Básicamente es que haces una incineración del producto para generar energía que se utiliza en otras industrias”, explica. Eso sí, apunta que diseñar para el reciclaje no basta. “Yo puedo haberlo diseñado para la reciclabilidad, pero necesito que las infraestructuras nos ayuden a separar correctamente ese producto”.

De ahí la apuesta por alianzas. L'Oréal trabaja con Ecoembes y Ecovidrio en un piloto llamado Belleza Circular que apuesta por los contenedores en el punto de venta, con los mismos códigos de color que la calle —verde para el vidrio, amarillo para envases— y una logística inversa propia para recuperar los productos. La idea, que compara con el Punto Sigre de las farmacias, es atacar otro problema, la concienciación del propio consumidor de su papel en el reciclaje.

Y es que, para Amores, todo es una responsabilidad compartida. “El consumidor nos empuja, el regulador nos da el marco y los productores, junto a los proveedores, lideramos el cambio”, asegura cuando se le pregunta por los avances en cuanto a regulación con dos fechas importantes: según el reglamento de envases y residuos de envases, en 2030, solo podrán comercializarse envases diseñados para el reciclaje y, en 2035, ese reciclaje deberá funcionar a escala.