Entrevista
Carlota Visier, escritora: “Mi madre archivó todos mis recuerdos para dejar claro que fui una hija muy querida”
Cuenca no sabía qué era un parque de bolas hasta que la madre de Carlota Visier abrió uno allí a mediados de los años noventa. A partir de entonces, aquel espacio lleno de colorines se convirtió en el escenario principal de su infancia.
Mientras otros niños acudían de forma puntual a celebrar cumpleaños, o a ser custodiados mientras sus padres hacían sus cosas, ella pasaba allí muchas horas al día, en invierno y en verano, haciendo cotidiano lo especial, disfrutando de algo parecido a la celebridad por ser “la hija de la dueña” y encontrando también momentos de recogimiento en medio de las multitudes.
Aquella experiencia, tan llamativa para la mayoría que crecimos en aquellos años, a la vez que reconocible en muchos de sus matices, fue tomando, con el tiempo, forma como obra artística.
“Tengo muchísimas fotografías de mi vida desde incluso antes de nacer. Mi madre me hizo un cuaderno en el que me contaba cómo me iba a llamar, cuando se casó con mi padre, etc. Antes de ser un proyecto yo ya estaba siendo pensada. Y hacía tiempo que quería sacar adelante un proyecto con ese material”, explica Visier. “Además, tengo una editorial que combina mucho las fotos de archivo y la literatura. Tenía las fotos, la historia, la editorial… Así que decidí que iba a publicar un libro contándolo”.
El resultado fue An only child (Ediciones Comisura, 2024), un fotolibro que “reflexiona sobre la soledad en la infancia, porque soy hija única, y ese contraste de la soledad rodeada de gente. Además, claro, el escenario del parque infantil era increíble y es verdad que cuando eres hija de una persona que tiene un negocio, pues siempre estás ahí un poco. Si es un bar, pues en el bar, si es un parque de bolas, pues en medio de los cumpleaños”.
El salto a la novela llegó después, en gran parte gracias a la editora Andrea Toribio de Temas de Hoy, que al conocer aquel primer proyecto vio en él un potencial mayor. “Que alguien me propusiera algo así en un sello grande me dio un poco de pánico”, reconoce la autora. Aun así, decidió asumir el reto. “Lo pensé poco porque me fío mucho de Andrea y confío plenamente en ella. Pensé que podría ser una oportunidad”.
El resultado es Hija única (Temas de hoy, 2026), una novela que recoge ese punto de partida autobiográfico y lo expande a través de la ficción. A partir de la infancia de Irasema, una niña que tiene muchos paralelismos con ella, Visier construye un relato que aborda también qué significaba ser niña en los noventa y la relación profunda, compleja y decisiva que se establece con su madre.
“Escribir Hija única ha supuesto salir de mi zona de confort. Inventar, crear ficciones, editar los propios archivos familiares… Ha sido un poco montar un gran puzle más complejo con todo lo que quería contar, ya que en un libro caben muchos temas”, sostiene la autora, que inscribe su libro en un movimiento literario más amplio que en su opinión busca “no hablar de la infancia como un paraíso perdido, sino más bien como todo lo contrario. Siendo más realistas, contar las cosas desde miradas que hasta ahora no se habían visto. Pienso, por ejemplo, en Andrea Abreu, Elisa Victoria o Lana Corujo”.
La autora inscribe su libro en un movimiento literario más amplio que en su opinión busca 'no hablar de la infancia como un paraíso perdido', sino más bien como todo lo contrario. Siendo más realistas, contar las cosas desde miradas que hasta ahora no se habían visto
La madre como centro
Pero aunque, como decíamos, la protagonista de Hija única es Irasema, una niña de Cuenca, la auténtica factótum del relato es su madre, de la que nunca conocemos el nombre. Sin ella, la historia no existiría.
La madre es quien crea el espacio en el que todo sucede, el parque recreativo Party Fan, quien documenta cada etapa de la vida de su hija, llegando a dedicar una habitación entera de la casa a guardar fotos, recuerdos y demás memorabilia de su propia hija. La madre es quien, en definitiva, da forma al universo que sostiene toda la narración.
Preguntada por esto, la autora afirma: “Las hijas únicas tenemos un vínculo fuerte con la madre”, y reconoce que uno de los grandes objetivos de la novela era “explorar la unión de una hija con una madre famosa, aunque sea a nivel local, una madre protagonista que archiva la vida de la hija que es su foco y su centro, pero al mismo tiempo, pues tiene una vida de mujer trabajadora y es una madre de los 90, con todo lo que eso implicó en ese momento”.
“Me interesaba mucho que el personaje de la madre fuera protagonista por esta relación y porque de verdad quería mostrar cómo era tener un negocio y una familia en esa época”, explica Visier. “Me parece una proeza admirable cómo montó de la nada un parque de ocio infantil que no existía en mi ciudad. Luego, claro está, como toda historia, tiene sus claroscuros”.
Me interesaba mucho que el personaje de la madre fuera protagonista por esta relación y porque de verdad quería mostrar cómo era tener un negocio y una familia en esa época
La madre también es la responsable del archivo de Irasema. La persona que documenta, guarda, clasifica. “Todo ese archivo es bastante real. Mi madre guarda muchas cosas de mi infancia: el sobre con el pelo que me cortaron la primera vez que fui a la peluquería, utensilios de cuando era bebé, el frasco de la primera vacuna, incluso botes de gel vacíos de hace más de treinta años. Todo se ha conservado casi intacto”.
También hay decenas de álbumes de fotos, claro, “incluso algunos pequeños que hizo para que me los llevara cuando me fuera de casa”, recuerda. “Mi madre archivó todos mis recuerdos para dejar claro que fui una hija muy querida, pasase lo que pasase, incluso si ella faltaba. Ese archivo no es solo un símbolo de amor, sino una forma de decir que todo lo que tiene que ver conmigo es importante y merece ser conservado. De alguna manera, yo era su proyecto, y guardar cada cosa formaba parte del mismo”.
Ser observada, convertirse en recuerdo
Uno de los elementos más singulares del libro es precisamente ese archivo y la sensación de la autora y la protagonista de haber sido constantemente observada y archivada.
Pero la conciencia de la singularidad de la historia y de ese extraordinario archivo no surgió de inmediato. Sino que apareció cuando Carlota empezó a compartir su historia con otros. “Empecé a contarlo casi sin darle importancia, como una anécdota más de mi infancia, pero al compartirlo con gente de mi entorno vi que generaba mucha curiosidad”, recuerda. “Cuando venía gente a casa y les enseñaba fotos y recuerdos, su reacción de asombro me hizo darme cuenta de que aquello no era tan ordinario como yo pensaba. Ahí hice clic”.
A partir de ahí, el archivo adquirió un nuevo significado. “Empecé a mirar mi propia historia de otra manera, a revisar lo que había en casa de mis padres y a reflexionar sobre lo que implica tener una vida tan documentada. No solo en fotos o cuadernos, sino en todo tipo de materiales: vídeos caseros, cintas, informes, incluso en objetos aparentemente insignificantes”.
Nostalgia y generación
Más allá de la historia personal, o precisamente por ella, Hija única conecta de forma directa con quienes crecieron en los años noventa. Es casi inevitable para los que forman parte de esa generación sentir cierta nostalgia. Un término que en los últimos años no ha tenido muy buena prensa.
Para Visier la nostalgia ha sido, en este caso, un motor de creatividad. “En el sentido de que a mí me interesa todo lo antiguo”, apunta. “Me atraen sin poder evitarlo las fotos de los rastrillos, los objetos antiguos… Hay algo en los recuerdos que encarnan las cosas que me interesa mucho como escritora”.
“Diría, incluso”, añade la autora, “que cualquier tiempo pasado sí fue mejor. Obviamente no pienso eso a niveles sociales, políticos o de derechos, pero sí que creo que al haber crecido en los 90 hemos sido la última generación en haber conocido el ocio material y el coleccionismo. Hemos sido los últimos que hemos coleccionado fascículos del quiosco, que guardábamos los regalos de los huevos Kinder, que leíamos las mismas revistas, veíamos los mismos programas de televisión o bailábamos la misma canción del verano. En ese sentido, creo que la nostalgia del libro es bonita porque esa época marcó un final y el principio de otra cosa”.
Creo que los crecidos en los 90 hemos sido la última generación en haber conocido el ocio material y el coleccionismo
Aun así, esa evocación no implica idealización. Mientras escribía el libro, Visier también se enfrentó a las limitaciones de ese contexto. “También había muchos problemas: conflictos sobre qué te tenía que gustar, cómo tenías que ser físicamente, los cánones de belleza… Yo lo estoy idealizando un poco porque me he metido en la visión de la niña, en lo que está viendo y sintiendo, pero idealización poca”, añade.
El proceso de escritura de Hija única ha sido, en sí mismo, una forma de ordenar y entender su propia historia. “Este libro ha sido un proceso largo, de años”, reconoce. “Al principio todo estaba disperso, en cuadernos o en mi cabeza, y fue al ponerme en serio cuando reuní el material y le di forma”, explica.
Escribir esta historia fue también revelador en el sentido de que la autora descubrió que algunos rasgos de su carácter se derivan directamente de aquellos años. “Se me da muy bien tratar con niños y adolescentes, fui profesora durante años, y creo que tiene que ver con ese entorno”, afirma. “Me ha quedado, además, una especie de impulso por hacer que la gente se lo pase bien, por pensar en cómo entretener o sorprender. Es como un pequeño sentido del espectáculo que llevo dentro”. Desde luego, con este libro lo consigue.