¿Qué pasa cuando la relación con tu madre no es buena?
¿Qué pasa cuando la relación con tu madre no es buena?
1.
Existe una madre dentro de un coche, una madre al teléfono móvil, ventanilla abierta, mano derecha en el cambio de marchas sujetando también un cigarrillo manchado de pintalabios. Cuando cuelga, saca la cabeza por fuera, expulsa el humo y suspira. En el siguiente semáforo supervisa sus uñas de manicura impecable, voltea la cabeza y supervisa que sus dos hijas estén en su sitio, acabándose el bocadillo de paté que preparó el domingo y congeló junto al resto de desayunos y meriendas. Le dice a una que no tire migas. Le dice a la otra que cómo se ha hecho ese agujero en los leotardos, que si eso de ahí es sangre, si ha ido a la enfermería… no acaba la pregunta, toca el claxon, cabrón, grita. Las hermanas se miran entre ellas ¿cómo ha visto el boquete en los leotardos? ¿tiene rayos uva que atraviesen los asientos del coche? ¿y cómo ha presagiado ese taxi que se iba a cruzar? Las dos niñas terminan sus bocadillos, charlotean, le hablan de los deberes. Ella hace muchas preguntas, sonríe. En el siguiente semáforo, se gira y les acaricia las piernas, a las dos, a la vez. Una de ellas dice, el paté es un rollo. Y la otra dice, ya ves. La madre hace una medía sonrisa, y dice, quien sabe, quizás mañana os toque nocilla. Las dos hermanas gritan. Ella mira por la ventanilla, da una calada, y deja caer la mirada.
Si pienso en mi madre siempre recurro a esa imagen. El pequeño triángulo entre los asientos delanteros que me permitía contemplarla, admirarla en sus quehaceres diarios, atribulada, pero organizada, agresiva al volante, pero dulce con nosotras, transparente en su día a día, pero con esa mirada, que solo años más tarde, me llegué a preguntar qué escondía. ¿En qué piensan las madres? Es algo que nos golpea de adultas, quizás ya demasiado tarde.
2.
A las madres las damos por hecho. “Para mí, mi madre no tiene historia. Siempre estuvo aquí”, escribe Annie Ernaux en Una mujer (Cabaret Voltaire), libro en el que recuerda a su madre tras su muerte.
Pasamos una primera etapa de creer que si nos damos la vuelta siempre estarán ahí. Crecemos unos centímetros para empezar a admirarlas, queremos sus tacones, su conducción temeraria y su capacidad para acordarse de los nombres de todos los profesores, médicos, amigos y padres de amigos. De un día para otro dejamos de entenderla. Molesta, pregunta demasiado, sabe demasiados nombres de amigos y padres de amigos. La distancia se ensancha. Son años duros como hija díscola, pero como madre es mucho peor, las sonrisas son para todo el mundo menos para esa que hace dos días era la mujer más mejor del mundo mundial. Pasarán unos cuantos años hasta llegar a entenderlas, para ponernos en su sitio, para entender que esas horas en la cocina, planchando, corriendo, congelando bocadillos, y controlándolo todo han sido a costa de una vida. Una vida que además de ser tu madre, es la de una mujer que da la casualidad que también siente, sueña y desea. Ah, amigas, el día que descubrimos que detrás de nuestra madre hay alguien a quien podemos preguntarle cómo está, menuda sorpresa.
3.
Hay días que me levanto y sostengo que quien soy lo conforma la relación con mi padre, nuestros silencios, la admiración, esas concesiones que se ganan los padres haciendo poco, muy poquito. Luego hay otras mañanas en que estoy convencida de que el carácter lo moldea una madre. Que cada día que pasa soy más ella en los gestos, en la desenvoltura, en la queja.
Leí el libro Daddy Issues. Un análisis sobre la figura del padre en la cultura contemporánea (Alpha Decay), de la psiquiatra y sexóloga Katherine Angel, y lo entendí: el padre es la figura que nos separa de nuestra madre y del efecto nido, es quien nos abre las puertas a la libertad y la madurez. Aquel que nos permite el desapego, es quien nos permite entender que existimos más allá de la mirada paternal. De ahí que, repito, haciendo poco, muy poquito, siga siendo el primer amor.
4.
Justo el otro día escuchaba a Bárbara Arena contarle a Javier Aznar su mayor miedo: la muerte de su madre. Cuenta que ella tiene una relación ambivalente pero bonita con su madre, y que ha sido más tarde, y gracias a las sesiones con su psicoanalista que descubre a la madre como personaje fundamental en su vida. Que aunque siempre hablemos de la relación padre-hija, sobre todo en términos psicoanalíticos, es el descubrimiento de la figura de la madre el que acaba resultando revelador. Elena Ferrante lo llama el primer “amor molesto”, la primera confusión afectiva de una larga lista de relaciones de ambivalencia y dependencia que están por llegar en nuestras vidas. Por ese mismo motivo dejé de ir al psicólogo. Ya son tres psicólogos a los que he hecho ghosting, es decir, no he vuelto sin darles ningún tipo de explicación. Una auténtica maleducada. Pero es que cuando empiezan a preguntarme por mi madre, su infancia, la relación con su madre, siento que no debería ser yo la que esté en esa butaca. Y desaparezco.
5.
Como mujeres pasamos muy rápido de ser hijas a ser potenciales madres. A mi alrededor mis amigas están pariendo y cambiando pañales sin parar. Suena a cadena febril de producción, quizás es más una sensación que una realidad. Pero las contemplo y pienso: todo lo que hagas a partir de ahora está por definir la relación madre-hija. Empiezo a notar en su actitud cierto sentimiento de posesión, ese mismo que en su momento tanto las angustió a ellas. ¿Es esa misma amiga con la que hace dos días compartía cañas y construíamos una identidad conjunta la que está a punto de moldear el carácter de ese ser tan pequeñito que todo el día la acompaña? Justo ahí es cuando proyecto siempre la misma imagen: ese ser pequeñito sentado delante del psicólogo. Y juntas en la habitación mi amiga, que es su madre, y su madre, y la madre de su madre, en una cola infinita de mujeres preguntándose qué se esconde tras la mirada de una madre.
Hay un ensayo que creo que te gustará mucho, Isa, apunta el título: Las hijas horribles (Libros del KO), lo escribe la periodista y escritora Blanca Lacasa, que recopila testimonios de mujeres que durante mucho tiempo se han considerado malas hijas. “La culpa suele encontrarse indisociablemente unida a la perfección proyectada sobre la figura materna (...) Probablemente tampoco ayude demasiado la percepción largamente cultivada por nuestras madres de que somos su posesión. Una propiedad de la que, por otra parte, se suele esperar demasiado”, escribe Blanca.
6.
Leí a Blanca Lacasa para darme cuenta de una obviedad: no sé si quiero o puedo ser madre, pero lo que sí sé seguro es que nunca voy a dejar de ser hija. Hay días, en casa de mis padres, que me descubro con el traje de hija puesto: pongo la cara de hija modélica, hago bromas de hija payasa y recojo la cocina como hija responsable. Es un traje al que se le ven las costuras cuando hay otras personas ajenas a la familia nuclear, por ejemplo, la pareja de mi hermana, ahí resalta todavía más lo burdo de la actuación, rechinan las vocecitas, molestan las sonrisas estiradas. Actuamos como las hijas que fuimos para poder cruzar la puerta de casa y huir de esa misma figura.
7.
Pero tenemos derecho al desapego. “La hija egoísta, olvidadiza y despiadada. La hija que decepciona, que defrauda, y que hiere. La hija rebelde. Nos está prohibido cuestionar a nuestras madres. Y es nuestro deber y salvación respetarlas, idolatrarlas y darles gracias siempre y en todo lugar”, dice Blanca en el primer capítulo del ensayo. A nuestras madres las hemos dado por supuesto, las hemos admirado, rechazado y entendido, y quizás, para algunas, ha llegado el momento también de alejarlas.
Porque una siempre será hija, pero ese cordón que la ata puede y debe soltarse, porque aunque el sentimiento de deuda esté ahí, una a veces debe anteponerse. Y con esto no quiero caer en el mal de nuestros días de ‘lo primero eres tú’. Me refiero a anteponerse al dolor, a las tiranteces, a los desaires, al descuido y al abandono. Dan igual los detalles de vuestra relación, Isa, lo que cuenta es que lo que una cree que debería ser un amor ya no lo es.
8.
Existen nuestras madres más allá de nosotras, suéltala si eso es lo que deseas. “Trato de no considerar la violencia, los desbordamientos de ternura, los reproches de mi madre sólo como rasgos personales de carácter, sino de situarlos también en su historia y en su condición social. Esta manera de escribir, que me parece ir en el sentido de la verdad, me ayuda a salir de la soledad y la oscuridad del recuerdo individual, por el descubrimiento de una significación más general. Pero siento que algo en mí se resiste: querría conservar de mi madre unas imágenes puramente afectivas, calor o lágrimas, sin darles un sentido”. Esta es Annie Ernaux intentando entender a su madre y toda esa culpa y remordimientos que acumula, esa visceralidad que la ataba a ella.
Nos han hecho creer que madre no hay más que una y que, atadas a ella, prosperaremos, creceremos, nos comprenderemos a nosotras mismas. Pero debemos desprendernos de esta idea de pertenencia. No existe la posesión familiar más allá del imaginario que hemos construido entre todos. Rodéate de otras personas, no dejes que este vínculo marque tu pesar. Porque no hay hijas malas, sino hijas que cortan el cordón umbilical, que se alejan para buscar afectos y cuidados en otros seres.
Llevamos tanto tiempo conviviendo con esa presencia, este juego de espejos que es la maternidad, que creemos que no sabremos existir sin ella. Vivian Gornick, en el maravilloso libro Apegos Feroces (Sexto Piso), apunta sobre la evolución de la relación con su madre, ahora que ambas son ya mayores: “Hemos alcanzado un grado de distancia permanente. Atisbo los placeres del alejamiento. Este pedacito de espacio me proporciona la intermitente pero útil emoción resultante de creer que comienzo y termino en mí misma”. No empiezas ni acabas en los demás, sino en ti. Buena suerte, Isa.
Siempre tuya,
Andrea.
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