Los restos de una momia siberiana de 2500 años muestran una cirugía de mandíbula completamente desconcertante
El dolor le cruzó la cara y le dejó la boca torcida mientras intentaba cerrarla con la mano. Una mujer joven había sufrido una fractura en la mandíbula tras un golpe seco en el lateral de la cabeza y tuvieron que intervenirla para que pudiera volver a hablar y tragar sin ahogarse. La presión en la articulación le impedía masticar y cada intento le arrancaba un espasmo que la obligaba a detenerse. Quedó claro que, sin ayuda, no resistiría mucho tiempo en esas condiciones.
Un análisis forense destapó una operación milenaria que nadie esperaba encontrar
Esa necesidad de abrir la boca, fijar el hueso y devolver movilidad a la mandíbula es justo lo que un equipo de investigadores rusos ha documentado al revisar los restos de una mujer Pazyryk hallada en 1994. El grupo detectó con tomografía computarizada una operación compleja en la articulación temporomandibular derecha que permitió a la paciente sobrevivir tras una lesión grave.
El hallazgo sitúa esa intervención hace unos 2.500 años y la convierte en uno de los casos más antiguos conocidos de cirugía mandibular de este tipo. La revisión se centró en el cráneo conservado en el permafrost de la meseta de Ukok, en el sur de Siberia.
Las imágenes médicas revelaron que el impacto había aplastado el hueso temporal y destrozado la articulación que conecta la mandíbula con el cráneo, situada junto al oído. La mandíbula había quedado fuera de su eje, una situación que habría impedido hablar con claridad y comer por el lado derecho.
Natalia Polosmak, de la Academia Rusa de Ciencias, explicó que “esta parte momificada de piel en el cráneo de la mujer enterrada no permitía una investigación antropológica, pero queríamos aprender todo lo posible sobre ella”, y añadió que el estudio con tomógrafo fue la única oportunidad de examinarla sin dañar el tejido. El equipo trabajó con especialistas de la Universidad Estatal de Novosibirsk para retirar de forma digital la capa conservada y observar el hueso.
Un sistema con fibras animales mantuvo unidas las piezas dañadas dentro de la articulación
El cráneo mostraba señales de que la intervención se realizó cuando ella aún estaba viva, porque el hueso había crecido alrededor de las perforaciones. Ese crecimiento formó un anillo de tejido compacto en torno a los orificios y apunta a que la paciente sobrevivió meses o incluso años después de la operación. Además, los molares del lado izquierdo presentaban un desgaste acusado y pequeñas fracturas, mientras que los del lado derecho estaban mucho mejor conservados. Ese patrón encaja con alguien que masticó durante largo tiempo solo por el lado sano para evitar el dolor.
La tomografía también permitió identificar dos conductos estrechos de unos 1,5 milímetros perforados en ángulo recto en los huesos que forman la articulación dañada. En el interior aparecieron restos de un material flexible, probablemente crines de caballo o tendón animal, que habría servido para mantener unidas las superficies articulares.
El radiólogo Andrey Letyagin, de la rama siberiana de la Academia Rusa de Ciencias, afirmó que “es posible que hayamos descubierto pruebas de un procedimiento quirúrgico de este tipo por primera vez”, y describió ese sistema como una prótesis primitiva que mantenía la articulación en su sitio y permitía mover la mandíbula. Aun así, la paciente no podía masticar por el lado lesionado debido al dolor intenso.
La cultura Pazyryk cuidó a la herida en vida y también la despidió con respeto
La mujer pertenecía a la cultura Pazyryk, un pueblo nómada que habitó la región de Altái entre los siglos VI y III antes de Cristo. Sus enterramientos en suelo helado han conservado madera, tejidos e incluso piel tatuada, lo que ha facilitado estudios detallados. Ya se sabía que practicaban trepanaciones craneales y que tenían conocimientos anatómicos vinculados a sus rituales de momificación.
En declaraciones recogidas por Gizmodo, Polosmak señaló que “en esta sociedad, cada persona era valorada en vida simplemente por su existencia y honrada después de la muerte”, una idea que cobra fuerza si se tiene en cuenta el esfuerzo invertido en operar a alguien con una lesión tan severa.
El enterramiento de esta mujer no contenía objetos llamativos y solo incluía una peluca típica y un lecho de madera dentro de una cámara hecha con troncos de alerce. Aun así, esa estructura exigía un material valioso en una zona con pocos árboles, lo que indica que recibió un cuidado funerario similar al de otros miembros del grupo. Cuando los arqueólogos la localizaron en 1994 en la meseta de Ukok, la tumba pasó casi desapercibida frente a sepulturas más ricas asociadas a la misma cultura.
Tres décadas después, el estudio detallado del cráneo ha mostrado que aquella joven de entre 25 y 30 años fue intervenida con una técnica que le devolvió la capacidad de mover la mandíbula y le permitió seguir con vida en un entorno duro donde una lesión así solía ser mortal.
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