Mirar más, mostrar menos: por qué los jóvenes han cambiado su relación con las pantallas

Andrea Proenza

15 de septiembre de 2026 22:00 h

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Aquellas generaciones que vivimos el nacimiento de las redes sociales —Tuenti, Facebook y MySpace, a las que unos años después se sumaría Instagram— empezamos a concebir cada vez más nuestra vida como algo público, compartible. Durante la etapa analógica, las fotografías apenas eran vistas por quienes tenían el interés —y la paciencia— suficiente para permanecer sentados en el salón de casa pasando las hojas del álbum familiar. Después, la digitalización trajo consigo incontables imágenes almacenadas en carpetas en el disco duro de nuestros ordenadores. Las redes sociales dieron un paso más: no solo permitían guardar aquellos recuerdos, sino mostrarlos. Poco a poco, compartir la propia vida se convirtió en una parte más de vivirla.

Sin embargo, en los más de 15 años transcurridos desde el nacimiento de Instagram, donde hemos compartido (casi) todo, también ha aumentado la conciencia sobre quién puede estar al otro lado de la pantalla, cuánto tiempo permanece aquello que publicamos y qué ocurre con toda la información sobre nosotros que acumulan las grandes plataformas tecnológicas.

Los jóvenes de la generación Z parecen convivir así con una paradoja: pasan buena parte de su vida conectados y consumen enormes cantidades de contenido, pero eso no significa necesariamente que estén dispuestos a mostrar su propia vida con la misma despreocupación con la que lo hicieron quienes estrenaron Facebook, Tuenti o Instagram años atrás

Es posible encontrar perfiles prácticamente vacíos detrás de una intensa actividad digital

¿Se exponen realmente menos los jóvenes? ¿Es una cuestión de mayor conciencia sobre la privacidad, de miedo a la mirada ajena o de una nueva forma de entender qué partes de la identidad merece la pena hacer públicas? ¿Cuánto están dispuestos a compartir y, sobre todo, con quién? 

Conectados, pero cada vez menos expuestos

Los más jóvenes pasan mucho tiempo conectados a la red. Según el último estudio sobre los hábitos de salud de los niños en edad escolar (HBSC por sus siglas en inglés), que coordina la Organización Mundial de la Salud, el 36% de los adolescentes de entre 11 y 15 años vive conectado casi todo el tiempo a lo largo del día, una cifra que se eleva hasta el 44% en chicas de 15 años. Las redes se han convertido en un espacio central de socialización que les permite mantener conversaciones y amistades, hacer planes o generar códigos culturales compartidos. No estar en internet puede significar también quedarse fuera de una parte de la vida social del grupo.

Sin embargo, la paradoja se produce cuando, pese a dedicar gran parte de su cotidianidad al espacio digital y consumir grandes cantidades de contenido, muchos jóvenes dejan cada vez menos constancia pública de sí mismos. Es posible encontrar perfiles prácticamente vacíos detrás de una intensa actividad digital.

Mª Dolores Sánchez Hernández, profesora de la UNED e investigadora en Psicología Social, explica que esta transformación de usuarios más activos —publicar, comentar, mostrarse— hacia formas de participación más pasivas —consumir contenido sin exponerse demasiado— responde a varios motivos. En primer lugar, porque “hay un mayor conocimiento de los riesgos asociados a exponerse públicamente. Esta generación ha crecido con la vigilancia algorítmica como telón de fondo y sabe que sus publicaciones pueden estar expuestas a audiencias que no controla”, asegura. El concepto de “huella digital” cada vez está más interiorizado y saben que lo que se publica en internet “puede permanecer indefinidamente y tener consecuencias futuras académicas, laborales, sociales, etc.”, explica.

A una mayor conciencia, sin embargo, se suman las propias transformaciones que han experimentado las plataformas y la profesionalización del contenido que circula por ellas. Si en sus primeros años las redes favorecían una publicación más espontánea que te conectaba con tus amigos, hoy sus lógicas han virado hacia los algoritmos de recomendación y el scroll infinito, en el que puedes pasar horas consumiendo contenido de personas que no conoces. Además, buena parte de lo que aparece en ellas pasa ahora por el filtro de lo aesthetic: imágenes cuidadosamente seleccionadas, cuerpos normativos y vidas aparentemente perfectas.

Esta generación ha crecido con la vigilancia algorítmica como telón de fondo y sabe que sus publicaciones pueden estar expuestas a audiencias que no controla

Esa exposición constante a una realidad altamente ‘curada’ ha promovido “ideales de belleza inalcanzables y estilos de vida idílicos” y está vinculada, explica Sánchez Hernández, “con mayor comparación social, insatisfacción corporal y síntomas de ansiedad y depresión”. “Hoy, muchos temen no estar ‘a la altura’ de un estándar que, paradójicamente, ellos mismos saben que es artificial”, añade.

Publicar, por lo tanto, puede convertirse para los jóvenes en una experiencia agotadora, tanto por sus posibles repercusiones como por la ansiedad asociada a la exposición y a la mirada y la opinión de los demás. Pero eso no significa que hayan dejado de querer compartir su vida, sino que han empezado a buscar formas de hacerlo reduciendo esa exposición y recuperando cierto control sobre aquello que comparten.

Elegir quién puede mirar 

Utilizar la función “mejores amigos” de Instagram; aplicaciones como BeReal que carecen de grid (la cuadrícula donde se almacenan las imágenes) y donde no puedes aplicar filtros de edición; el uso de cuentas principales públicas (conocidas como rinsta, por real Instagram) y secundarias privadas (o finsta, por fake Instagram); así como tendencias al estilo del ghost-posting, donde publican fotografías en Instagram para, inmediatamente después, archivarlas, evitando que aparezcan en el feed de otras personas, y desarchivarlas semanas después. Todas estas estrategias permiten a los jóvenes participar del ecosistema digital bajo sus propios términos. 

Maialen Garmendia Larrañaga, doctora en Sociología, profesora de la Universidad del País Vasco y directora de EU Kids Online (Menores en red) concibe todas estas acciones como “un avance, ya que están gestionando con más cuidado la imagen que proyectan y la cantidad que proyectan de sí mismos”. En esto coincide Sánchez Hernández, quien, además, observa en el ghost-posting un buen ejemplo de lo que les sucede a muchos jóvenes: “Lo que genera ansiedad no es tanto la imagen en sí, sino el momento de exposición pública inmediata [...] Al retrasar la publicación efectiva, el joven elimina esa ventana de evaluación social sincrónica (notificaciones, comentarios, expectación, etc.) pero conserva la parte que sí le interesa: tener un perfil, una especie de 'carrete' o diario visual, cuidadosamente ‘curado’, que exista para quien decida visitarlo por su cuenta más adelante”. 

Todo ello devuelve a los jóvenes —y todo aquel que experimenta fatiga digital y decide llevar a cabo estas acciones— un cierto grado de agencia y parte del control que el feed público les quita. Sin embargo, aunque es esencial que en una sociedad tan digitalizada, “las personas aprendan a utilizar estos dispositivos, estas tecnologías y que sean conscientes de las consecuencias que pueden tener determinados usos” —explica Garmendia Larrañaga— la responsabilidad no puede —ni debe— recaer únicamente en los usuarios. “Deberíamos tener una política común que exija a las plataformas cumplir las leyes, ponernos de acuerdo en qué hacer con este tema y reclamar una mejor seguridad por defecto”, continúa.

Están gestionando con más cuidado la imagen que proyectan y la cantidad que proyectan de sí mismos

De hecho, las propias plataformas ya empiezan a estar al tanto de estas necesidades y las ven como oportunidades de mercado. En la nueva versión de pago Instagram Plus, la plataforma promete al usuario “acceder a funciones exclusivas diseñadas para que profundices tus amistades, tengas más control sobre tu experiencia y puedas expresarte de nuevas formas”. Entre ellas, publicar sin que el post acabe en el feed de tus seguidores. Es decir, puedes tener una experiencia más segura y controlada en la plataforma por una determinada cantidad de dinero al mes. Pero exigir a las empresas digitales que diseñen plataformas y experiencias de usuario más seguras y amables sin que se conviertan en oportunidades de negocio debería ser un trabajo obligatorio de los organismos reguladores. 

La cuestión de fondo, por tanto, no gira en torno a un rechazo completo hacia las redes, sino a un deseo por habitarlas y hacerse visibles dentro de ellas de otra forma. Ignorar esta tensión o dejarla en manos de las grandes plataformas supone pasar por alto que internet forma ya parte de los espacios en los que construyen amistades y su propia identidad. Para muchos jóvenes, no poder estar en ellos —o no poder hacerlo en condiciones seguras— también implica una forma de exclusión. 

Esta generación de jóvenes sigue mirando, conversando y construyendo vínculos en el entorno digital —de hecho, más que ninguna otra—, pero empiezan a separar con más cuidado aquello que consumen de aquello que están dispuestos a mostrar. Después de años en los que publicar parecía casi inseparable de estar en internet, la nueva forma de participar puede consistir precisamente en lo contrario: seguir ahí sin tener que enseñarlo todo.