Las gafas de Meta y el problema de convertir la vigilancia en algo estético
De ser las gafas con inteligencia artificial “diseñadas para proteger la privacidad y darte el control”, a ser rebautizadas como las pervert glasses (gafas de pervertidos). Las gafas de Meta han puesto en jaque una tendencia que ya se veía años atrás: ¿en qué momento se ha banalizado la vigilancia?
La respuesta está por todas partes. En TikTok se ha viralizado el “CCTV edit”, un filtro que reduce la saturación de los colores y añade grano de cámara de seguridad a los looks de ropa para parecer grabado en la calle sin salir de casa. Ya no solo consumimos la estética del control: la producimos sobre nosotros mismos. A esto se suma el photodump (la publicación de varias imágenes en carrusel), que normaliza la exposición constante de la vida cotidiana, mientras un ejército de “vigilantes digitales” persigue a desconocidos por las calles a cambio de viralidad. Poco a poco hemos dejado de temer la vigilancia para interpretarla: la convertimos en contenido, en un juego visual que oscila entre la autorregulación y la pura actuación, y que nos vuelve, de paso, más desconfiados de quienes nos rodean.
“Nunca antes habíamos llegado a este nivel de vigilancia. Ahora estos dispositivos están contextualizando tu entorno y comunicándose entre ellos”, explica Rodrigo Taramona, divulgador de tecnología, en una entrevista con elDiario.es. El pasado mes de marzo, una investigación conjunta de Svenska Dagbladet y Göteborgs-Posten puso en duda la privacidad de las gafas inteligentes que fabrica EssilorLuxottica junto a Meta, la multinacional liderada por Mark Zuckerberg que ha anunciado esta misma semana que pagará 18.000 millones de dólares para cerrar las demandas por adicción infantil a Instagram y Facebook.
En esta investigación, analistas de contenidos subcontratados en Kenia aseguraron haber “visto a gente en el baño, desnudándose, teniendo relaciones sexuales o viendo pornografía. Se han adentrado en el hogar, donde incluso han podido ver números de tarjetas bancarias”. A esto se suma el testimonio de varias chicas en redes que denuncian haber sido grabadas por hombres que las increpaban en la calle sin su consentimiento.
“Estamos voluntariamente contando nuestras intimidades más privadas a inteligencias artificiales que encima se están entrenando con estos datos y que, por supuesto, pueden señalar”, alerta Taramona. “Así que sí, estamos viviendo en el momento de mayor recaudación de datos y de invasión de la privacidad”.
Nunca antes habíamos llegado a este nivel de vigilancia. Ahora estos dispositivos están contextualizando tu entorno y comunicándose entre ellos
El deseo de ser vigilado
“Ser visto es existir, mientras que si permaneces oculto corres el riesgo de caer en la irrelevancia”, sostiene Gil Baptista Ferreira, sociólogo y autor de La estetización de la vigilancia: visibilidad, afecto y la economía moral del capitalismo digital (2026). Ferreira parte de la sociedad de la transparencia de Byung-Chul Han y de la reproductibilidad técnica de Walter Benjamin para explicar cómo “la vigilancia ha dejado de ser un aparato externo y coercitivo para transformarse en una práctica estética y afectiva normalizada a través de la visibilidad y el placer”. “Ya no se impone por la fuerza, sino que es un régimen participativo sostenido por el deseo de los usuarios de ser vistos y observar a los demás”, añade.
Uno de los mayores teóricos de la vigilancia fue Michel Foucault, quien recogió la idea del panóptico carcelario de Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII donde una torre central rodeada de celdas que permitía ver a los internos sin que supieran si los observaban. Su éxito yacía en la incertidumbre: al no saber cuándo los miraban, los sujetos interiorizaban la norma y se autorregulaban. En 1975, Foucault retoma esta figura en Vigilar y castigar para explicar cómo el poder dejó de necesitar la fuerza física porque el propio sujeto moderno se convirtió en su vigilante en escuelas, cuarteles y fábricas. Sin embargo, en la era de las redes sociales, Ferreira sostiene que “esta mirada ya no es punitiva, sino afectiva, horizontal y estética; un espacio donde el control se vuelve genuinamente deseable”.
La vigilancia ha dejado de ser un aparato externo y coercitivo para transformarse en una práctica estética y afectiva normalizada a través de la visibilidad y el placer
Esta mutación encuentra su engranaje perfecto en lo que la investigadora Louisa Rogers define como un “lavado de cara estético” (aesthetic makeover) de la vigilancia. Según Rogers, las industrias del consumo y la moda camuflan la naturaleza intrusiva del capitalismo de vigilancia (la extracción de datos masiva teorizada por Shoshana Zuboff) para vendérnosla como un objeto de deseo. Para rebajar la incomodidad que despierta el rastreo algorítmico, la cultura visual recurre a una estrategia nostálgica: filtros granulados y marcas de tiempo que imitan videocasetes antiguas. De pronto, el control digital pierde su frialdad corporativa y se transforma en un recuerdo de diseño “inofensivo y familiar”.
El ejemplo más radical ocurrió con la polémica campaña publicitaria de los almacenes de lujo Harvey Nichols en 2015 titulada: “¿Te gustan las cosas gratis? Consíguelas legalmente”. Para promocionar su aplicación de recompensas, la marca utilizó grabaciones reales de sus cámaras de seguridad que mostraban a ladrones robando ropa dentro de la tienda, pero editó el vídeo cubriendo las caras de los delincuentes con cabezas animadas de dibujos en 2D. Con este movimiento, una herramienta de control y persecución del delito se recicló como un contenido pop divertido, demostrando la enorme capacidad del mercado para convertir la vigilancia real en un fetiche visual apetecible. “Al fusionar las pantallas con el cuerpo, ser observado se despoja de su carga negativa para reconfigurarse como una herramienta erótica de autoexpresión, donde las viejas dinámicas del vigilante y el vigilado se disuelven en un juego voluntario de voyeurismo y exhibición hedonista”, argumenta Rogers.
Es en este ecosistema donde cobran pleno sentido fenómenos como la tendencia viral “TikTok: do your thing (TikTok haz lo tuyo)”, en la que jóvenes graban a desconocidos en espacios públicos aportando ubicaciones y rasgos físicos para que la comunidad virtual los ayude a dar con su paradero. Un estudio de la Universidad de Washington concluye que en estos contenidos “se utiliza la ternura o la cursilería para normalizar la vigilancia interpersonal, haciendo que el acto de ser observado y rastreado parezca inofensivo y divertido”. Las normas internas de la plataforma dictan que este rastreo mutuo es algo apropiado, diluyendo los riesgos reales de acoso o de doxing, entendido como la divulgación maliciosa de información privada sin consentimiento.
Esta “ternura” con la que las redes normalizan el rastreo callejero opera bajo la misma lógica que los dispositivos tecnológicos corporales. Los wearables de última generación o los Probadores Virtuales (VTO) disfrazan la extracción de nuestros datos bajo la atractiva promesa de la hiperpersonalización y el bienestar. A través de alianzas que transforman el monitoreo constante en símbolos de estatus como el anillo Oura x Gucci o la tecnología invisible de Google Jacquard tejida en chaquetas de Levi's, la vigilancia consigue su victoria definitiva.
Lo que antes infundía temor, hoy se integra de forma silenciosa. Es lo que se traduce en la práctica en las herramientas de Probadores Virtuales (VTO) de firmas como Dior o Louis Vuitton, sistemas de realidad aumentada que, bajo el análisis de Rogers, logran camuflar la extracción de datos biométricos mediante la diversión y el juego de probarse ropa o maquillaje en una pantalla“.
En el fondo, todo este engranaje lúdico responde a un fenómeno colectivo que el cineasta Adam Curtis bautizó en 2016 como “HiperNormalización”. Curtis describía cómo en la URSS tardía todo el mundo sabía que el sistema estaba roto, pero nadie se podía imaginar una alternativa, así que simplemente fingían que su realidad era normal. De un modo similar sucede hoy con los entornos digitales. Como señala Taramona: “[La vigilancia] está tan metida entre nosotros que la hemos asumido y nos hemos entregado a ella, y fíjate que uso voluntariamente la primera persona del plural”.
Los datos son nuestros
Esta aparente rendición colectiva está empezando a resquebrajarse desde abajo. La complacencia ante las gafas inteligentes de Meta se está transformando en rechazo frontal: en las calles, los usuarios ya reportan miradas de hostilidad, mientras que cada vez más comercios, restaurantes y locales de ocio cuelgan carteles prohibiendo explícitamente su entrada. En las redes, una ola de “cancelación” en forma de pérdida masiva de seguidores está penalizando a los influencers que graban a su audiencia de forma encubierta, explica The Guardian.
La complacencia ante las gafas inteligentes de Meta se está transformando en rechazo frontal: en las calles, los usuarios ya reportan miradas de hostilidad, mientras que cada vez más comercios, restaurantes y locales de ocio cuelgan carteles prohibiendo explícitamente su entrada
Esta contraofensiva ciudadana también se libra a través de la estética y la innovación textil. Si el mercado nos convenció para vestir la vigilancia, ahora la vanguardia de la moda busca vestirnos para sabotearla. Es el ecosistema de la llamada moda adversaria (adversarial clothing), prendas diseñadas específicamente para engañar y confundir a los sistemas de reconocimiento facial automatizados. Marcas pioneras como Cap_able, fundada por la diseñadora Rachele Didero, confeccionan prendas con patrones cromáticos e imágenes hipercomplejas que saturan el ojo de la inteligencia artificial. Al escanearlas, el algoritmo se confunde y codifica a la persona como si fuera un animal, un perro, una cebra o una jirafa, para así proteger su identidad y sus datos biométricos.
Como adelantó la propia diseñadora al periódico británico, el objetivo principal es abrir un debate público urgente sobre los límites del control digital: “Cap_able nace con el objetivo de concienciar a la gente sobre el derecho a la privacidad biocognitiva, un derecho humano fundamental que hoy en día está cada vez más desprotegido”.
Pero la verdadera alternativa a esta distopía no pasa únicamente por camuflarse o boicotear los dispositivos. Requiere una transformación estructural profunda que apele a la educación y a un cambio radical de mentalidad sobre la propiedad de nuestra información: “Esta revolución tecnológica invita a una revolución de conciencia, una revolución espiritual también y una revolución cultural en la que tenemos que entender que hemos creado algo que, o por primera vez nos ponemos todos a una, o entonces estamos perdidos”, advierte Taramona.
Frente al modelo actual en el que un puñado de corporaciones extrae y monopoliza la experiencia humana, el divulgador plantea que el destino lógico de los datos colectivos debería ser el bienestar común, despojándolos de su valor como mercancía privada. “La inteligencia artificial tal y como la conocemos ahora tiene que ser un recurso natural”, dice el experto, que asegura que la única alternativa justa es reclamar lo que nos pertenece por derecho de creación colectiva: “Tenemos que imaginar y construir un futuro en el que se dice: 'No'. Esto [la IA] es de todos, porque lo hemos hecho todos. Que no te engañen, lo hemos hecho todos. Entonces, como es de todos, como lo hemos construido todos, tiene que ser de todos. Ahora, ¿cómo hacemos que tengamos una inteligencia artificial a la que le des todos estos datos para que sea equitativo, para que todos tengamos no solo comida, techo y agua?”. Es ahí, dice Taramona, donde está la exigencia de una soberanía tecnológica común y una educación crítica, donde verdaderamente empieza la lucha contra el panóptico digital.
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