El Raval, el barrio que resiste a la gentrificación: “El turismo y la especulación trajeron la degradación vecinal”
Cuando Pere tomó la decisión de vender su piso llevaba décadas en el Raval. Antes había vivido de alquiler, pero en 2001 se compró un apartamento y fue quince años presidente de la comunidad de su finca. “Era un barrio donde los vecinos eran intocables”, señala hoy desde Vic, su ciudad natal y a la que regresó hace poco más de un mes.
Pere, de 69 años, reconoce que dejar su casa ha sido un proceso muy doloroso, pero aun así continúa visitando con frecuencia este céntrico barrio en el que habitan 45.000 barceloneses. A menudo señalado el Raval por episodios de delincuencia, Pere asegura que no fue este el causante de su adiós. “El turismo y la especulación inmobiliaria trajeron consigo la delincuencia y, en consecuencia, la degradación vecinal”, argumenta este ex vecino.
Esta transformación no ha sido repentina, sino un proceso sostenido a lo largo de años, incluso décadas, que ha alterado la composición social del barrio, según señala el demógrafo Toni López Gay. La presión inmobiliaria, añade, no siempre se traduce en expulsiones directas de vecinos, pero sí en un escenario de subidas de alquiler, contratos temporales y proliferación de pisos turísticos que hacen imposible establecer lazos en el barrio.
A veces, como ha retratado Ravalear, la víctima es un comercio centenario. Un fondo de inversión compra una finca e impone una mensualidad inasequible para los establecimientos del barrio, que es lo que le ocurrió al restaurante de la familia de Pol Rodríguez y que ficciona en la serie que protagonizan Enric Auquer y María Rodríguez Soto.
Según los datos de la Generalitat, el precio medio de alquiler de una vivienda en el Raval fue en 2025 de 957,3 euros al mes. El portal inmobiliario Fotocasa señaló que de entre todas sus ofertas en el barrio, los precios se situaban en los 1.160 euros.
Para López Gay, el Raval sigue siendo un barrio de alta movilidad residencial, aunque con perfiles de llegada que han cambiado: “Aumenta la llegada de población joven de clase media, con niveles educativos elevados y trayectorias laborales vinculadas a sectores culturales, académicos o creativos”.
La centralidad del barrio o su proximidad a universidades y equipamientos culturales lo han convertido en un espacio atractivo para quienes décadas atrás lo evitaban. Por el contrario, expone, la población que abandona el lugar “suelen ser perfiles más vulnerables que antes acudían al barrio porque era el único lugar en el que encontraban sitio”.
Con todo, los procesos de gentrificación que afectan desde hace años al Raval, algunos empujados desde el Ayuntamiento, no han evitado que siga siendo uno de los barrios más pobres de la ciudad. Desde el corazón de Barcelona y no en la periferia, tiene una de las rentas per cápita más bajas y uno de los porcentajes más elevados de población nacida en el extranjero: el 67%, solo superado por el Gòtic.
Precariedad y el estigma de la delincuencia
Montse, vecina también del Raval durante años, se tuvo que marchar de su piso de la calle Lluna. “El propietario me dijo que me tenía que ir porque su hermana se iba a mudar ahí. Pero con el tiempo me di cuenta de que era mentira”, se lamenta.
“Yo pagaba unos 800 euros y luego vi que lo alquilaba por mucho más”, cuenta esta mujer procedente de Colombia, pero que ya llevaba 19 años en Barcelona. “Ahora vivo en el barrio de Gracia, pero aquí no hay las redes vecinales que hay en el Raval, al que sigo viniendo mucho”, expresa.
Montse tiene una hija que nació y creció en el Raval, pero ya antes de dejar el barrio, la joven vio cómo su entorno también se iba. “Hacia el 2020 mi hija ya no tenía a sus amigos del barrio”, explica esta mujer, madre soltera, que recuerda dos décadas en este barrio en las que fue “muy feliz”.
Montse distingue los conflictos sociales que se viven en el Raval y la sensación de inseguridad que describen algunos vecinos. Reconoce los problemas derivados de la precariedad, pero rechaza la imagen de barrio violento. “Aquí nos conocemos, hay redes, hay cuidado. La inseguridad la cuentan quienes no viven aquí”, resume. Para muchos vecinos, el Raval no es un espacio hostil, sino un entorno cotidiano marcado por relaciones de proximidad que no encajan en los discursos alarmistas.
Tanto vecinos como expertos denuncian, cansados, que esta etiqueta del Raval visto como barrio peligroso no es nueva. En Matar al Chino, Miquel Fernández explica cómo el Raval ha sido construido durante más de un siglo como un territorio problemático, objeto de políticas higienistas y de control. Desde finales del siglo XIX, la densidad, la mezcla social y determinadas formas de vida fueron señaladas como amenazas para el orden urbano.
La reducción de la densidad, exponen, se convirtió en una herramienta central para “sanear” el barrio, pero con un coste social. Ejemplo de ello fue la creación de la Rambla del Raval, para la que se derribaron cinco manzanas, un total de 62 edificios. Supuso el desalojo de 5.000 vecinos, cuenta Álvaro Mazorra sobre el que ha sido el mayor proyecto de transformación urbanística del Raval en el siglo XXI.
Mazorra es sociólogo experto en urbanismo y coautor, junto a López Gay, de Migración internacional cualificada y residentes temporales, ¿el avance definitivo de la gentrificación en El Raval?
Con el tiempo, considera que esta lógica se ha mantenido. Rehabilitación, regeneración y mejora urbana sustituyen el discurso higienista sin cuestionar su función disciplinaria. El Pla Endreça, impulsado por el Ayuntamiento de Barcelona en 2023 para mejorar seguridad y limpieza en la ciudad, se inscribe en esa tónica, consideran estos académicos.
Bajo la retórica del civismo y el orden, el Pla Endreça “refuerza el control del espacio público y penaliza usos y presencias consideradas inadecuadas”, señala Mazorra. “Es una cortina de humo”, denuncia Ángel Cordero, presidente de la Xarxa de Veïns del Raval. “¿Necesitamos más policía? No. Lo que necesitamos es que las instituciones inviertan más en los colectivos vulnerables”, puntualiza.
Entre los objetivos del Pla Endreça destacan la intensificación de la vigilancia policial, las sanciones administrativas y la persecución de actividades informales que afectan especialmente a la población migrante y racializada. Mazorra lo describe como un hostigamiento cotidiano: “No es más seguridad, es más control sobre determinados cuerpos y hay que ser muy claro cuando se habla del Raval: hay unas políticas que se basan en el racismo institucionalizado de la población migrante”.
El pasado mes de mayo, el Ayuntamiento de Barcelona presentó la Estrategia Urbana del distrito de Ciutat Vella con el horizonte puesto en 2035. Según fuentes del distrito consultadas por este medio, se trata de una “hoja de ruta” que “se tiene que concretar en acciones y planes concretos” no especificados.
Pese a que el objetivo sea reforzar la “dinamización del distrito y la vida social del vecindario y la vida social del vecindario”, los vecinos lamentan que ni los desahucios y los pisos turísticos están contemplados en esta estrategia, con lo cual muestran desconfianza hacia la apuesta del Ayuntamiento.
Más “cariño” y menos turismo
Una de las particularidades del Raval son las desigualdades que alberga. “Te puedes encontrar viviendas completamente renovadas destinadas a residencias temporales al lado de infraviviendas”, cuenta Mazorra, quién también destaca las diferencias existentes entre el Raval Nord, ese barrio que cuenta con un “clúster cultural que atrae a migrantes intelectuales procedentes de países ricos” –en referencia al MACBA o al CCCB– frente el Raval Sur, donde se concentra la población más vulnerable.
Uno de los últimos pasos para reforzar este modelo urbanístico y cultural es la ampliación del museo del MACBA, cuyas obras se iniciaron en 2025. Los vecinos denuncian que supone la pérdida de unos 1.000 m2 cuadrados de espacio público. “En vez de invertir en parques, en hacer zonas verdes para los vecinos, hacen esta ampliación que sólo va a servir para atraer más turismo”, denuncia Cordero. “Y el barrio lo que necesita es mucho cariño para la gente que vive aquí”.
“La museificación del entorno no sólo revaloriza el suelo y atrae inversión, sino que redefine los usos del espacio público y las formas de habitarlo”, señala Mazorra. Ejemplo de ello, añade, es que las plazas y calles próximas a estos museos o equipamientos “se transforman en escenarios pensados para el tránsito, el consumo y la visita”, más que para la vida cotidiana.
Esta ampliación conlleva una inversión de 14,75 millones de euros que salen de las arcas del Ayuntamiento de Barcelona, la Generalitat y el Ministerio de Cultura. Sin embargo, los vecinos recalcan que el 91% de los visitantes del MACBA son turistas. Por eso, una red de 200 vecinos ha presentado una campaña de crowdfounding para parar la ampliación. Por el momento, sin éxito.
La entidad ha llevado la ampliación ante la justicia. El Tribunal Superior de Justicia de Catalunya desestimó la denuncia, pero han recurrido al Supremo.
Mientras tanto, y a diferencia del caso del MACBA, la presión vecinal tiene éxitos en su haber: ha frenado desalojos y mantenido espacios comunitarios amenazados. El Ágora Juan Andrés Benítez, un solar abandonado por Sareb que funciona como punto de encuentro desde que la policía mató a Juan Andrés Benítez, vecino del barrio, es un ejemplo de ello.
Ramiro, de 65 años, llevaba cuatro décadas viviendo en el Raval. Es otro de los que se ha ido. No se fue por voluntad propia ni por una decisión económica calculada: se fue porque no le quedó otra. La propietaria del piso en el que vivía su hermana, de quien tiene la tutela legal por una discapacidad psíquica, les comunicó que no les renovaría el contrato. La relación con ella es buena, insiste Ramiro. El problema fue el mercado. “Nos vimos obligados a irnos del barrio porque si buscábamos un piso para mi hermana, o era demasiado caro o estaba mucho más lejos de donde vivíamos nosotros”. Hoy, Ramiro, su mujer y su hermana viven en una masía por la que pagan 1.500 euros al mes. Si pudiera, volvería. “Porque ese es mi barrio”, reafirma.
Para Ramiro, los planes para aumentar la seguridad y la vigilancia en el barrio no tienen como fin la inseguridad, sino que son una herramienta de gestión urbana. “Se criminaliza la pobreza para limpiar el espacio”, afirma. Miquel Fernández, autor de Matar al Chino (2014), califica este proceso como una forma de “colonialismo urbano” y que ya se vio cuando empezaron las obras para la creación de la Filmoteca, inaugurada en 2012 dentro de otra intervención urbanística de alcance para el Raval.
En su libro, Fernández explica cómo esta “regeneración urbana” del Raval no es un proceso neutral, sino que ha requerido producir una imagen deteriorada del barrio para justificar intervenciones que, en la práctica, han supuesto “la suspensión formal e informal de los derechos de los vecinos”. Frente a ese relato, los vecinos de toda la vida insisten en otra realidad. “Estamos hartos”, añade Ángel. Montse lo expresa con claridad: “En el Raval nos sentíamos seguras porque nos conocíamos”.
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