“Necesitar apoyo no nos hace menos capaces”: cómo pedir ayuda sin sentirnos culpables, según un psicólogo
Parece un acto simple, pero pedir ayuda no siempre lo es. Todos necesitamos ayuda alguna vez: quizás nos sintamos abrumados por un reto laboral y nos vendría bien la perspectiva de un compañero. O necesitamos flexibilidad de horario porque estamos pasando por un mal momento personal. O sencillamente nos iría genial hablar con alguien.
Pese a todo, muchas personas no piden ayuda a menos que estén en una situación desesperada, porque no quieren molestar a nadie o porque temen que les digan que no. Otras piensan que pedir ayuda o algún favor, por pequeño que sea, nos hace parecer incompetentes e incluso vulnerables. Muchas veces, el problema es que no sabemos cómo pedirla, así que no lo hacemos.
“Pedir ayuda implica reconocer que necesitamos algo de otra persona y esto nos coloca en una posición de cierta vulnerabilidad”, reconoce Franc Rubio Rodríguez, psicólogo. Aunque sea un pequeño favor, “pueden aparecer pensamientos como ‘no quiero molestar’, ‘debería poder hacerlo solo’ o ‘van a pensar que no soy capaz’”, admite Rubio.
Detrás de la dificultad de pedir ayuda suele haber “vergüenza o miedo a mostrarnos necesitados porque hemos asociado mucho la autonomía con ‘poder con todo’, cuando en realidad una persona autónoma también puede reconocer sus límites y apoyarse en los demás cuando lo necesita”, reconoce Rubio.
Solemos pensar que la gente rechazará nuestras peticiones o nos menospreciará, así que no pedimos ayuda tan a menudo como deberíamos. Pero la negativa a hacerlo “depende de cada persona, y muchas veces no nos asustan tanto el ‘no’ como lo que interpretamos que ese ‘no’ dice sobre nosotros. Podemos vivirlo como ‘no le importo’, ‘soy una carga’ o ‘no debería haber pedido nada’”, afirma Rubio.
Sin embargo, lejos de esta creencia y tal y como demuestra esta investigación publicada en Psychological Science, por lo general solemos subestimar la disposición de los demás a ayudar, cuando en realidad se ha demostrado que cuando las personas realizan actos de bondad, aumenta el bienestar.
“Existe una exigencia interna de tener que poder con todo, lo que nos lleva muchas veces a ser más duros con nosotros mismos de lo que seríamos con otra persona”, afirma Rubio para referirse a otro de los motivos por los que nos cuesta pedir ayuda. Porque, cuando es un amigo el que necesita ayuda, “probablemente no pensaríamos que es débil, pero si somos nosotros quienes la necesitamos, sí podemos juzgarnos de esa manera”, reconoce el experto.
De ahí que sea importante no solo preguntarnos “‘¿me da miedo que me diga que no?’ sino también ‘¿qué significaría para mí que me dijera que no?’”.
Cómo elegir bien la persona con peticiones pequeñas y concretas
La ayuda que necesitamos en un momento determinado puede variar desde algo relativamente sencillo, como cubrir un turno de trabajo, que nos lleven a algún sitio o pedir consejo, hasta algo más importante, como ayuda para el cuidado de un hijo, un pequeño préstamo económico o apoyo para un problema médico. Sea cual sea el reto, contar con la ayuda de otros puede ahorrarnos tiempo y esfuerzo, además de brindarnos el apoyo emocional que tanto necesitamos.
Para Rubio, el objetivo no es tanto el hecho de que pedir ayuda nos haga sentir cierta incomodidad, si bien “al principio puede aparecer vergüenza, miedo o sensación de estar molestando: podemos aprender a hacerlo incluso sintiendo eso”. Para empezar, recomienda recurrir a “personas de confianza con peticiones pequeñas y concretas: ‘¿Puedes acompañarme?’, ‘¿Tienes diez minutos para escucharme’?, ‘¿Me puedes echar una mano con esto?’. Es más fácil empezar así que esperar a encontrarnos en una situación límite”, reconoce Rubio.
Acercarse a la persona correcta en el momento adecuado nos ayudará a que el favor sea concedido y que nadie se resienta por nuestra petición. Por tanto, antes de contactar con alguien es fundamental tomarnos un tiempo para considerar si esa persona realmente nos puede ayudar.
Otra de las claves que apunta Rubio es detenernos antes y preguntarnos: ‘¿Qué necesito realmente?’ y ‘¿Qué me estoy diciendo por necesitarlo?’. “Muchas veces descubrimos que el problema no está en la petición sino en cómo nos juzgamos por tener una necesidad”, explica.
Las relaciones se basan en dar y recibir, por lo que no debemos pensar en aceptar ayuda como una deuda incómoda. Porque, como reconoce Rubio, “con el tiempo vamos acumulando experiencias nuevas: pedimos algo, la otra persona responde con normalidad y comprobamos que necesitar apoyo no nos hace menos capaces”.
Aprender a aceptar la ayuda, quizás más importante que pedirla
Aprender a recibir ayuda a veces cuesta. Pero, una vez la pedimos y nos la dan, ¿cómo podemos gestionar la vulnerabilidad que podemos sentir al dejarnos cuidar? Para Rubio, recibir ayuda puede resultar incómodo: algunas personas sienten que tienen que devolver el favor, le quitan importancia o demuestran que en realidad no necesitaban tanto esa ayuda. “En estos momentos puede ser útil hacer algo aparentemente sencillo: permitirse recibirla, no intentar compensarla inmediatamente, no justificarse y poder decir simplemente: ‘gracias, me ha ayudado mucho’”, afirma el psicólogo.
La capacidad de pedir y aceptar ayuda es una valiosa habilidad porque cargar con una gran responsabilidad sin los recursos o el apoyo adecuados puede provocar agotamiento. De hecho, las investigaciones en este campo han demostrado que la falta de apoyo social puede estar directamente relacionada con una mala salud mental y física.
“Dejarnos cuidar supone aceptar durante un momento que no tenemos que sostenerlo todo nosotros solos. Y eso puede generar mucha vulnerabilidad, especialmente en personas acostumbradas a ser quienes ayudan o quienes siempre se mantienen fuertes”, matiza Rubio.
Sin embargo, el experto apunta que puede ser una experiencia muy importante. “Comprobar que podemos mostrar una necesidad, que alguien puede responder a ella y que eso no nos convierte en débiles ni nos hace perder autonomía es importante, como lo es entender que sentirnos capaces de cuidar de nosotros mismos y permitir que otros nos cuiden no son cosas incompatibles”, concluye Rubio.