“El problema es sentir que nunca es suficiente”: el coste emocional de una personalidad perfeccionista no saludable
Frases como “puedes lograrlo todo”, “sé la mejor versión de ti mismo” o “nunca te conformes” nos bombardean de forma constante desde redes sociales, entornos académicos y laborales. Si bien pueden parecer motivadoras, también alimentan un fenómeno cada vez más común: la autoexigencia y el perfeccionismo excesivos. Y, aunque el perfeccionismo se ha relacionado con rasgos positivos como el orden, el compromiso y la excelencia, en ocasiones, en lugar de promover el bienestar, es un comportamiento que puede convertirse en un obstáculo emocional.
La Asociación Americana de Psicología lo define como “la tendencia a exigir a los demás o a uno mismo un nivel de desempeño extremadamente alto o incluso impecable, superior al que requiere la situación”. ¿Qué coste emocional tiene todo esto cuando no se gestiona bien? ¿Cuándo se convierte el perfeccionismo en un inconveniente?
El coste emocional de una personalidad perfeccionista no saludable
Es importante distinguir entre dos tipos de perfeccionismo. Estamos frente a un arma de doble filo: puede ser la fuerza que mueve a una persona exitosa o puede convertirse en una verdadera carga.
Como explica Raquel Rodríguez Cortés, psicóloga, por un lado está el “perfeccionismo adaptativo, sano o funcional, que es aquel en el que la persona intenta buscar la excelencia, es decir, se pone metas altas, pero a la vez es consciente de cuáles son sus limitaciones, por lo que podríamos decir que es positivo”.
Este tipo de perfeccionismo implica fijarse metas ambiciosas pero disfrutar del proceso de mejora sin caer en la autocrítica destructiva. Establecer metas ambiciosas no es perjudicial, al contrario, pueden favorecer el aprendizaje, el desarrollo profesional, la creatividad y el logro personal.
“El perfeccionismo desadaptativo o no saludable es el que puede llegar a ser un problema, porque la persona se pone metas que son inalcanzables o que, si son alcanzables, las vive constantemente como insuficientes. Esto provoca una frustración muy grande, e incluso puede provocar procrastinación, porque el miedo a no poder llegar genera parálisis”, afirma Rodríguez.
Es un tipo de perfeccionismo que muchas veces se caracteriza por el miedo al fracaso, la intolerancia a los errores y una necesidad constante de aprobación externa. Su coste emocional puede ser elevado, generando “problemas de autoestima, insatisfacción personal constante, agotamiento, descuido de otras áreas de la vida, problemas laborales o académicos, dificultad para delegar tareas en otras personas y, sobre todo, ansiedad”, advierte Rodríguez.
La investigación en este campo sugiere que el perfeccionismo y la ansiedad suelen ir de la mano. Lo demuestra este metaanálisis publicado en Journal of Clinic Psychology, según el cual las personas diagnosticadas con ansiedad generalizada tienden a presentar rasgos más perfeccionistas que la media, y tanto esta como el perfeccionismo se basan en una intolerancia a la incertidumbre. El perfeccionista busca un control excesivo sobre su entorno, sin posibilidad de fracaso, por lo que la principal desventaja de esta expectativa es su imposibilidad.
Como admite Rodríguez, el problema no está tanto “en querer hacer las cosas bien, sino en sentir que nunca es suficiente”.
Rasgos de una personalidad muy perfeccionista
Las personas que se consideran perfeccionistas muchas veces no se mueven por la búsqueda de la perfección ni intentan ser perfectos, sino que lo que las impulsa es evitar el fracaso. Algunas investigaciones afirman que quienes sienten la presión social para alcanzar la perfección tienden a pensar que, cuanto mejor lo hagan, más se espera de ellos. Y así, esa búsqueda no termina nunca. Según Rodríguez, detrás de una personalidad perfeccionista suelen encontrarse ciertos rasgos de personalidad como:
- Autoestima inestable: “la autoestima de estas personas suele depender de lo que consiguen”, afirma Rodríguez. Es decir, si consiguen la meta que se proponen, pueden tener una buena autoestima, pero si no lo logran “se sienten muy mal porque no se valoran por quiénes son, sino por lo que consiguen”.
- Inseguridad: en ocasiones el origen de ponerse metas altas “está en demostrar a los demás que se es válido, es decir, se ponen metas altas para que los demás no puedan descubrir que no son lo suficientemente buenos”, admite Rodríguez.
- Necesidad de control: “detrás de un exceso de atención a los detalles y autoexigencia suele estar la creencia de ‘si lo reviso todo, estaré a salvo del caos’”, explica la experta.
- Crítico interno: muchas veces “detrás del perfeccionismo hay una voz mental autoexigente. Son personas a las que les cuesta permitirse la autocompasión, es decir, cuando fallan, se juzgan y se castigan como si fueran sus peores enemigos”, advierte Rodríguez.
Para un perfeccionista en exceso, nunca es suficiente, así que se enfrasca en los detalles que lo frustran. Muchas veces, aún cuando alcanzan su objetivo y logran el éxito, pueden llegar a creer que podrían haberlo hecho mejor. También encuentra fallos en la forma en que ellos, o los demás, ejecutan algo. Pero siempre hay algo que falla, aunque el resultado sea el que esperaban.
Consejos para alguien demasiado perfeccionista
Una de las primeras recomendaciones que da Rodríguez para alguien que es demasiado perfeccionista es “trabajar la creencia o el miedo que hay detrás del perfeccionismo desadaptativo: si una persona lo es por el miedo o lo que pensarán los otros, es importante trabajar esos pensamientos y creencias subyacentes”.
La regulación emocional se convierte en una herramienta clave. Pero regular las emociones no significa reprimirlas, sino reconocerlas, comprenderlas y gestionarlas de forma saludable. Implica saber cuándo parar, identificar cuándo una emoción como la culpa por no rendir al nivel que creemos merecer, afecta nuestro bienestar.
“También podemos practicar técnicas de respiración y relajación, fortalecer la autoestima a través de la aceptación propia y la autocompasión, buscar el punto medio con el objetivo de dejar atrás la rigidez o el pensamiento dicotómico, trabajar la tolerancia a la frustración y aceptar que el error es algo natural y que, muchas veces, forma parte del proceso”, afirma Rodríguez.
Celebrar los logros, por pequeños que sean, refuerza el bienestar y aumenta la autoestima. Permitirnos cometer errores nos ayuda a tolerar la imperfección y es una señal de madurez emocional.