Lo que la tecnología le roba a nuestras vidas y cómo podemos recuperarlo

Rebecca Solnit

31 de enero de 2026 22:20 h

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Recolección

Verano tras verano, solía bajar a un arroyo que había excavado un lecho profundo a la sombra de los árboles y bordeado de zarzamoras cuyas largas ramas espinosas se arqueaban desde las orillas, goteando con racimos de frutos. Allí abajo, en ese arroyo, pasaba horas recogiendo hasta tener varios litros de bayas, hasta que mis manos y muñecas quedaban cubiertas de arañazos por las espinas y manchadas de morado por el jugo, hasta que la tranquilidad de ese lugar me impregnaba por completo.

Las bayas de una sola rama podían variar desde el verde hasta tonos de rojo y el oscuro que da nombre a la fruta. En parte a la vista y en parte al tacto, determinaba cuáles eran demasiado duras y cuáles demasiado blandas, recogiendo solo las que estaban en medio, mientras escuchaba a los pájaros y el zumbido de las abejas, la música del agua fluyendo, observando pequeños insectos parecidos a joyas entre las bayas, libélulas al aire libre, zapateros en los tramos tranquilos del arroyo.

Iba allí por las bayas, pero también por la tranquilidad, la calma, la sensación del agua fresca en mis pies y, a veces, hasta las rodillas, mientras vadeaba por donde la recolección era buena. En casa hice tarros de mermelada. Cuando los regalé, intenté dar no solo mi mermelada, que era ciertamente líquida y con semillas, sino también algo de la paz de ese arroyo, del propio verano.

Una vez leí un ensayo en el que un hombre intentaba calcular cuánto costarían por kilo los tomates de su huerto si tuviera en cuenta el precio de todos los materiales y la tarifa por hora de su propio trabajo. Era ridículo, y a propósito, porque cultivar tomates aporta mucho más que un determinado número de kilos de fruta. Está el exquisito aroma de las hojas de tomate y la sensación del paso del tiempo que se obtiene al ver crecer una planta, observar la visita de los polinizadores, ver cómo una flor se convierte en fruto y seguir su maduración. Está el orgullo de hacer algo por uno mismo.

Lo que el cultivador de tomates señalaba es lo que mi amigo, el activista medioambiental y autor Chip Ward, llamó hace mucho tiempo “la tiranía de lo cuantificable”. Se cultivan tomates por el proceso, no solo por el producto, para cultivar un huerto y para comer. Para hacer, además de para tener.

No importa si odias las moras y los tomates, la jardinería y el vadeo; cada uno tiene su propia versión de la inmersión profunda en el momento, de comprometerse con el mundo de una manera encarnada y sensual, ya sea bailando o paseando al perro, decorando pasteles o montando en moto. Lo que importa es que estamos acosados por la ideología de maximizar el tener y minimizar el hacer. Esta ha sido durante mucho tiempo la narrativa del capitalismo y ahora también la de la tecnología. Es una ideología que nos roba las relaciones y las conexiones y, en última instancia, nuestro yo. Quiero defender estas cosas que se nos insta a abandonar. Este no es un ensayo sobre la IA en sí misma, sino sobre lo que se pierde cuando aceptamos sin pensar lo que nos ofrece la IA. Es un intento de describir y valorar precisamente lo que se pasa por alto o se devalúa.

Estamos acosados por la ideología de maximizar el tener y minimizar el hacer. Esta ha sido durante mucho tiempo la narrativa del capitalismo y ahora también la de la tecnología

Conectarse (y desconectarse)

Silicon Valley está lleno de tiranos de lo cuantificable. Durante décadas, sus oligarcas han predicado que nuestros criterios para lo que hacemos y cómo lo hacemos deben ser la conveniencia, la eficiencia, la productividad y la rentabilidad. Nos han dicho que salir al mundo, interactuar con los demás, es peligroso, desagradable, ineficiente, una pérdida de tiempo, y que el tiempo es algo que debemos atesorar en lugar de gastar.

Esto acaba significando que podemos minimizar nuestra presencia en el mundo y maximizar el tiempo que pasamos trabajando y conectados a Internet, lo que también significa maximizar la alienación y el aislamiento. Esto ha supuesto una reordenación de la sociedad hasta llegar a nuestros paisajes comerciales. Muchas cosas se han vuelto más difíciles de hacer en persona. Por supuesto, hay ventajas bien reconocidas, pero las desventajas no son menos reales: los espacios públicos y la vida pública se han marchitado, incluidos algunos de los lugares en los que antes adquiríamos nuestros bienes. Todos esos recados —comprar leche o calcetines (en el pasado, habría dicho el periódico)— significaban momentos de contacto humano, moverse entre desconocidos y hacer amistades, tal vez observar el tiempo y el mundo natural. Estas actividades significaban familiarizarse más con el entorno, sentirse como en casa más allá de los límites de lo que se alquila o se posee.

Todo esto, creo, sustenta la democracia: la facilidad con la diferencia, la familiaridad con el terreno, el sentido de conexión y pertenencia, saber dónde estás y quién está ahí fuera, las relaciones —por casuales que sean— con personas más allá de tu círculo inmediato. Aceptar la tiranía de lo cuantificable es descartar el sutil valor de estos actos cotidianos en el mundo y las formas en que generan y mantienen redes de relaciones.

Así que nos hemos retraído, mientras nos repetían constantemente que eso era bueno, y ha resultado ser malo en mil pequeños aspectos, debilitando la vida pública y las instituciones locales, aislándonos. El retraimiento crónico puede provocar un anhelo de contacto o, simplemente, una sensación de pérdida por su ausencia. Pero también puede conducir a otra cosa: una creciente incapacidad para lidiar con ese contacto. Puede transformar la sensación de que falta algo en aversión, entumecimiento o expectativas irreales sobre lo que debería ser el contacto humano. La resiliencia para sobrevivir a las dificultades y la discordia, para afrontar los caprichos del contacto humano sin intermediarios, debe mantenerse mediante la práctica. El aislamiento generado por Silicon Valley nos roba esa resiliencia.

Mientras escribía esto, me detuve en un restaurante indio informal al que llevo años acudiendo, solo para descubrir que, desde mi última visita, el sistema había cambiado y ya no se le dice el pedido a otra persona. En su lugar, se introduce en una pantalla táctil, incluso si hay alguien detrás del mostrador. Ayudé a la siguiente clienta, una anciana que solo quería una taza de chai, a entender las pantallas para hacer su pedido. El proceso nos llevó mucho más tiempo que decir “una taza de chai, por favor” y excluyó cualquier contacto humano con los camareros, aunque al menos ella y yo interactuamos entre nosotras. Los camareros parecían infelices, sus tareas más mecanizadas y menos sociales que antes. Aquí, en San Francisco, que ha sido anexionada por Silicon Valley, estas pantallas para realizar pedidos están cada vez más presentes en los restaurantes que siguen ofreciendo servicio presencial. Me pregunto si la gente las elige en lugar de hablar con el cajero por esa aversión al contacto que la tecnología nos ha inculcado.

Unos días más tarde, entré en una librería de un barrio frecuentado principalmente por jóvenes, muchos de ellos del sector tecnológico, y le pregunté al chico del mostrador si tenían Empire of AI, de Karen Hao. Sacó un ejemplar usado del mostrador al que acababa de ponerle precio y charlamos un rato. Al final, me dio las gracias por interactuar más allá de lo mínimo. Dijo que eso era poco habitual hoy en día. “Los menores de 30 años no establecen contacto visual”.

Cartas de amor sin amor

Después de convencernos a muchos de que no queremos salir y tener contacto directo con otras personas, Silicon Valley ahora nos dice que no queremos pensar por nosotros mismos, crear o comunicarnos con otros seres humanos. “Nunca volverás a pensar por ti mismo”, decía un anuncio de un producto de inteligencia artificial llamado Cluely. El anuncio parecía confundido sobre lo que es pensar y ajeno a por qué podríamos querer hacerlo nosotros mismos. Estas empresas suelen sugerir que las cosas que siempre hemos hecho son demasiado difíciles de hacer.

El precio de renunciar a muchas actividades es la atrofia de la capacidad para realizarlas. La socióloga y psicóloga Sherry Turkle, que ha seguido la evolución de las tecnologías informáticas desde la década de 1970, escribe que quería criar a un niño empático. “Sabía que sin la capacidad de pasar tiempo a solas en silencio, eso sería imposible. Pero ahí fue donde las pantallas empezaron a causarnos problemas. Nuestra capacidad para la soledad se ve socavada tan pronto como introducimos una pantalla”.

El precio de renunciar a muchas actividades es la atrofia de la capacidad para realizarlas

Quizás la capacidad de estar solo y de pensar y actuar por uno mismo, aunque rara vez se considere una actividad, es algo importante. (Entre las tristes historias sobre la adopción de la IA que encontré, había una en The Atlantic sobre un hombre que “consulta a la IA para obtener consejos sobre el matrimonio y la crianza de los hijos, y cuando va a comprar al supermercado, toma fotos de las frutas para preguntar si están maduras”. La madurez es algo que se puede juzgar por el olor y el tacto, así como por la apariencia, pero si se externaliza durante mucho tiempo, tal vez se olvide cómo tomar decisiones o cómo debe oler y saber una fruta madura).

En 2025, la startup Cluely comercializó su asistente de IA con un anuncio en el que aparecía un joven con unas gafas inteligentes, similares a las que aparecieron por primera vez como Google Glass en 2014 (otras empresas ofrecen ahora gafas con esta función, entre ellas Meta). Las gafas de este tipo, que tienen acceso a Internet y pantallas diminutas, funcionan partiendo de la premisa de que, a lo largo del día, necesitamos ayuda constante, externalizar decisiones básicas, comprobar datos, que nos recuerden citas... En esencia, que nuestro dispositivo nos haga de niñera.

En el anuncio de Cluely, el joven (que en realidad es uno de los creadores del producto) recibe un flujo constante de indicaciones para hablar con una joven en su primera cita. Gran parte de lo que ofrece la tecnología son soluciones a problemas que no existen o a problemas que deben resolverse por otros medios. ¿Por qué el joven es incapaz o tiene miedo de hablar sin ayuda? ¿Está realmente hablando con su cita o está repitiendo instrucciones? ¿Cómo se sentiría ella si supiera que está hablando con un algoritmo a través del teléfono de su distraído acompañante? Con el uso continuado, él puede llegar a ser aún menos capaz de hacer lo que todos hemos hecho desde siempre: conversar, que es un acto de improvisación colaborativa.

El objetivo de una cita es, presumiblemente, conectar, pero en esta interacción se replantea como algo parecido a una oportunidad de negocio. Él quiere impresionar a la chica, pero si ella queda impresionada, no será con él. Ned Resnikoff escribe en su boletín, coincidiendo con Turkle: “La promesa explícita de Cluely es abolir la soledad y, en efecto, abolir el pensamiento. Todo diálogo con uno mismo será sustituido por consultas realizadas a un gran modelo lingüístico”.

En su encarnación actual, la tecnología sostiene que podemos externalizar incluso el trabajo intelectual a la IA. Esto ha dado lugar a una epidemia de trampas, ya que los estudiantes utilizan ChatGPT para hacer sus deberes. Dejar que un gran modelo lingüístico haga tu trabajo creativo e intelectual es quizás el ejemplo más extremo de prescindir del proceso y quedarse con el producto. Pero en la educación, el producto final no es tu trabajo de fin de curso, tu ensayo o tu nota media, sino tú mismo. Se supone que debes salir más informado, más capaz de pensar críticamente, más competente en tu campo de estudio. Los estudiantes que comienzan engañando a sus profesores terminan engañándose a sí mismos.

La tiranía de lo cuantificable pisotea la cuestión de qué obtenemos al hacer el trabajo, por qué podríamos querer hacerlo, cómo la escritura —que es principalmente pensamiento— puede formar parte del desarrollo del yo, de una visión del mundo, de un conjunto de valores éticos, de una mayor capacidad para comprender y utilizar el lenguaje.

Alguien me contó que su amiga había encargado a un chatbot que escribiera un poema a su marido para su aniversario, lo que me hizo preguntarme si el marido deseaba un producto pulido o una expresión sincera. En la obra de Edmond Rostand de 1897, Cyrano de Bergerac, el personaje principal, de gran nariz, escribe cartas de amor en nombre de su amigo a Roxanne, a quien ambos aman. Ella se da cuenta de que es al autor de las cartas a quien realmente ama. ¿Qué pasa cuando te das cuenta de que el verdadero amor que te ha llegado al corazón ni siquiera es humano? Aceptarlo como tu amante de IA parece ser una respuesta.

Me desconcierta la aceptación de las relaciones eróticas con IA, y me pregunto si el porno allanó el camino al acostumbrarnos a tantos de nosotros a ver imágenes de cuerpos que se tocan entre sí mientras nuestros propios cuerpos permanecen intactos, excepto por nosotros mismos. Un amante de IA solo puede ofrecerte una pálida sombra del Eros encarnado. El sexo con una persona real tiende a involucrar todos los sentidos. Es biológico, dos animales que se unen para hacer algo mucho, mucho más antiguo que nuestra especie.

El sexo también implica exigencias y riesgos, porque las necesidades de la otra persona pueden no coincidir con las tuyas; la intimidad significa intimidad con esa otredad, la posibilidad de que las cosas salgan mal, de que haya dolor y rechazo. Ese es el precio de la intimidad con los seres humanos, y de la posibilidad de que las cosas salgan bien, y de la alegría fortalecedora cuando eso ocurre.

Un argumento a favor de los compañeros de IA es que siempre están ahí para ti: encendidos cuando quieres que lo estén, apagados cuando quieres que lo estén, sin necesidades propias. Sin embargo, detrás de esto se esconde un argumento capitalista de que estamos aquí para obtener lo máximo posible y dar lo mínimo posible, para satisfacer nuestras propias necesidades y eludir las de los demás. En realidad, se obtiene algo al dar; como mínimo, se obtiene la sensación de ser alguien con algo que ofrecer, lo cual es una medida de la propia riqueza, generosidad y poder.

Fuimos diseñados para dar; los dones estaban destinados a circular. El amor se discute con demasiada frecuencia como una especie de bien que se quiere acumular, cosechar, recolectar, incluso extraer, pero ser amado sin amar es un logro triste, el acaparamiento mezquino de la riqueza de otra persona. La labor de amar es también la labor de forjar un yo y una vida.

En realidad, se obtiene algo al dar; como mínimo, se obtiene la sensación de ser alguien con algo que ofrecer, lo cual es una medida de la propia riqueza, generosidad y poder

Nombrar el problema

Todo esto es en parte un problema de lenguaje. Las empresas de Silicon Valley nos reclutan constantemente para que adoptemos sus objetivos y su lenguaje. Los capitalistas corporativos nos enseñan a ser más como ellos, a valorar la eficiencia y la rentabilidad y a olvidarnos de los valores que al final podrían ser más importantes. Carecemos del lenguaje que nos permita apreciar lo arduo, lo incómodo, lo lento y errante, lo impredecible, lo vulnerable o arriesgado, lo íntimo, lo encarnado.

Nos resistimos a la tiranía de lo cuantificable buscando un lenguaje que pueda valorar todos esos fenómenos sutiles que conforman una vida que vale la pena vivir. Un lenguaje no en el sentido de un nuevo vocabulario, sino de atención, descripción y conversación centrados en estos fenómenos más sutiles y en principios no corrompidos por lo que las empresas quieren que queramos.

Quiero elogiar la dificultad, no por sí misma, sino porque gran parte de lo que queremos lo conseguimos a través de esfuerzos que son difíciles. La dificultad es la razón por la que hacer algo es gratificante; has logrado algo, has realizado un esfuerzo y has demostrado tu habilidad, has perseverado ante las dificultades, has puesto a prueba tus límites, has cumplido tus propósitos... o, a veces, has fracasado en todo ello, y eso también puede ser importante, al igual que aprender a sobrevivir al fracaso. No tiene mucho sentido comer patatas fritas en el sofá a menos que hayas superado grandes dificultades para llegar hasta él, en cuyo caso el sofá se encuentra en la cima de una montaña metafórica. (Por supuesto, algunas dificultades son simplemente miserables y no hay razón para no evitarlas: no estoy abogando por adoptar el estilo de vida de los campesinos medievales).

En esta época, la gente parece valorar la búsqueda de la dificultad física en forma de hazañas deportivas y ejercicio físico. Al mismo tiempo, los trabajos más exigentes desde el punto de vista emocional y moral suelen ser descartados o eludidos (quizás porque los resultados no son tan evidentes como unos abdominales marcados). Se nos convence de que debemos evitarlos y luego se nos ofrecen una serie de productos y servicios para hacernos la vida más fácil.

Pero la dificultad puede ser gratificante, y la facilidad total puede ser corrosiva y, al final, miserable. La agenda capitalista de maximizar lo que se obtiene y minimizar lo que se da tiene cierta aplicación en el comercio, pero empobrece la vida.

Encarnación

Una vez amé a un hombre que solía estar distante o discordante cuando estaba despierto, pero que bajaba la guardia cuando estaba somnoliento. Algunas mañanas nos despertábamos y luego nos quedábamos dormidos en los brazos del otro, en una felicidad anterior a las palabras y los pensamientos, en un abrazo en el que abrazar y ser abrazado, dar y recibir eran inseparables, en el que nuestros caracteres, que no encajaban particularmente bien, parecían irrelevantes para unos cuerpos que encajaban a la perfección. Gran parte de lo que tenemos que darnos el uno al otro es nosotros mismos, nuestra naturaleza animal encarnada, antes y más allá de las palabras. Pero la vida encarnada es otra cosa que se nos anima a evitar, devaluar o ignorar.

En el verano de 2025, las lluvias torrenciales provocaron una terrible inundación en Texas en la que se ahogaron más de 100 personas, entre ellas al menos 27 niñas y monitores de un campamento de verano cristiano. En la radio, escuché a un ministro decir que iba a visitar a las familias y que, aunque no sabía qué decirles, podía ir y estar con ellas. Esta es la antigua forma de consolar a los afligidos: ir a estar con ellos, tengas o no tengas palabras.

Somos animales sociales que necesitamos estar con otros seres humanos, ya sea en una feria, en un funeral o en los momentos cotidianos entre medias. Cuando estamos con personas que se preocupan por nosotros, sentimos un sentido de pertenencia que va más allá de las palabras, y aún más cuando estamos en sintonía, ya sea dos personas caminando al mismo ritmo, una docena bailando juntas, una congregación rezando o 10.000 personas marchando juntas.

A partir de 2006, el psicólogo cognitivo James Coan realizó una serie de experimentos con mujeres casadas sobre el acto de tomarse de la mano: resultó que una persona a la que se le aplicaba una descarga eléctrica leve tenía una reacción mucho más tranquila, medida en el cerebro y el cuerpo, si su marido le tomaba la mano (el contacto con un extraño proporcionaba una mitigación menor, y cuanto más felices eran los matrimonios, más eficaz resultaba el acto de tomarse de la mano). El resultado no fue sorprendente, pero nos recuerda quiénes somos y qué necesitamos.

Mucha gente se ha familiarizado con los antiguos estudios sobre las respuestas de lucha o huida ante el peligro, que ahora a veces se modifican en “lucha, huida o sumisión”, pero hay una respuesta diferente que no se reconoce tan bien: cuidar y hacer amigos. En una emergencia, algunos de nosotros recurrimos a los demás en busca de seguridad. Nos reconfortamos con otras personas. Esa es una de las razones por las que el aislamiento inculcado es tan peligroso para nuestra salud. Coan señaló en una entrevista reciente que el enfoque normal para estudiar el cerebro y la mente es aislar a una persona. Pero, como él mismo señaló, el estado normal del ser humano a lo largo de los siglos no es el aislamiento, sino estar con otros.

Coan y sus colaboradores escribieron en un artículo revisado por pares: “A lo largo de la mayor parte de la historia de la humanidad, la curación emocional no era algo que se hiciera a solas con un terapeuta en una consulta. En cambio, para la persona media que se enfrentaba a una pérdida, una decepción o dificultades interpersonales, la curación estaba integrada en marcos comunitarios y espirituales. Las figuras religiosas y los chamanes desempeñaban un papel central, ofreciendo rituales, medicinas y orientación moral”.

Al hablar sobre la IA en una entrevista, la neurocientífica Molly Crockett describió las interacciones con los “chatbots del Dalai Lama”, que podían dar consejos espirituales que parecían creíbles. Pero comparó eso con conocer al Dalai Lama en persona y hacerle la misma pregunta —sobre el papel de la indignación en el activismo— que luego le hizo a los chatbots. “Cuando estuve allí, cuando recibí esa enseñanza de él, resonó en todo mi cuerpo. Sentí que algo cambiaba en lo más profundo de mi ser y comprendí cómo la indignación, la compasión y la justicia social pueden interactuar, de una manera que todavía me cuesta expresar con palabras”.

Muchas enseñanzas espirituales son sencillas; el reto está en vivirlas. Un significado, una verdad, puede calar en ti, incorporarse a tu visión del mundo de una manera que puede ser transformadora, o no. El ejemplo de Crockett sugiere que la interacción cara a cara puede incorporar —literalmente encarnar— enseñanzas de una manera que las fuentes de información incorpóreas no pueden.

Estaba hablando con Crockett un verano en las montañas de Nuevo México, mientras un cálido día de agosto daba paso a una noche templada. Ella me hablaba de la presión que ejercían las empresas tecnológicas para que aceptáramos sustitutos digitales de nuestros amantes, amigos, terapeutas e incluso consejeros para el duelo, y me di cuenta de que detrás de esa presión se escondía algo familiar: la escasez. La retórica era que, de alguna manera, en este planeta de 8.000 millones de personas no había suficientes personas para todos y, por lo tanto, teníamos que aceptar sustitutos tecnológicos.

No hay escasez de seres humanos. Como ocurre con la mayoría de los problemas del capitalismo, solo hay un problema de distribución. La misma industria que tanto ha hecho por socavar nuestras relaciones con nosotros mismos y con los demás está impulsando la IA, en parte ignorando la posibilidad de otras soluciones, de cambios sociales más profundos. Es un problema disfrazado de solución.

Estar juntos

Una de las características clave de los compañeros de IA en su fase actual es su agradable adulación. Se ha animado a los usuarios vulnerables en sus delirios de grandeza, o han caído en la paranoia por culpa de los bots que les instan a desconfiar de todos los demás, o se han sumido en una desesperación suicida, con el útil chatbot ofreciéndoles consejos sobre cómo suicidarse. Las historias son horribles: personas que abandonan sus relaciones con otros seres humanos, que se distancian cada vez más, a veces animadas a sospechar; un hombre en las primeras etapas de la demencia que se pierde cuando intenta hacer un largo viaje para encontrarse con el chatbot que le ha prometido un encuentro erótico que no puede cumplir porque no hay ningún cuerpo con el que pueda encontrarse.

No necesitamos aduladores; necesitamos personas amables en nuestras vidas que nos digan la verdad cuando nos desviamos del camino. Los chatbots no pueden hacer esto, entre otras cosas porque la única información que tienen sobre nosotros es la que les proporcionamos. Los muy ricos ya sufren de adulación, de vivir en cámaras de eco, y eso los aleja de la realidad, incluida a menudo la realidad de su propia mediocridad, y esto parece ser más cierto en el caso de los oligarcas de Silicon Valley que en el de casi cualquier otra persona.

“Parte de lo que nos mantiene cuerdos son las perspectivas de otras personas, que a menudo entran en tensión con las nuestras”, dijo Carissa Véliz, profesora asociada de filosofía en el Instituto de Ética en IA de la Universidad de Oxford, a un reportero de Rolling Stone. “Cuando dices algo cuestionable, los demás te desafían, te hacen preguntas, te contradicen. Puede ser molesto, pero nos mantiene atados a la realidad y es la base de una ciudadanía democrática sana”.

Muchos terapeutas coinciden en señalar que, a diferencia de la ausencia de fricciones que caracteriza nuestras relaciones con los aduladores de la IA, cuando tratamos con otros seres humanos es inevitable que surjan roces. La fricción suele provocar la ruptura y la reparación de una relación, lo que la fortalece. “Sin embargo, lo que mucha gente no se da cuenta sobre la terapia es que esos momentos sutiles e incómodos de fricción son tan importantes como los consejos o las ideas que ofrecen”, escribe la terapeuta Maytal Eyal. “Es en esta incomodidad donde comienza el verdadero trabajo. Un buen terapeuta guía a los clientes para que rompan con los viejos patrones: expresar la decepción en lugar de fingir que todo va bien, pedir aclaraciones en lugar de asumir lo peor o mantener el compromiso cuando preferirían retirarse”.

Entre las cosas que los amigos reales pueden hacer y la IA no: hornearte un pastel o llevarte a casa, cogerte de la mano o vivir contigo una crisis o una celebración. Y debido a esa diferencia, las personas necesitan tener amigos reales. Más que eso, las personas necesitan comunidades reales y sistemas de apoyo social.

La solución a la tecnología no es más tecnología. La solución a la soledad somos nosotros mismos, una riqueza que debería estar al alcance de la mayoría de nosotros la mayor parte del tiempo. Necesitamos reconstruir o reinventar las formas y los lugares en los que nos reunimos; necesitamos reconocerlos como el espacio de la democracia, de la alegría, de la conexión, del amor, de la confianza. La tecnología nos ha alejado a unos de otros y, en muchos sentidos, de nosotros mismos, y luego ha intentado vendernos sustitutos. Recuperarnos a nosotros mismos, por desgracia, no es tan fácil como salir por la puerta. Necesitamos un lugar al que ir y, lo que es más importante, alguien a quien acudir que también desee conectar.

La tecnología nos ha alejado a unos de otros y, en muchos sentidos, de nosotros mismos, y luego ha intentado vendernos sustitutos. Recuperarnos a nosotros mismos, por desgracia, no es tan fácil como salir por la puerta

Las conexiones que importan a nuestra humanidad no son solo entre nosotros. Son con todo el mundo natural y social. Los animales, tanto salvajes como domésticos, deben considerarse parte de la compañía irremplazable que da sentido a nuestras vidas y, a veces, las llena de alegría. Nos recuerdan que hay muchos tipos de conciencia y que nuestra especie no está sola.

Para eso tampoco hay sustituto. El mundo natural nos recuerda un universo mucho más allá de nosotros, el tiempo profundo, los patrones y ritmos de la naturaleza, y todas las escalas, desde lo microscópico hasta la Vía Láctea. Buscarlo es estar dispuesto a sentirse pequeño en el contexto de esta inmensidad, y quizás uno de los atractivos de la tecnología es su promesa de hacernos sentir grandes, atrapados en los dramas y los incentivos de nuestros egos, contenidos dentro de los límites de las tecnologías creadas por el ser humano.

Se nos dice que las máquinas se volverán como nosotros, pero en muchos sentidos nos exigen que nos volvamos más como ellas. Dejar que eso suceda es perder algo inconmensurablemente valioso. Esa inconmensurabilidad es lo que dificulta esta lucha, pero lo que no se puede medir se puede describir o, al menos, evocar y valorar. No se puede reducir a métricas simples como la eficiencia y la rentabilidad.

Resistirnos a la anexión de nuestros corazones y mentes por parte de Silicon Valley requiere no solo establecer límites a nuestro compromiso con lo que ofrecen, sino también apreciar las alternativas. El gozo de las cosas cotidianas, de los demás, de la vida encarnada y el lenguaje con el que valorarla son esenciales para esta resistencia, que es una resistencia a la deshumanización.