Armarios, escuelas y dioses
Ramón Lobo
La marcha del orgullo de Madrid tenía un lema Por una escuela sin armarios. Pienso en mis colegios, el Chamberí de los Maristas y El Prado del Opus Dei y me sale del alma otro lema mejor que engloba al primero: Por una escuela sin dioses.
Recuerdo el colegio Chamberí y a un hermano marista llamado Alejandro que en 1º de primaria cerraba las contraventanas de la clase para crear un ambiente adecuado para la representación. Después se subía al escenario donde estaba la pizarra y su mesa y embutido en su habito negro nos hablaba en medio de la oscuridad de Belcebú, nombre que asusta bastante más que los blandengues diablo y demonio. El tal Belcebú, según el entusiasta relato del hermano, vigilaba nuestros movimientos día y noche, sobre todo de noche. “Si alguna vez escucháis golpes en vuestra habitación es que estáis en pecado y Belcebú os ronda para arrastraros al infierno”. Debía tener yo seis o siete años y pasé unas cuantas noches asustado por los ruidos de los vecinos. Mi problema era obvio: ¿cómo denunciar ante mis padres la presencia del maligno? Su pregunta sería: ¿cuál es tu pecado? Trataba de recordar mis malas acciones del día y no sabía elegir cuál de aquellas minucias ellas era la razón de mi problema.