El canon de la transición inventada
Gregorio Morán
No podía ser menos. Primero inventamos el franquismo light, bajo en calorías represivas y casi casi liberal a fuer de impune, autoritario pero conciliador con las familias mafiosas del poder. Lo teorizó el sociólogo J. J. Linz, formado durante el fascismo autóctono, en un texto muy citado y poco leído, que venía a suponer algo así como si el nazismo, puesto en el brete de escoger paternidad, renunciara a la dogmática de Hitler y admitiera las buenas maneras del arquitecto Speer. Precioso, quedó tan precioso que aún se estudia en nuestras universidades por catedráticos que supieron, cuando no gozaron, de aquel otorgador de prebendas académicas en Estados Unidos, padre de la sociología patria tras Gómez Arboleya, don Enrique, el tomista suicida. Viejas historias que echarán lamentablemente fuera de la lectura de este artículo a quienes no tienen el peso en mugre superior a los cincuenta y muchos años.
Recientemente, acuciados por los ardores de estómago tras haber tragado pliegos de descargo monumentales que dejaron al personal confuso, se inventó una categoría en forma de oxímoron, algo así como “el soleado cielo nocturno” o “las largas piernas de la coja enana”. La llamaron “Resistencia Silenciosa”, así lo escribo, con mayúscula, porque se trata de una novedad intelectual divertidísima no asequible para gentes del común sin licenciatura y ha de interpretarse de esta guisa: ínclitos intelectuales con cargo al presupuesto del Estado franquista, conscientes de que aquello no les gustaba nada, se lo decían al espejo todas las mañanas de afeitado y a sus amigos íntimos a partir de una considerable dosis etílica.
Si les llamaban para apoyar lo que se le ocurría al Caudillo, lo hacían con resignación, porque ellos eran resistentes, pero silenciosos, discretos, domésticos.
En público, taciturnas prostitutas; en privado, dolientes doncellas. Sus herederos son los creadores de esta audaz tesis que los coloca en el plantel del Heroísmo y la Gloria democrática.
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