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Desiguales ante la ley

Qué decepción. Estaban PSOE y PP compitiendo en alabanzas sobre el discurso del rey y al final ha resultado que no, que ese supuesto mensaje dedicado a su yerno no era tal; que “no hay que personalizar”, como explicó ayer Juan Carlos de Borbón. “La justicia es igual para todos”, dijo en Nochebuena el rey, en una sobada frase que en España no es verdad, ni siquiera en la teoría (de la práctica de los indultos mejor no hablar). La propia Constitución recoge una excepción: el rey, una persona “inviolable” y “que no está sujeta a responsabilidad” (artículo 56.3).

Tampoco es igual el rey en transparencia, si comparamos a nuestra casa real con otras coronas europeas o con otras instituciones. Hoy sabremos algo más sobre el dinero público que gasta la Casa Real, cuyas cuentas han sido durante tres décadas más opacas que los fondos reservados de Interior. ¿Harán falta otros treinta años más, u otro escándalo real, para que esa deseable transparencia llegue hasta el final? ¿Pediremos algún día a la Jefatura del Estado lo mismo que ya exigimos a ministros, senadores o diputados: una declaración anual de ingresos y patrimonio?

La transparencia, por aclarar, no es una graciosa concesión que los representantes de lo público regalan a los ciudadanos en generoso gesto. No es una limosna. No es un favor que nos hacen a los periodistas. No es un afán envidioso por cotillear en la cuenta corriente de cada cual. La transparencia es una de las vacunas más eficaces contra la corrupción; por eso hay quien barre la basura bajo la alfombra, para esconderla de la vista y de la luz. ¿Habría tenido un comportamiento más “ejemplar” Iñaki Urdangarin si se hubiese sentido fiscalizado por la sociedad?