Despilfarros y derechos
Como no me gusta lo que haces, criticaré tu presupuesto. Como no les gustaba el Ministerio de Igualdad, lo enterraron con toneladas de demagogia sobre la austeridad. Como tampoco les gusta que en el Senado quede claro que España es un país plural, critican el gasto, que tachan de despilfarro. Ya tenemos un nuevo culpable de la crisis: los traductores del Senado. Que pasen al fondo junto a los funcionarios o los liberados sindicales, que seguro que habrá que hacer sitio para más gente. La misma derecha que ve como algo de lo más normal que este Estado que se define como aconfesional financie con 6.000 millones de euros anuales a la Iglesia Católica se escandaliza después porque el Senado invierta 300.000 euros al año (menos del 1% de su presupuesto) en permitir el uso de esas otras lenguas cooficiales que la Constitución también reconoce como propias. Porque el catalán es una lengua española, como el euskera, el gallego o el castellano. Por eso se debe poder usar en esa cámara que cobija la representación territorial.
España no termina en la M-30, en la circunvalación que rodea a Madrid. Y aunque a algunos les sorprenda, hay muchos españoles cuya lengua materna no es el castellano. Es cierto, todos los senadores saben hablar castellano. Es cierto, es algo simbólico. Pero la política también pasa por los símbolos, por el respeto, por la convivencia democrática, por la representación. Si se trata de ahorrar, desde luego las dictaduras salen mucho más baratas que los parlamentos. Pero 300.000 euros al año para que esos millones de españoles que hablan otras lenguas se puedan ver representados en el Senado me parece un precio muy barato que ayuda en algo fundamental: construir una España que no sea excluyente en la que haya sitio para todos.