Esperanza dos caras
Esperanza Aguirre nunca le agradecerá lo bastante a Pablo Carbonell la mejor campaña de promoción que ha tenido en su vida. Eran los años del Caiga quien caiga del Gran Wyoming, del primer Gobierno de Aznar. “Hola, majete”, saludaba una pizpireta Aguirre a Carbonell, que llegó a crear una sección en CQC, ‘el rincón de Espe’, dedicada en exclusiva a una ministra de Cultura capaz de responder que no había visto Airbag, de Juanma Bajo Ulloa, porque ella no veía películas extranjeras. Gracias a los chistes de CQC, Aguirre se convirtió en una de las caras más conocidas del Gobierno y, lo más importante, fabricó una imagen de tontita inofensiva tan falsa como útil.
Aquel disfraz de corderito se ha deshilachado con el tiempo y hoy Aguirre se parece más al lobo que no se resigna; ya nadie la toma por tonta ni en broma. Sin embargo, la lideresa aún usa su otra cara cuando conviene. Mientras florecen los casos de corrupción, Espe, la del rincón, sonríe pizpireta a los majetes. Su carrera política se marchita ante tres escándalos distintos –los espías, el caso Gürtel y ahora Fundescam– que cada día parecen más conectados entre sí. ¿Su respuesta? Antes tonta que culpable. Y así un día pone la mano en el fuego por todo su gabinete y al otro dice que su hombre de confianza, Alberto López Viejo, la engañaba al contratar todo lo que pillaba con Correa sin su consentimiento. O culpa a “Pío, pío, pío” de Fundescam. O dice que los suyos no son los imputados, que ya estaban allí cuando llegó.
Ponga la cara que ponga, su responsabilidad es igual: o decidió la feroz lideresa o Espe la corderita no se enteró. Cara o cruz, lo mismo da. Como dice Rajoy, uno tiene que saber quién tiene debajo.