ETA y la deuda de Carrero
Dice Martin Amis: “Tendríamos que estar agradecidos a ETA por asesinar al hombre que iba a reemplazar a Franco”. El escritor inglés, uno de mis favoritos, es siempre así: tan brillante como provocador. Su ego es tan grande que fue capaz de escribir a los 50 años, a la mitad de su esperanza de vida, una autobiografía de 400 páginas a la que llamó Experiencia. También es contradictorio. Uno de sus últimos libros, Koba el terrible, es una descarnada biografía de Stalin al tiempo que una dura crítica a los intelectuales de izquierdas europeos, que durante años no quisieron ver el genocidio estalinista. Entre los ciegos estaba su padre, Kingsley Amis, al que Martin reprocha “la estrafalaria rapidez con que la utopía se torna distopía, con que el cielo se torna infierno”. Es otra vez el debate sobre si el fin justifica los medios.
En realidad no hay mucha distancia entre las excusas de la izquierda europea ante las purgas estalinistas y la displicencia con la que la izquierda española trató al terrorismo etarra durante los primeros pasos de la democracia. La causa fue Carrero Blanco, su asesinato, el golpe osado que siempre soñó el antifranquismo pero que sólo ETA logró. ¿Debemos algo por ello? Cualquier respuesta exige de la política ficción. Si ETA no hubiese matado al delfín de Franco, nuestra historia sin duda habría sido otra. ¿Peor o mejor? Nadie lo sabe. Tal vez el bunker franquista hubiese tardado más en claudicar. Aunque también es posible que, sin el asesinato de Carrero, la balbuceante democracia no habría dudado tanto en su condena a una ETA que puede que así, sin ese primer barniz de legitimidad, hace tiempo que ya no existiría.