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La industria farmacéutica no es una hermanita de la caridad

A pocos les llamará la atención el titular de este artículo. Cuando los resultados de los experimentos y la ética se contraponen a las ganas de rentabilizar una inversión en investigación, es fácil averiguar quién saldrá volando por la ventana en un amplio porcentaje de casos.

Se podría hacer un top-10 de malas prácticas. Aunque quizá un puñado de ejemplos sirva para tener una imagen razonablemente buena de algunos desbarres importantes.

La semana pasada se supo que la compañía AstraZeneca pagará 198 millones de dólares (150 millones de euros) a los afectados por Seroquel. Aproximadamente 17.500 pacientes afirmaban que la compañía sabía que este medicamento contra la esquizofrenia podría causar diabetes, pero ocultó el dato. Ben Goldacre añade (contra lo publicado en la noticia de ABC que enlazo al principio del párrafo) que se trata de un acuerdo para no tener que ir a juicio. Porque en un juicio hay que enseñar ciertos documentos. Y algunos, de hecho, han salido a la luz.

Y resulta que algo sí se sabe. Se sabe que AstraZeneca realizó un ensayo clínico que demostraba, además de resultados favorables, que los pacientes tratados con su medicamento obtenían peores puntuaciones en algunas escalas, eran más propensos a recaídas y además ganaban una media de 5 kg por año. Pero todo eso se dejó fuera del artículo publicado en 2002 con las conclusiones del estudio. Nunca dejes que la realidad te estropee unas jugosas ventas.

También tenemos el caso de Merck, que tuvo varios episodios gloriosos a cuenta de Vioxx. Por una parte, se supo que guardaba una lista de médicos críticos con la compañía junto a palabras como «neutralizar», «neutralizado» o «desacreditar». Pero ésa no es la perra gorda. Lo mejor de todo es que Merck pagó a la editorial Elsevier para crear una revista con apariencia de publicación científica seria en la que promocionar sus propios productosMerckElsevier para crear una revista con apariencia de publicación científica seria en la que promocionar sus propios productos. No es coña: Australasian Journal of Bone & Joint Medicine, así se llamaba la criaturilla. Luego se descubrió que el número de publicaciones falsas se elevaba a 6.

Para completar todo esta orgía de jolgorio que estamos teniendo, no puede faltar el caso del Wyeth, empresa comercializadora de Pempro, que se subió al carro de Ana Rosa y escribía artículos que luego firmaban otros médicos.

¿Y ahora qué hacemos? Podemos, por ejemplo, obligar a registrar los ensayos clínicos en su comienzo, para luego poder preguntar por los resultados. Podemos mandar a hacer puñetas todo artículo financiado por la industria, como bien hacen ya varias revistas. Pero, sobre todo, podemos tener en cuenta que la ciencia es un proceso, no un artículo de varias páginas en tal volumen de cierta revista; los resultados se leen, se meditan y se intentan replicar, se parte de ellos para realizar otros experimentos y los errores metodológicos (intencionados o no), terminarán saliendo a la luz. El método científico tiene una capacidad de autocorrección nada desdeñable. Que se lo pregunten a Blondlot.