Las lecciones de Aznar contra la corrupción
Juan Carlos Escudier
Los 50.000 folios del sumario de la trama Gürtel sobre los que esta semana se levantó el secreto no representaban, según el PP, nada nuevo bajo el sol. Todo lo relatado, se conocía; de la Policía y sus informes, decía Esperanza Aguirre, había que desconfiar porque está a las órdenes del Gobierno; Luis Bárcenas, opinaba Javier Arenas, era un tipo estupendo que había hecho un trabajo encomiable al frente de las finanzas del PP; y así. Coherentemente y como resultado de todo lo anterior, Bárcenas y Jesús Merino, los parlamentarios imputados por el Tribunal Supremo, se veían obligados el jueves a pedir su baja como militantes, que es la innovadora fórmula que ha encontrado Rajoy para salvar los muebles en estos tiempos de mudanza y, de paso, poder salir de debajo de las piedras antes de que, con sus ausencias, el electorado se olvide de que es el líder de la oposición.
Uno entiende que para Rajoy no han sido los mejores días para dejar de fumar. A la semana de Matas, cuyo mérito al conseguir tres millones de euros para su fianza de unos bancos que no prestan ni en defensa propia es reseñable, le seguía la de L.B., o sea la de Bárcenas sin “ningún género de dudas”, y para colmo culminaba este jueves con el acto de glorificación de Aznar en Sevilla frente a la torre del Oro, que ya es casualidad. ¿Qué debió de pensar el gallego al escuchar la lección de ética de su antecesor y su llamada a “no tolerar nunca ni minimizar la corrupción”?