El lenguaje de la sangre
Iñigo Sáenz de Ugarte
La guerra es un instrumento más de comunicación en el lenguaje político israelí. Es mucho más efectiva que una ley o una declaración porque a fin de cuentas los muertos casi siempre los ponen los otros. Su valor aumenta de forma exponencial en las campañas electorales. Tzipi Livni y Ehud Barak ya tienen su guerra y en ella han puesto sus esperanzas de cara a las elecciones del 10 de febrero.
Los sondeos y los medios de comunicación dudaban de que Livni pudiera hacer frente a Netanyahu y se burlaban de los patéticos intentos de Barak por sacar la cabeza. Ahora cuentan que las opciones de Kadima pueden mejorar y que los laboristas no están acabados. Nada está escrito ya en las urnas. Todo dependerá del desenlace de la campaña de bombardeos, no del número de muertos que origine sino de las ventajas que Israel aspira a obtener de la matanza.
Además del electorado israelí, el otro destinatario del mensaje pasa estos días unas vacaciones en Hawai. Obama ya sabe cómo se las gastan los israelíes. Si contaba con esperanzas de promover negociaciones de paz u ofrecer algún tipo de diálogo a Irán o Siria, el Gobierno israelí se ha encargado de enterrar sus opciones bajo toneladas de bombas.