La mano invisible
Decía Adam Smith, el padre teórico del liberalismo, que el estado debía abstenerse de intervenir en la economía porque si los hombres –o las empresas– actuaban libremente en la búsqueda de su propio interés, una mano invisible convertiría sus esfuerzos en beneficios para todos. Esa misma mano, en la utopía liberal, se ocupa también de corregir los precios por el justo y santo método de la competencia.
El problema es que la competencia, en el mundo real, es sólo para los ultramarinos de barrio, no para las multinacionales. Esta tarde, buscando un proyector de vídeo, me he encontrado con un ejemplo más. ¿Cómo es posible que el mismo cacharro cueste dos veces más en España que en Estados Unidos?
No es cosa ni de impuestos ni de aduanas ni, obviamente, de gastos de envio (por 1500 euros de diferencia ya podría volar el proyector en primera). La culpa es de la política de precios de las marcas de electrónica, que fijan tarifas con el único objetivo de maximizar beneficios a partir de las peculiaridades del mercado y esas peculiaridades, por razones que se me escapan, establecen que los europeos tecnófilos de tan buenos somos tontos y nos merecemos pagar entre el 30% y el 250% más por el mismo gadget (busca, compara y me lo explicas si puedes). ¿Será que la Ley de Moore aquí anda a pie quebrado y por eso acoquinamos la tarifa de hace 18 meses por el aparato de hoy?
Hace poco la UE multó a Nintendo por prácticas similares y los grandes estudios de Hollywood también están bajo lupa por la curiosa política de precios de los DVDs: una misma película cuesta aquí entre un 30 y un 40% más que en Estados unidos. Aún está por ver la eficacia real de cualquiera de estas dos rabietas de la Comisión Europea. ¿Nos devolverán Universal y la Warner el sobreprecio pagado?
Es lo que tiene la mano invisible, que sólo se la ve cuando te abofetea.