El fin del mundo ya fue
Pianista en un Burdel
Orwell era un ingenuo. Nostradamus llegó tarde a todo. El Apocalipsis, una mariconada. El fin del mundo ya pasó. Y no ha sido para tanto. Todo tiene la misma apariencia que antes. Como en Matrix, pero sin el “como”. Por ejemplo: la democracia. La democracia, tras el fin del mundo, consiste en que el pueblo efectivamente elige a quien le gobierna. Pero no en las urnas, sino en las cajas de los supermercados. El resultado es la misma puta mierda que cuando decidíamos en las urnas: la idea más mediocre siempre es la que gana. Un ejemplo: el Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA). Negociaciones secretas entre la Comisión Europea, Gobiernos de grandes países y representantes de las mayores empresas del mundo para arreglar las legislaciones mundiales a medida de lo que necesitan los multimillonarios. Dado que la lucha contra el P2P choca una y otra vez con las leyes de los países democráticos, las grandes empresas han decidido cambiar esas leyes y pasar por encima de los derechos fundamentales que hagan falta con tal de proteger (o eso creen ellos) sus productos. Sin ir más lejos, una de las cláusulas del tratado ACTA prevé que los proveedores de Internet estén obligados a proporcionar los datos personales de cualquier usuario que parezca sospechoso de piratería… a los ojos de esas empresas. No hacen falta pruebas, no hace falta denuncia ni prodicimiento judicial. Basta que una empresa se lo solicite a otra. Intervención del Estado: cero.
El final de la historia, aquí. Dirán que igual este año nos estamos hartando a mandarles deberes, pero por lo menos no podrán decir que no estamos avisando.