Obama y las palabras
Obama es a las palabras como las palabras a Obama. Hoy no ha sido Obama sino Hussein, el apellido de su padre, el que le sirvió para poder citar el Corán sin sonar impostado. No sé si su discurso de El Cairo fue histórico –eso lo dirá la historia–, pero al menos sonó como tal. Barack Hussein Obama hablaba al mundo islámico para decir que la situación de los palestinos es intolerable, que la democracia no se impone por la fuerza, que occidente está en deuda con el islam. En realidad no dijo nada sorprendente. No hubo una nota que desafinase con sus propuestas desde la campaña electoral. Pero en el discurso no era tan importante el mensaje, que también, como su escenificación simbólica. Con Obama ha regresado la oratoria. Ha vuelto la palabra.
Durante décadas, la palabra en política ha sido sospechosa. Se la llevaba el viento y siempre eran mejor los hechos: la bélica acción frente al pacífico verbo. De la palabra hemos pasado a la foto y a la televisión porque dicen que una imagen es mejor que mil palabras. La palabra es culpable, desde Romeo y Julieta, porque sirve para argumentar, para convencer. Para seducir. Pero las palabras, las viejas palabras que nacieron antes que la historia, son las que cambian el mundo cuando están frescas, y mucho más cuando se fosilizan en tinta. ¿No estaba acaso formado de palabras aquel fantasma que recorrió Europa? ¿Qué son las leyes, sino palabras? ¿Qué es la democracia sin libertad de expresión, sin la palabra? Y, lo más importante hoy en El Cairo, ¿qué tienen en común el islam, el judaismo y el cristianismo, las tres religiones del libro que Obama quiere hermanar? La palabra. Palabra de dios, pero palabra.