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El parto, bien; tienen una décima

Juan Carlos Escudier

Igual que hay gente que desprecia los céntimos, había otra que pensaba que las décimas sólo eran importantes en las carreras de 100 metros y en la Fórmula 1. Pero la realidad demuestra que valen mucho más que su peso en oro porque una sola de ellas te saca de la recesión, insufla optimismo, hace quedar bien al presidente del Gobierno ante sus colegas y supera a cualquier fertilizante en eso del cuidado de los brotes verdes. Una décima es un regalo del cielo, aunque de la que adorna el PIB español del primer trimestre de 2010, según el Banco de España, nos hayamos enterado bien entrado mayo.

Este desfase entre el presente y la estadística tiene múltiples inconvenientes. Llevamos más de un mes acarreando el sambenito de ser los más torpes de los países ricos cuando podíamos haber cogido nuestra décima y restregársela por la cara a la OCDE, el FMI y a la Comisión Europea. De hecho, ahora mismo quizás estemos creciendo otra décima sin darnos cuenta, porque las nuestras son décimas extremadamente discretas que huyen de los focos y del papel cuché. Y estaríamos el doble de orgullosos y Zapatero no cabría en sí de gozo y alguno de los brotes verde sería ya una brizna de hierba hecha y derecha, la envidia de cualquier césped.

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