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Señorito Guerra

Los militares estadounidenses están trabajando en un superordenador capaz de aprender por sí mismo. En otro universo paralelo, el de las películas, lo bautizarían como Hal 9000, o Skynet. En nuestra realidad, este cerebro electrónico se llama Nell y, de momento, no es capaz de dominar el mundo. Se conforma con algo más modesto: aprender a leer. Es una tarea cotidiana para cualquier niño, pero un acantilado para un superordenador porque las máquinas son así: cuadriculadas. Por eso pueden derrotar al mejor humano, si se trata de calcular posibilidades matemáticas en un tablero de ajedrez; pero todavía pierden en el laberinto semántico del lenguaje, donde cada palabra arrastra el sabor de la anterior con matices tan sutiles como un buen chiste o un buen vino.

Nell aprenderá a leer como todos, con la experiencia: leyendo mucho. Aunque en su caso no serán los libros de Teo, sino la web. Nell repasará cientos de miles de páginas de Internet para hacer crecer los átomos del diccionario, las palabras, en las moléculas de cada idioma, las frases. Como en el chiste, Nell pretende aprenderse la guía de teléfonos razonando: por fuerza bruta; por la estadística que dice que el 99 por ciento de las veces que algo es blanco, en botella y con una vaca dibujada en la etiqueta es que se trata de leche. Nell clasificará las relaciones entre cada palabra para así, repasando cuáles suelen ir juntas, desentrañar el verdadero significado en su contexto. Es una ambición compleja, llena de preguntas. ¿Puede un ordenador leer entre líneas? ¿Se puede traducir en una ecuación la diferencia entre ser y estar? ¿Y entre estar y saber estar? ¿Cómo enseñar a una máquina a detectar ese aroma machista a copa y puro que rodea al que distingue entre el señor Gómez y la señorita Trini?