Socializando la bancarrota
Juan Carlos Escudier
Toda causa entraña una consecuencia. Si los turistas dejan de venir, cierran hoteles; si cae en picado la venta de coches, hay miles de despidos; si la gente compra menos, el Corte Inglés te cobra la entrega a domicilio, y así. Es pura lógica. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los bancos y cajas españolas se enfrentan a la mayor crisis financiera e inmobiliaria de la historia? Pues que siguen dando beneficios como si tal cosa. ¿Conclusión? Que tenemos los banqueros más chiripitifláuticos del planeta o, en su defecto, están ocultando pérdidas y nos toman el pelo, lo cual no es novedoso. A esta última tesis se ha apuntado el director del FMI en una reflexión sobre la banca en general, y la europea en particular.
Para saber que la banca miente más que habla sólo hay que escuchar la publicidad de sus fondos garantizados, pero una cosa es el hurto consentido y otra el butrón al Estado. Aquí, además de los 30.000 millones que hemos destinado a pasar el plumero por sus balances, hemos dotado con 100.000 millones a un fondo de reestructuración para que el enjabonado sea completo. Es decir, que podríamos llegar a dedicar un 20% del PIB a salvar la cara de esa plutocracia nuestra tan solvente, en un proceso en el que los contribuyentes aflojan la guita sin que nadie se tome la molestia de explicar qué agujero se tapa y por qué, y quién lo ocasionó.