Todos son iguales
Es una frase tan popular como falsa: “Todos los políticos son iguales”, dicen los desencantados de la democracia. La fórmula vale casi para cualquier decepción: basta con cambiar de sujeto. Todas las mujeres son iguales, todos los periodistas son iguales, todos los taxistas son iguales... Todos los “todos” parten de un error común: generalizar es injusto. Por eso los pecados individuales nunca justifican los desprecios colectivos.
Otra versión de la misma trampa se da cuando el pecador intenta arrastrar por el barro a todo el colectivo para que así su mancha se vea menos. “Todos los políticos de este país reciben regalos”, argumenta Rita Barberá ante la simple pregunta de si el Bigotes le había obsequiado con varios bolsos de lujo. Rita cambia de estrategia: tras negar en varias ocasiones que hubiese recibido regalo alguno de la Gürtel, ahora ni confirma ni desmiente; sólo generaliza.
La alcaldesa sale del enroque antes de que sea un callejón sin salida, como le ha pasado a Camps. Pero el argumento es igual de tramposo como cuando comparó 20 euros en anchoas con 12.000 en trajes. Puede que casi todos los políticos españoles reciban regalos. Es una fea costumbre que empieza desde el primero, desde el jefe del Estado al que le regalan yates. Pero no todos los regalos son iguales y sólo a algunos políticos les parece de lo más normal aceptar obsequios cuyo precio supera con creces el sueldo mensual de la mayoría de los ciudadanos. Los que regalan tampoco son iguales; no es lo mismo un obsequio institucional que un caro soborno por parte de un contratista corrupto. Todos los políticos son iguales, pero algunos son más iguales que otros.