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El sujeto pasivo

El truco que enseñaban en la escuela para encontrar el complemento directo era darle la vuelta a la frase, pasarla a forma pasiva, mover de sitio el sujeto de la oración. Con el periodismo, con la política, el sistema para detectar cuándo la lógica se estira hasta que cuadre es parecido. Hagan el ejercicio conmigo. Imaginen que el que está acurrucado herido en el suelo es un soldado estadounidense. Que los que entran armados en la mezquita son iraquíes. Que uno de ellos dispara en la cabeza del marine mientras otro bromea, “ahora sí está muerto”.

Los argumentos que utilizarían los islamistas radicales para justificar esta sangrienta actuación no serían muy distintos a los que expone Alberto Acereda en este artículo de Libertad Digital. Como dice mi amigo José Cervera, es la ley del embudo: para los amigos la parte ancha, para los enemigos el lado estrecho. Todo vale porque nuestra causa es justa, nuestro fin es noble.

Cuando alguien defiende que se puede disparar a sangre fría a un herido desarmado en el suelo se pone al nivel de los que argumentan que degollar occidentales o explotar coches bomba delante de colegios son medios legítimos para combatir “el imperialismo estadounidense”. Todo vale porque nosotros somos los buenos.