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Votar a la contra

Dice el cantante Manu Chao que él siempre vota a la contra y nunca a favor. En Francia, con el modelo presidencialista a dos vueltas, es más habitual, pues su sistema electoral obliga a muchos a elegir la opción menos mala frente a la deseada: siempre acaba siendo cosa de dos. El ejemplo más famoso se vivió en el año 2002, cuando la izquierda francesa se vio obligada a escoger entre el derechista Chirac y el ultraderechista Le Pen. Un cartel se hizo popular durante esa campaña: “Vota a un ladrón, no a un fascista”. Chirac arrasó: logró el 82,21% de los votos.

Si el 9-M fuese sólo cosa de dos

¿Que pasaría si nuestro modelo electoral fuese como el francés?, ¿si votásemos presidente y no diputados? La política cambiaría mucho, pero no a mejor. No habría gobiernos en minoría pero tampoco pactos. El peso de los partidos más pequeños, de IU y de los nacionalistas, desaparecería. España, un país muchísimo más heterogeneo que Francia, tendería aún más al poco deseable bipartidismo. Sólo habría una gran ventaja: jamás un partido tan extremista como el PP de estos años podría aspirar a gobernar.

La imagen del PP y su realidad

“El PP tiene una imagen muy de derechas. Incluso nuestros votantes piensan que son más centristas”, reconoce Elorriaga. El problema no es la imagen, sino que esa imagen responde a la realidad de los últimos 8 años, del segundo mandato de Aznar y de la oposición de Rajoy. Como confesó Elorriaga, este PP sólo puede ganar si la izquierda se queda en casa. El próximo domingo, al mediodía, se conocerán los primeros datos de participación. Si la abstención es baja, al PP le espera un largo viaje al centro.