Apurando
a Miguel Holgado, in memoriam.
El mes de agosto suele ser un mes de noches borrosas y húmedas y de días de bochorno y pesadez. El cielo, en estos días, por la noche, todavía es borroso, desvaído, desfibrado. Las noches aún son lánguidas, pero en el fondo del fondo, aunque procuramos no darnos por aludidos, ya se comienza a percibir un no sé qué otoñal muy vago en el aire. Ya hemos llegado a los últimos días de este mes.
El día empieza a decaer. Los baños en el mar, los viajes trasatlánticos, los paseos en bicicleta por acantilados que bordean playas casi inaccesibles, en definitiva todo lo que habitamos verano tras verano está a punto de desaparecer de nuestras vidas. En muchas localidades costeras, por ejemplo, ya se comienza a ver veleros amarrados a la dársena, con el foque enrollado, plegada la vela sobre la botavara, cubiertos con la capota y cerrado el tambucho del camarote. Todo lo que hemos deseado de las vacaciones ya ha sucedido, si es que ha sucedido, y ya estamos apurando las sobras, la propina, las horas últimas del descuento vacacional.
En la mayoría de las poblaciones las fiestas patronales han concluido y en la resaca de los días vividos las personas, ahora, comenzamos a preparar el viaje de regreso a los domicilios habituales. Cuesta creer que las vacaciones estén llegando a su fin. El tiempo siempre nos devuelve a nuestras obligaciones laborales y los pobres, con la habitual resignación de quienes apenas elegimos cómo sobrevivir, nos sentamos en la terraza de los bares para fumar un cigarrillo tras otro y apurar un vino mientras nos vamos notificando los quehaceres que nos aguardan.
La plenitud con la que hemos tratado de vivir estos días de descanso, la que siempre perseguimos a lo largo de nuestra vida, más que en las vacaciones del verano que ya están concluyendo, suele estar en los veranos de la infancia. Sobre todo si los padres han tenido la delicadeza de procurarnos unas vacaciones en alguna playa no demasiada atestada de turistas alcoholizados o en algún pueblo de río caudaloso, altos álamos en sus riberas, iglesia con un campanario repleto de nidos de cigüeñas y unas fiestas patronales con desfile de carrozas, verbena en la plaza y cálidas noches estrelladas.
Luego, con un poco de suerte, la plenitud la encontramos, por momentos, solo por momentos, en alguna relación amorosa, en una lucrativa operación bursátil, en un plato de fabes con almejas o en una de esas luminosas amistades que tanto se asemejan a los días del verano de la infancia...