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Debates estériles

Haré una confesión previa. Vi el debate de los cuatro magníficos, -Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera-, con muy poco entusiasmo, convencido de que aquello era una sucesión de poses e impactos diseñada por los “listos” de cada uno de los partidos representados. Desde luego que esa fórmula hermética, y pactada, que cronometra las actuaciones de cada cual, está basada en la desconfianza de los cuatro líderes que acuden al debate con estrategias debidamente pensadas con el objetivo de contrarrestar los efectos positivos que pudieran acarrear las actuaciones de los otros. En esta ocasión, una vez más los contendientes se empeñaron en mirar al pasado en lugar de desbrozar el horizonte del futuro. Era la estrategia más fácil y sencilla para abordar el debate en las condiciones por las que atraviesa el país. Unos (PP y PSOE), afectados por ser más protagonistas de la crisis económica y social actual, por haber estado presentes en las Instituciones mientras se ha gestado; y los otros (P´s, y C´s), afectados por ese delirio que les lleva a asaltar los cielos con el único instrumento de las promesas halagüeñas, que sean cumplibles o no es lo de menos.

Sin embargo, no son precisamente los líderes que pugnan los máximos responsables del fracaso del debate. La mayor responsabilidad es de quienes han diseñado tradicionalmente el formato y de la churrigueresca parafernalia que acompaña a los debates. La llegada de los líderes rodeados de sus equipos colaboradores recuerda en alguna medida a la llegada de los toreros previa a un festejo taurino. Los recibimientos, rodeados de una solemnidad a todas luces excesiva, consiguen un adocenamiento de los líderes que es irreal, porque a nadie se le ocurre pensar que, por ejemplo, las imágenes de Rajoy o Iglesias puedan ser superponibles, y en el debate lo parecen, o se pretende que lo parezcan. El escueto decorado, más o menos adecuado y bello para la ocasión, tampoco dice nada a favor de la improvisación necesaria en cualquier debate o discusión, de modo que parece que todo hubiera estado tan programado que incluso los líderes esgrimen carteles en medio de sus intervenciones, como si sus palabras necesitaran la fe de los periódicos o de los notarios. Y, por fin, finalizado el debate, los televidentes aún siguen la evolución de los líderes que han contendido, en sus camerinos, en las inmediaciones del lugar del encuentro, o en las propias sedes de sus partidos, a las que llegan para ser recibidos en medio de los gritos eufóricos de sus incondicionales… Aún queda por desarrollar otro detalle del programa: las encuestas que los diarios digitales desarrollan para que respondan a ellas incluso los que no han presenciado el debate, por medio de las Redes sociales.

Como todo esto acontece en medio de un clima de seriedad y rigor excesivos, da la impresión de que no se trata de un acto electoralista más, sino de un prolegómeno del mismo día de las Elecciones. Esta lectura y valoración del debate es la que ha hecho que siguiera el debate con tan escaso entusiasmo. Porque ninguno de los cuatro arriesgó lo más mínimo, me quedó la impresión de que cada cual iba arrimando el ascua a su sardina, a cada una de las cuatro sardinas de forma paulatina, de tal modo que las sardinas terminaron igualmente asadas y saladas, lo cual hizo que al final fueran difícilmente distinguibles las unas de las otras. A la salida, a los cuatro les quedaba aún un rictus de sonrisa, a veces forzada, y les quedaba la ufanía impostada de mostrar ante los suyos y ante los entrevistadores, que habían sido los mejores en el debate.

Jugando con la interpretación de cuanto aconteció en el debate me permito advertir que terminé el acto del mismo modo que lo inicié, claro está que yo tengo una determinada ideología (que se corresponde con una formación política concreta) que conduce  mi voto hacia un objetivo y destino precisos –PSOE-, que vienen avalados por principios, por programas y por la Historia, lo cual no es óbice para que pueda estar equivocado.

Y termino, dejando una reflexión en forma de pregunta: ¿No creéis que estos debates se quedan en poco más que mero folklore, en un producto televisivo más? Terminarán siendo patrocinados por las marcas comerciales… Si no, al tiempo…  

Haré una confesión previa. Vi el debate de los cuatro magníficos, -Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera-, con muy poco entusiasmo, convencido de que aquello era una sucesión de poses e impactos diseñada por los “listos” de cada uno de los partidos representados. Desde luego que esa fórmula hermética, y pactada, que cronometra las actuaciones de cada cual, está basada en la desconfianza de los cuatro líderes que acuden al debate con estrategias debidamente pensadas con el objetivo de contrarrestar los efectos positivos que pudieran acarrear las actuaciones de los otros. En esta ocasión, una vez más los contendientes se empeñaron en mirar al pasado en lugar de desbrozar el horizonte del futuro. Era la estrategia más fácil y sencilla para abordar el debate en las condiciones por las que atraviesa el país. Unos (PP y PSOE), afectados por ser más protagonistas de la crisis económica y social actual, por haber estado presentes en las Instituciones mientras se ha gestado; y los otros (P´s, y C´s), afectados por ese delirio que les lleva a asaltar los cielos con el único instrumento de las promesas halagüeñas, que sean cumplibles o no es lo de menos.

Sin embargo, no son precisamente los líderes que pugnan los máximos responsables del fracaso del debate. La mayor responsabilidad es de quienes han diseñado tradicionalmente el formato y de la churrigueresca parafernalia que acompaña a los debates. La llegada de los líderes rodeados de sus equipos colaboradores recuerda en alguna medida a la llegada de los toreros previa a un festejo taurino. Los recibimientos, rodeados de una solemnidad a todas luces excesiva, consiguen un adocenamiento de los líderes que es irreal, porque a nadie se le ocurre pensar que, por ejemplo, las imágenes de Rajoy o Iglesias puedan ser superponibles, y en el debate lo parecen, o se pretende que lo parezcan. El escueto decorado, más o menos adecuado y bello para la ocasión, tampoco dice nada a favor de la improvisación necesaria en cualquier debate o discusión, de modo que parece que todo hubiera estado tan programado que incluso los líderes esgrimen carteles en medio de sus intervenciones, como si sus palabras necesitaran la fe de los periódicos o de los notarios. Y, por fin, finalizado el debate, los televidentes aún siguen la evolución de los líderes que han contendido, en sus camerinos, en las inmediaciones del lugar del encuentro, o en las propias sedes de sus partidos, a las que llegan para ser recibidos en medio de los gritos eufóricos de sus incondicionales… Aún queda por desarrollar otro detalle del programa: las encuestas que los diarios digitales desarrollan para que respondan a ellas incluso los que no han presenciado el debate, por medio de las Redes sociales.